ADIOS CUBA

 Por Delia Fiallo.


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“Prefiero mantener “mi rabia y mi orgullo” en medio de tanta infamante condescendencia, para al menos tener el consuelo de sentirme entre los cubanos que todavía tenemos vergüenza y dignidad”

Ni las infinitas concesiones del señor presidente, ni las fervorosas bendiciones del señor Papa, van a conseguir un cambio en la Cuba comunista de los hermanos Castro. La revolución cubana nació torcida y nada ni nadie la va a enderezar. Ese tronco hay que cortarlo de raíz o dejarlo que se derrumbe por sí solo y se pudra en la tierra que fue fértil y ellos hicieron estéril… y que nosotros, los viejos cubanos, tanto amamos y hemos perdido para siempre.

Hazme un ladito, Guillermo I. Martínez, yo me “sentaré contigo en una esquina a llorar en silencio pensando en el pueblo de Cuba y en aquellos que son tan crédulos que creen que si uno les hace favores a los comunistas, ellos va a mejorar el bienestar del pueblo”. 

¡Qué triste es llegar a esa convicción! Porque lo único que va a pasar con el restablecimiento de las relaciones es que mientras los turistas beben sus mojitos en el Floridita, comen lechón en La Bodeguita del Medio, bailan chachachá en el Tropicana y disfrutan de las infelices jineteras, los hermanos Castro van a seguir tiranizando a su pueblo, encarcelando a sus oponentes por el delito de disentir, arrastrando a la Damas de Blanco por las calles, rompiéndoles los huesos a hombres que protestan con las manos esposadas, cometiendo impunemente atrocidades y crímenes como el derribo de los Aviones de los Hermanos al Rescate y la muerte de Osvaldo Payá. 

Mortifica el abuso, hiere la burla y el descaro de los que en vez de reconocer su fracaso y pedir perdón, mantienen una actitud de desafiante arrogancia. Y lo que más duele es la impunidad. Que tanto sufrimiento, tanta muerte y tanta destrucción no sea sancionada.

Se puede perdonar cuando hay arrepentimiento, en este caso no lo hay. Por eso yo no transijo, no perdono, no vuelvo la página. Y el lema de los judíos, PROHIBIDO OLVIDAR, lo hago mío. Que me afilien, al lado de mi admirado Agustín Acosta, a “la mafia recalcitrante de Miami”, y hasta voy a aspirar a ganarme un trofeo de “mentecata”. 
Prefiero mantener “mi rabia y mi orgullo” en medio de tanta infamante condescendencia, para al menos tener el consuelo de sentirme entre los cubanos que todavía tenemos vergüenza y dignidad.

A mis 91 años, yo aún miraba hacia mi patria con ojos de esperanza, ahora sólo queda en ellos una mirada de despedida. La Perla de las Antillas, la tierra más hermosa que ojos vieron. 

Adiós, Cuba.

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