¿A QUE OLIAN LOS TRAPITOS DE COPPELIA?

octubre 18, 2015 2:04 pmComentarios desactivados en ¿A QUE OLIAN LOS TRAPITOS DE COPPELIA?Views:

Por Pablo de Jesús

coopeliaCuando a mí me da por ser poético me meto en cada lío. Desde que en una de mis crónicas solté aquello de “¿A qué olían los trapitos de Coppelia?” no he tenido sosiego de quienes quieren le responda la gran interrogante. ¡Y ni siquiera la frase es mía! Se la escuché a Roberto San Martín, ese gran actor cubano, en un documental sobre la nostalgia que sienten en España los expatriados de la isla.

Para mis amigos no cubanos aclaro que Coppelia era la mejor heladería de Cuba, y del Mundo, pues en aquella época nos creíamos el cuento de que éramos el ombligo del universo y ser cubano un privilegio dado sólo a una pequeña tribu de 11 millones de isleños del Caribe.

Coppelia era un oásis en el desierto cotidiano de nuestras necesidades y carencias, en el corazón de plena Rampa, la arteria más farandulera de La Habana. Inaugurada el 4 de julio de 1966, la heladería ofrecía una carta con 26 sabores y 24 combinaciones. Una bola de helado costaba 50 centavos.

Algunos, como mi amigo Claudio Félix, dicen que los trapitos de Coppelia “cogían el olor de las ensaladas y el color predominante era sin dudas el del chocolate, que era el sabor preferido y mas pedido, por eso se terminaba rapido”.
El pobre Claudio recuerda que siempre llegaba tarde a la fiesta del chocolate y tenía que conformarse con un Sundae de vainilla, que no faltaba nunca. Desde entonces, mi amigo anda por el mundo preguntándose si es verdad que en Cuba las vacas daban leche con sabor a vainilla.

Bueno, conque dieran leche era suficiente.

Si queríamos sabores tendríamos que haber desarrollado más el proyecto de la vaca enana para cada núcleo familiar. Cumpliendo orientaciones superiores, los científicos cubanos trabajaban afanosos en lograr el cruce de vaca con chiva, pero el ejemplar resultante siempre salía con el defecto genético de tener tres tetas, y se veían atrapados en aquellas Tres Tristes Tretas que no alcanzaban a engatusar al jefe, cuya idea era crear Vacachis de cuatro tetas para que los cubanos pudieran disponer de una sóla ordeñada de leche, yogurt, queso crema y helado.

Coppelia era la parada obligada de los fines de semana, cuando nos íbamos a patear la Rampa para ver qué nos caía en el anzuelo, lo mismo una jevita universitaria que una guajirita pinareña, o una fiestecita de 15 en la que nos colábamos sin invitación, amparados por la cofradía de los que usábamos primero pantalones de campana como los Beatles, y después cerraditos como tubo, cuando la moda cambió.

Los trapitos de Coppelia. Aquellos pedacitos de toalla que las empleadas usaban lo mismo para limpiar las mesas que para secarse el sudor, y luego guardaban en el bolsillo del delantal a cuadritos rojinegros. Aquellas mujeres de voz autoritaria a las que llamábamos tías a ver si se ablandaban pero igual gritaban con malsana alegría y voz tronante “¡Se acabó el chocolate!”, y uno sentía que una parte de su vida se le iba a los pies y preguntaba esperanzado “¿Pero ni una bolita?”.

Aquella mambisa del entonces siglo XX te partía con la mirada y moviendo el trapito de Coppelia como si fuera el machete de Maceo te gritaba “¿Y tú qué quieres?”. Y bajito, muy bajito no te oyeran los de atrás, hacías tu pedido. Pero la mujerona te dejaba en ridículo cuando voceaba a todo galillo al dependiente a sus espaldas: “Manolo, ¡una de fresa y otra de vainilla chí! ¡Montao!”.

Sé que suena extraño para algunos no cubanos eso de montar sobre un helado, pero al uso de la época, “sin montar” y “montado” marcaba la diferencia entre bajarse el helado a pulso, o galoparlo sobre un espeso sirope de fresa o chocolate, una nube de merengue, y aquellos biscochitos azucarados que le decíamos “sponge rub” porque eran espumosos y crocantes, si es que algo puede ser esas dos cosas a la vez.

