CHINO NO SON MALECON

Por Pablo de Jesús

banderas-cuba-y-chinaLos Angeles, CA- Otilito Cuan Chang era chino por los cuatro costados. Un narra atrapado en la rueda de una Revolución que en sus primeros dias le prometió respetar su tren de lavado con tal de que se acogiera a la ciudadanía cubana. Y como cientos de sus congéneres, se hizo cubano. No hubo actos, banderitas ni himnos; sólo el trámite de firmar y le entregaron un pedacito de papel que confirmaba su nuevo estatus social. Ahora era un cubano de a pie, sin derecho a protestar.
Un año después, Otilito levantó una ceja justo en el momento que el cabecilla de ese mismo gobierno revolucionario anunciaba la nacionalización de 26 empresas extranjeras y 36 centrales azucareros, propiedad de ciudadanos estadounidenses. En 1968, en la segunda ofensiva interventora, el chino confirmó el error de haber renunciado a sus raíces cuando aquella misma gente que prometió respetarle sus bienes le nacionalizó el tren de lavado, junto a otros 57 599 negocios de la pequeña y mediana empresa.
Desde entonces, Otilito le agarró un odio visceral a todo lo verdeolivo, y se arrepintió una y mil veces de haber apoyado a esos barbudos mentirosos. Como muchos otros chinos, vio aquella guerra civil entre cubanos desde la barrera de una neutralidad calculada, contando cada centavo que hacía por lavar los uniformes del ejército batistiano. Para quedar bien con Dios y el Diablo, compraba una vez al mes los bonos de 20 pesos que los muchachos del Movimiento 26 de julio y el 13 de marzo le metían a la fuerza. Hasta los viejos del Partido Socialista le daban su mordida, mientras le hablaban de un tal Lenine, que decían era el padre de Otilito y de millones de explotados en todo el mundo.
-Pelo este Lenine no se palece a mí -le decía el chino al viejo zapatero Blas, quien se dejaba caer por el negocio de Otilito cada vez que estaba “brujo”, sin apenas tres centavos ni para tomarse un tacita de café en la esquina de Zanja y Belascoaín.
– Ese Lenine es el que te va a salvar del yugo explotador -le explicaba Blas, mientras disfrutaba un Montecristo grueso como una aldaba, y tomaba un buchito de café recien colado por Mima, bautizado con un tilín de ron.
Otilito no entendía de qué tenía que salvarle el tal Lenine, pero dejaba que su interlocutor saboreara la fuma mientras él seguía planchando camisas y pantalones amarillo-caqui del ejercito, y azul oscuro de la policía.
Las únicas dos debilidades de Otilito eran la mulata Mima y el baile. Desde que a los 17 años había sido introducido en los misterios del danzón y de la alcoba por otra mujer con piel color de azúcar prieta, Otilito había quedado marcado por las dos cadenas que ataron de por vida a la isla a miles de gallegos y chinos: la mulata y la música. Esa piel oscura, ese menear de caderas, ese fuego sensual y calculado, fueron la ruina de más de un negocio de peninsulares y asiáticos.
Otilito y Mima se conocieron bailando un cha cha chá con Jorrín en los Jardines de la Tropical, y desde entonces no se perdieron un baile. Lo mismo se les veía en Tropicana apretaditos y melosos bajo un bolero de Roberto Faz, o en el Casino Chung Hua de la calle Zanja disfrutando en un sólo ladrillito un danzón de Barbarito Diez.
El primer regalo que el chino le dio a Mima cuando decidieron vivir juntos fue un juego de comedor de caoba oscura, sólido y de cuatro sillas, con cojines de guata y forro de tela verde.
Despojado de su tintorería, Otilito se dio a los negocios clandestinos y lo mismo vendía pomadita china El Tigre, que latas de carne rusa, mientras Mima le metía con más fuerza a la santería. No se puede decir que vivieran bien, pero le habían agarrado la vuelta al sistema.
Seguían amándose en la casita de Salud y Campanario, en el corazón del Barrio Chino de La Habana, a una cuadra de su lavandería de Otilito, administrada ahora por el viejo Blas, el mismo de los tabacos y Lenine.
