AVALANCHA, VICTORIA Y SIMILITUD PROPORCIONAL DE LA GUERRA BLANCA

Por Juan Efe Noya

Donald J. Trump, Presidente de los Estados Unidos de América, por la gracia de Dios.

La batalla para alcanzar la cima presidencial se convirtió en colores inexactos donde los candidatos Donald Trump y Hillary Clinton le arrancaban jirones de reflejos a la bandera política. Pretendían ocultar las intenciones reales y adormecer a las huestes electorales.

Barack Obama, al querer ocupar el poco espacio que le quedaba, tiró cuerdas para auxiliar la campaña destruida de su cómplice Hillary, pero el pueblo había reaccionado durante los dos períodos presidenciales del casiárabe y demostró un rechazo al sentido demócrata. Como si no fuera suficiente el desastre nacional, se destapó el agua sucia del caño gubernativo. Hillary Clinton se desgañitaba para decir que a quien no quería té (rojo) le darían tres tazas. El paréntesis es mío, pero el pueblo comprendió que se esparcían antecedentes peligrosos.

El argumento de los demócratas era un licuado de guayabas verdes que producía dolor de estómago y a nadie le daba la idea de darse una vueltecita al frasco del fracaso donde aparecían etiquetas rojas pegadas con tretas sucias para confundir a los votantes. Era instante  de actuar, pero el periodismo se dormía en la cueva de Alibabá y los cuarenta ladrones que habían engendrado las nuevas generaciones.

La Prensa surda actuaba como negación de la noticia al seguir el juego creado por la campaña Clinton que exigía no utilizar el vacío demócrata y tratar de mostrar ángulos capaces de convertir la frustración en un espacio ocupado. El truco parecía efectivo para la siniestra cruzada liberal, pero el pueblo pensador notó la intención indecente y reaccionó tempestivamente. En cambio, el proyecto del partido carmesí no se daba por vencido y asumió reactivar las cuerdas del pelele político. Resultaba preciso recurrir a las violencias raciales. No obstante, los factores mal programados en la prisa resultaron diferentes. Hilary Clinton, como una gata desesperada, trataba de arañar los ataques de Donald Trump, el cual exponía que la sonriente candidata era culpable de arrimarle el hombro rojo al salvajismo mundial.

Barack Obama y sus cuadrillas rojisordas pretendieron llamarles accidentes intencionales a los casos de provocar un acumulado de muertes en ciertas áreas. Si se dijera con la precisión de la terminología se trataba de terrorismo. Sonaba muy fuerte para los pacifistas de izquierda que usan el efecto aprendido con las tretas comunistas. Desvían rutas y se aterrorizan con la palabra, pero en fin de cuentas tienen que aterrizar a la pista real: El terrorismo de los islámicos actúa para destruir la nación norteamericana con ayuda de ISIS que es un grupo islamita suní. Su violencia brutal está dirigida a quienes no aceptan los principios de la yihad que es el fundamentalismo islámico y aplica la muerte en nombre de su religión.

Donald Trump supo aprovechar los errores del clan Clinton y a pesar de la trucología creada por los demócratas el pueblo comprendió que era tiempo de actuar para derrocar el imperio indecente y darle la oportunidad al republicano que no parecía ser el idóneo, pero, al menos, tenía la actitud de poder dirigir a la nación que se perdía en dieciséis años socialistas y Hillary Clinton pensaba utilizar las grietas posibles para dejar caer en la perdición al país norteamericano.

Ciertos republicanos que le reían las gracias al maltrecho partido demócrata la emprendieron con los contratiempos personales y se convirtieron en aliados de los enemigos del libre pensamiento.

Once días antes de las elecciones presidenciales se desató el desenlace fatal para Hillary Clinton. El director del FBI James Comey que había rechazado culpabilidad sobre la señora Clinton, al encontrase entre la espada y la pared, decidió llevar a cabo una reapertura de investigación, con el fin de llegarle al fondo del escándalo creado por los correos electrónicos enviados y recibidos secretamente en el servidor privado de la Exsecretaria de Estado, factor que sería un enlace contra la seguridad nacional.

Ella trataba de recostarse a su gastada mentira y no le salía el truquito porque la realidad nunca se puede ocultar con búcaros vacíos. La nación estaba cansada de tanta corrupción y la avalancha de los electores le concedió a Donald J. Trump convertirse en el cuarenta y cinco Presidente de los Estados Unidos de América con la mayoría republicana del Congreso y el Senado. Ahora bien, todo no está programado como el eje de una caja de bolas, pues las realidades de los años del diecisiete al veintiuno serán determinantes.

¡Ojalá que la plenitud terrenal entre los renglones torcidos hubiera comprendido el mensaje de Dios!

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