Puesto en evidencia delante de todos por la voz de Gargantúa, agarrabas la bandejita plástica y te ibas al rincón más oscuro de la cancha para devorar la fresa en dos cucharetazos, no fuera que algún socio del barrio te viera en esa desviación ideológica de saborear la fruta del enemigo. Y te cagabas en los americanos y en el criminal bloqueo yanqui, causantes de que las matas de cacaco de Baracoa no dieran suficiente frutos para saciar las ganas de una mísera bolita de chocolate por cabeza. Pero enseguida lo olvidabas porque en la mesa de al lado alguien tenía un radio Sokol checo “de bolsillo”, y te conectabas con ‘Chucho’ Herrera y Nocturno, o el juego entre Industriales y Oriente, y a esperar el jonrón de Marquetti o de ‘Pillín’ Mancebo.

Las noches de los fines de semana Coppelia era el puerto de muy diversos personajes en busca de aventuras. Bastaba con ver el sabor escogido por tu compañero ocasional de mesa para imaginarse con quien tenía uno que compartir su ratico de placer.

Si el vecino pedía una Copa Lolita de fresa y chocolate te acomplejabas tanto que terminabas comiéndote el helado en las rodillas. Complejos inducidos por un machismo a toda mecha. Cosas de la formación del Hombre Nuevo. Si el compañero ocasional solicitaba un “mantecao”, estabas en presencia de un cheo de la Lisa, pero si por casualidad decía “mantecado”, ponle el cuño que estabas ante un cuadro del partido, o a un partido por un cuadro.

Si estabas con un socio y tenías la suerte de que tus compañeras de mesa fueran dos jevitas de la Facultad de Humanidades, te hacías el duro y pedías una ensalada de cinco sabores: chocolate, chocolates, chocolate, chocolate, chocolate, aunque al rato salieran espantadas cuando tanto chocolate comenzaba a hacer efecto. Pero uno disimulaba y soltaba aquello de que “estos trapitos de Coppelia cada dia huelen PEOr”.

Recuerdo aquellas tardes de invierno en que salíamos de los entrenamientos en la cancha de la UH y recalábamos en un Coppelia casi desierto, con unos pocos locos que desafiaban el frio y el salitre que llegaba desde el Malecón furioso. Y allí estábamos Tony Colarte, Willy -que se nos adelantó y hoy juega en otra liga con los angeles-, Dihigo, Roca, el ‘Brother’ Oviedo, Delfo, Humbertico ‘Coficake’ y otros que se me escapan de la foto, empujándonos a lo tipo duro unas ensaladas gigantescas sin preocuparnos por el futuro porque el presente era nuestro, y el pasado no importaba mucho, por viejo y por ajeno.

Pero luego vino el periodo especial, y de nuevo “por culpa de los yankis” se perdieron la Ensalada, el Sundae Supremo y el Primavera, el Soldadito de Chocolate, el Suero de Vainilla Chip, que tenía trocitos de chocolate en el fondo, el Parfait y el Split, la Copa Lolita con su flancito, el Arlequin Especial con su mermelada de fresa chantilly por encima, el Sueño Coppelia, las Tres Gracias, el Turquino y hasta la Canoa India desapareció, rumbo a un Miami donde otros cubanos saborean los helados Häagen-Dazs del Coppelia de la ocho avenida de Hialeah, que nunca saben ni sabrán igual.

Me dicen los amigos que Coppelia ya no es lo que era. Que hay “helados” en moneda nacional y Helados en dólares o euros. La última vez que visité el lugar fue hace 19 años, poco antes de emprender mi aventura estadounidense. Quería que mis dos pequeñas hijas disfrutarán del lugar donde pasé tantos ratos agradables junto a amigos imborrables. Para asombro nuestro, ¡había chocolate y fresa!. Y nos sentamos a disfrutar nuestro helado, en el mismo lugar donde Diego conoció a David, antes de cruzar el mar para dejar atrás la isla, y a los trapitos de Coppelia.

Nota: Diego y David, personajes de la película Fresa y Chocolate

Pablo de Jesús
Diamond Bar, Oct/2015

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