El dia que Otilito llevaba un cargamento de pomadita china para vendérselo a un compatriota de la Plaza del Vapor, le dio por pasar frente a su ex negocio para acortar camino, algo que evitaba para no hacerse malasangre. Con tan mala suerte, que vio como cargaban en unos camiones los equipos de lavado de su antiguo negocio. Los mismos equipos que él había pagado a plazos con el sudor de su frente amarilla. Alguien, seguro un malintencionado, le dijo que su lavandería y otras más iban a ser refundidas en un gran consolidado, para dar servicio a todos los hoteles de La Habana.
-¡Estos comunistas! ¡Siemple jolienlo tolo! -exclamó el chino, pero tuvo la mala suerte de que lo oyera Blas, quien llamó a la policía y acusó a Otilito de contrarrevolucionario y contrabandista.
A la cárcel fue el chino, juzgado y condenado a 10 años por elemento desafecto y acaparador. Toda esa década estuvo Mima esperando por él, visitándole en las ocasiones que se lo permitían y pintando carambolas en el aire para sobrevivir.
No le rebajaron ni un dia al chino, y cuando salió por fin en libertad, empezó a buscar formas para irse de un país que ya no era suyo. Ni siquiera de Mima. En pleno éxodo del Mariel, Otilito vio su oportunidad y se presentó con Mima en la estación de policía de Zanja, buscando pasaje en una de aquellas embarcaciones que llegaban de Miami, y regresaban desbordadas de cubanos descontentos, delincuentes y desquiciados mentales.
-Soy pleso político y me quielo il del paí con Mima -dijo Otilito al oficial de guardia, luego de una larga espera en la fila para presentar su caso.
-Chino, esto es solo para maricones, putas, tortilleras, locos y delincuentes. ¿Tú eres algo de eso? -le replicó el policía- Si tú o tu mujer cumplen una de esas condiciones te mandó para el Mariel en la próxima guagua.
-¡Chino no son malecón! -gritó Otilito indignado -¡Chino no son malecón y Mima no son puta!, y si la mulata no lo aguanta, ahí mismo se le hubiera complicado el dia al chino, presto a entrarse a trompadas con el guardia.
-Pero Oti -le decía Mima bajito- ¿Qué más da decir lo que ellos quieren? ¡Lo que nosotros queremos es irnos de aquí pa´l carajo!
-No, no, no. ¡Chino no son malecón y Mima no son puta! -se aferraba Otilito a sus últimos rastrojos de dignidad. -¡Plimelo muelto que malecón! -gritaba desaforado, y Mima se lo tuvo que llevar no fueran a meterlo preso otra vez.
Pasaron los años. Nunca más bailaron juntos,  y el amor se les fue haciendo costumbre, pero ya sin alegría. Una tarde, Otilito le dijo a Mima que se moría, pero quería enterrar sus huesos en su tierra natal, de la que había salido a los 12 años sin más fortuna que su coleta y sus zapatillas de seda verde. Se despidieron sin tristeza. No hubo abrazos ni lágrimas en la despedida. Ambos habían asumido la separación con la misma inevitabilidad de la muerte. Lo único que Otilito le dijo a Mima antes de partir fue: “Nunca cambies juego de comelol, nunca botes. Cuando estés en apulos, patea mi silla”.

Desvencijadas  por el uso, las sillas fueron cayendo una a una, pero Mima nunca se deshizo de ellas. Las guardó en el cuarto donde tenía su altarcito de los santos, y ahí estuvieron tres décadas, hasta el dia que su sobrina Caridad necesitó juntar dinero para pagar una salida clandestina en lancha hasta Miami.
La vieja mulata se acordó del consejo de Otilito y, armada de martillo y destornillador, decidió levantar los cojines de aquellas ruinas de amor. Empezó por la silla que siempre usaba su amado chino, y encontró en el hueco de la asentadera un grueso fajo de billetes de 100 dólares, con una nota: “Peldón Mima”. El corazón casi se le sale del pecho a la mulata, y sus ojos se llenaron de lágrimas. Levantó los otros tres cojines y descubrió más dinero. Veinte mil dólares en total, y dentro de cada paquete tres pedacitos de cartón con estas frases: “Chino no son Malecón”. “Mima no son puta”. “Me cago en Lenine”.

 

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