Carmen Aritegui y la tesis de plagio del presidente mexicano Peña Nieto

Por Marco Levario Turcott

aristeguiEl discurso político de Carmen Aristegui tuvo más relevancia que la pieza periodística que ofreció ayer domingo: la reseña y verificación del trabajo hecho por un grupo de especialistas y académicos sobre la tesis escolar con la que, hace 25 años, Enrique Peña Nieto obtuvo el título de licenciatura por la Universidad Panamericana.

Creo que la expectativa que generó el discurso de la periodista fue superior al conjunto de anomalías, imprecisiones y sesgos que ofrece a sus lectores, como parte del conflicto que ella sostiene con el Gobierno Federal, por las razones que conocemos. En esa tesitura es difícil imaginar algún esfuerzo periodístico para abarcar en otros actores el tema de los rendimientos educativos, por ejemplo en Andrés Manuel López Obrador (El sesgo de Aristegui es parte de las definiciones, parciales que priva en todos los medios -y ello en conjunto integra la pluralidad noticiosa- nada más que ella y sus seguidores, condenan los sesgos ajenos y a los propios les llaman periodismo alternativo).

Lo anterior no implica, desde luego, desdeñar la información que comparte, subrayo, comparte, porque esto no es resultado de una labor suya, la comunicadora; desde mi punto de vista tampoco implica hacer comentarios frívolos para el escarnio: dejar de citar el trabajo de otra persona en una tesis, aunque sea moneda corriente en las prácticas académicas, no es menor, es incorrecto y alude, al menos, a la falta de rigor ético e intelectual de quien presentó ese trabajo. Esto más allá, y ayer mismo lo comenté aquí, de que la prensa militante pretenda situarse por encima de los demás cuando en esa misma prensa campea la ignorancia, la imprecisión y la diatriba. En una evaluación académica seria, ningún periodista podría obtener el título de licenciatura presentando un trabajo que se sustentara en lo que “se dice en las redes” y además usando condicionantes del tipo habría o sería.

Aquella es la dimensión del reporte de Aristegui, en el caso de que se confirmaran las anomalías. Algo que ocurrió hace 25 años, como cuando la periodista hace treinta militó en el PRI y fue parte del equipo de campaña de Carlos Salinas de Gortari en su intención de llegar a la presidencia de la República. Ni más ni menos: no es para sugerir la renuncia del Presidente y no es para equipararlo con los niños desobedientes de la escuela que sacaron la lengua a la maestra o se untaron resistol en la mano. En este escenario, los extremos se juntan y poco ayudan a dar una dimensión precisa del tema.

En este nuevo episodio se afianza la perspectiva militante de Carmen Aristegui quien, en pleno uso de su libertad de expresión denuncia censura mientras ejerce su… libertad para ser parte del entramado informativo y político del país. Otra vez, la grandilocuencia de sus palabras choca con la dimensión de los hechos que, otra vez también, no fueron investigados por ella sino promovidos y magnificados por ella, que es distinto (aún está fresca en eso que llamamos memoria colectiva, su afirmación de que Los Papeles de Panamá implicaban una refundación del periodismo en México y el mundo). Y en esos discursos cada vez permea más la postura del ajuste de cuentas contra quienes habrían participado de una formidable confabulación para definir el voto de millones de mexicanos en favor del actual Presidente; “esos son los que van al paredón”, decía (o dice todavía) la vieja izquierda autoritaria. Ese es un problema del periodismo militante (y del oficialista también): provocan la crispación social.

 

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