Armandito el Tintorero

Por Pablo de Jesus

armandito-el-tintorero-beisbolAntes de que se inventara en Argentina el oficio de barra brava, esa tropa paramilitar con patente de corso para todo, ya en Cuba Armandito el Tintorero andaba dándole a la corneta de su vozarrón como todo un profesional de ese negocio. El primer sheerleader cubano del equipo Industriales.

Y si hoy estuviera vivo seguro andaría de visita por Miami, como el montón de peloteros de antaño que a diario llegan a las entrañas del “monstruo” a disfrutar del cariño y los aplausos a veces escatimados malecón adentro. Grandes figuras de la pelota cubana que si se montan en una ruta 27 del Vedado pocos les reconocen, pero nada más se bajan de un auto en la calle 8 de la Pequeña Habana le llueven las invitaciones a cafecitos, croquetas y pastelitos de guayaba, y aguantan con agradecido estoicismo que les recuerden desde el primer al último jonrón de su carrera.

Leyendas que sobrevivieron intactas a desencantos cotidianos, a la oscuridad del periodo especial, y a la marea caprichosa de los nuevos aires de cambio, porque son los héroes privados de un cubano de Miami que se aferra a su pasado como una lapa a las rocas de su memoria. Un cubano convencido que los jonrones de Cheíto Rodríguez eran más largos que los de Giancarlo Stanton. Que Braudilio Vinent le daría cátedra a Pedro Martínez y Derek Jeter tendría que cargarle el guante a German Mesa si jugaran en los Yankees de Nueva York.

Un cubano con los pies en Miami y el corazón en la Isla; con los sueños en la Yuma y las pesadillas en Cuba. Y que no emigra sólo. A rastras trae a los héroes de su infancia, los cómicos de su juventud y los peloteros de su vida. Elpidio Valdes y su caballo Palmiche, Antolín el Pichón, Margot y Gustavito, Rey Vicente Anglada, Lourdes Gourriel y Chéito Rodríguez, todos juntos en la misma balsa rumbo al norte.

Y juntos seguirán, aún cuando el cubano descubra un dia que no necesita importar su pasado para sentirse en casa. Que en realidad está en casa desde el mismo minuto que puso un pie en tierras ajenas, porque ahora será por siempre y para siempre, extranjero en la isla que le vio nacer.

Intrascendente en Cuba, las viejas glorias beisboleras reviven en la orilla opuesta el sabor perdido de la fama y los estadio llenos. Y en las noches de imsonio, a solas con sus recuerdos, no lamentarán haber renunciado a los Yankees, los Dodgers o los Marlins porque en definitiva fueron hijos de su tiempo. Lamentarán haber vivido en la época incorrecta, pero en compensación les queda ese tunel del tiempo que es Miami, donde siempre habrá un Armandito el Tintorero animándoles a seguir pegando jonrones a la vida.

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