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Published On: Lun, Sep 4th, 2017

Antifa, los tontos útiles del establishment

Por Carlos Esteban, columnista de La Gaceta

¿Héroes? Desde unos enmascarados cebándose con un veterano en silla de ruedas hasta un antifa blanco a puñetazos contra un trumpista negro al que llamaba ‘nazi’… Los antifa son, lo sepan o no, los tontos útiles de la izquierda en el poder, sus tropas de choque, su carne de cañón.

No sé si se han dado cuenta, pero en cosa de días los medios y destacados políticos americanos han dado un giro de 180 grados en su visión de esa pandilla de violentos radicales de izquierdas conocidos como ‘antifa’, dejando, como es costumbre a los representantes de la derecha oficial colgando de la brocha.

Hagamos memoria. Los ‘antifa’ -de ‘antifascistas’, naturalmente- llevan ya tiempo constituyendo el núcleo duro y violento de todas las marchas de la progresía en Occidente, y solo viviendo en el País de las Maravillas puede nadie confundirlos con un grupo de pacíficos ciudadanos que protestan contra el, por lo demás, irrelevante ‘fascismo’, un malentendido que puede subsanarse con cinco minutos de charla con cualquier policía de cualquier país de nuestro entorno. Son esos que esperan a que la gente pacífica, los abuelos, mujeres y niños, hayan dejado la manifestación para, cubierta la cara y armados con palos y cócteles molotov, enfrentarse a la policía, destruir cajeros, quemar contenedores y apalear a quien se les cruce.

En las últimas semanas saltaron a las primeras de los medios por los incidentes en Charlottesville, que se zanjaron con un muerto, una mujer atropellada por un tipo con simpatías nazis. El atropello se produjo en una melée entre los integrantes de la marcha de la ‘derecha alternativa’, convocados para protestar contra la destrucción de una estatua del general confederado Robert Lee, y los famosos antifa.

Naturalmente, fue una encerrona. La policía no solo recibió órdenes de no intervenir en la previsible batalla campal que se produjo cuando llegaron los antifa, sino que obligaron a los manifestantes a abandonar el lugar indicado para su protesta a fin de hacer el encuentro inevitable.

Si no estuviéramos tan atontados por el bombardeo informativo en una sola dirección, quizá deberíamos preguntarnos por qué las manifestaciones de la derecha solo se vuelven violentas cuando aparecen los antifa, o por qué en todas ellas aparecen estos reventadores, cuando lo contrario no sucede. No hubo contramanifestaciones en las numerosas marchas antiTrump de los primeros días, ni fue necesario para que resultaran tan violentas como ya es costumbre.

Después de Charlottesville vinieron Boston y Berkeley, sin muertos que lamentar pero con una estructura narrativa idéntica.

Tras Charlottesville, los medios se dedicaron a blanquear a los antifa. Son antifascistas, ¿no? ¿Quién puede estar contra eso? ¿Acaso es usted fascista? Se teorizó, incluso, en la prensa ‘seria’ sobre la legitimidad de aplicar la violencia física sobre los ‘fascistas’ por parte de los ciudadanos, sin parar mientes en que a) es el ofensor quien decide quién es ‘fascista’, y le aseguro que su criterio es enormemente laxo, y, sobre todo, b) supone privar al Estado de su monopolio sobre la violencia legítima, que es su última justificación.

El presidente tuvo que desautorizar varias veces y en los términos más duros a los que, después de todo, son partidarios suyos hasta el último hombre, pero tuvo el detalle, que todos, incluso en su partido, consideraron un error político inadmisible, de incluir al otro bando en su primera condena, que fue prontamente rectificada.

Su mano derecha en materia económica, Gary Cohn, ex Goldman Sachs, desautorizó públicamente al presidente al declarar en el Financial Times: “No se puede nunca comparar a ciudadanos que defienden la igualdad y la libertad con supremacistas blancos”. La imaginación que hace falta para confundir a los antifa de Charlottesville con “ciudadanos que defienden la igualdad y la justicia” es prodigiosa.

Pero no fue el único republicano en salir en defensa de estos vándalos, sino que también hicieron declaraciones en su favor Marco Rubio, Mitt Romney, Jeff Flake y Paul Ryan. Todos ellos se cubrieron de gloria con sus comentarios, algunos en la red social Twitter, comparando a los antifa con los soldados aliados que desembarcaron en Normandía.

Pero ahora todos los móviles tienen cámara de vídeo, y todo el mundo tiene móvil con acceso a Internet, y cualquiera en todo el orbe puede contemplar sin filtros muchas de las hazañas de estos émulos de los heróicos combatientes contra el nazismo, desde un grupo de enmascarados cebándose con un veterano en silla de ruedas, un antifa blanco derribando de un puñetazo sin provocación alguna a un trumpista negro mientras le llamaba ‘nazi’ (sin advertir, suponemos, la ironía) o media docena dejando en coma a golpes a un tipo que atravesaba la calle para hacer la compra en el momento equivocado.

Con lo que los medios cambiaron con urgencia la narrativa y esta semana la ‘uberprogresista’ y veterana líder del Partido Demócrata Nancy Pelosi hizo pública una nota en la que condenaba en los términos más tajantes y claros a estos grupos violentos, especificando sin ambages que se refería a los antifa.

No me gustaría ser en estos momentos Rubio, Romney o Ryan. ¿Qué fue de los pacíficos defensores de la igualdad y la libertad, de los heróicos debeladores del ‘fascismo’? Los cornuservadores han vuelto a hacer el ridículo, y es la izquierda a la que pretendían aproximarse la que lo ha hecho. Es decir, la historia se repite por millonésima vez.

Los antifa son, lo sepan o no, los tontos útiles de la izquierda en el poder, sus tropas de choque, su carne de cañón. Les sirven para todo aquello que no pueden hacer a cara descubierta, porque es ilegal o simplemente porque les dejaría en muy mal lugar, como acallar a sus enemigos e imponer su visión de las cosas. Naturalmente, de un modo que nadie pueda relacionarles con ellos, faltaría más.

No es un secreto que Soros ha beneficiado a grupos de este tipo, la prensa los ha ignorado o ensalzado según conviniera y las autoridades han cerrado con frecuencia los ojos ante sus desmanes. Pero no es inusitado en la historia que los mercenarios que hacen el trabajo sucio se excedan y pongan en peligro a sus dueños. Es entonces la hora de dejarles caer, de desentenderse de ellos. Y ha llegado esa hora mientras los idiotas de la derecha oficial empezaban a idolizarlos. Una jugada maestra.

 

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