CITA CON CUBA EN AÑO NUEVO

Por Juan Efe Noya

Cuba 2017, enigma de una silueta confinada que predica esperanza y libertad.

Estoy tan gastado en ti, Cuba del alma, que a veces ni me veo y al acondicionar mi rostro en el recuerdo, observo tus valles entre los ojos míos, mientras el verbo se me escapa repentino con palabras hinchadas de ternura, para decirte al oído como extraño tus calles, el parque, la escuela, tus playas, el humo de la fábrica…

En este espacio de un nuevo año en el exilio te repito y apareces como el molde de una esfera hecha para cascar lágrimas; entonces, miro a tu pueblo y coincido en el lamento, pero no creo que pudo ser condenado eternamente, pues no hay culpa en haber sido un pueblo gentil, piadoso, soñador, futurista y quizás un poco tonto por creer en las historias del tronchador de la armonía, el cual, vestido de inocente, entonaba un canto fúnebre en honor a tu figura.

Se acabó el año dos mil dieciséis y sin embargo, prosigues con tu dolor de siempre. Todo me lo escuchas, Cuba triste, Cuba esclava, sueño mulato de guitarra esbelta. Todo lo callas, mientras hierves la esperanza de tu silencio en pena. Es que sin intentarlo, ¡dueles mucho, mi pequeña isla! Te siento aquí donde más late el dolor sordo, como si fueras una cuerda muda que no se atreve a concluir un movimiento lento, amargo, sencillamente triste; por eso permaneces con tu amargura estricta y la mirada fija en los espacios nuevos, pero ni el acontecimiento de estrenar el año logra disipar tu sufrimiento.

Pobre isla mía, ¡tan bella y tan triste! No puede ser que intentes mudarte de tu historia pues hay trazos de heroísmo en el fondo vibrante de tu esquema y tendrás que recurrir a ellos para abreviar el mal que te destruye. ¡Atrévete, Cuba hermosa, tierra linda, suelo bello! Promueve la libertad de tu futuro, para verte sonreír como la vez aquella, cuando lograste expulsar hacia su sitio al imperio español que rasgaba tu semblante. Sé que lo harás, lo sabe el tiempo, porque hora, poeta y esperanza son tres íntimos baluartes de la madrugada cuando resuelves mostrarte sencillamente hermosa, para admitir mi jugarreta de encontrarnos cada día.

Cubita, ribera sosegada entre abatimientos y quimeras, ya se inicia el año dos mil diecisiete y a pesar del tiempo, el triunfo presidencial de Donald Trump y la muerte programada del tirano Fidel Castro no hay nada real en la epidemia de colores contraproducentes que distorsionan al exilio. Es un designio sagrado, el cual nos persigue interminablemente. Duele, pesa y entristece, pero, Cuba mía, no le temas a esa apariencia inevitable llena de ti hasta los tuétanos, porque todos somos tu propia consecuencia. Por eso los ángeles rojos protagonizaron la historia de quienes  robaron la cruz para un cementerio con barbas, donde los fantasmas de huesos rotos danzan inútiles sus esperanzas, alrededor de moléculas agonizantes, mientras las flores silábicas abren el aire al crecimiento de los nuevos difuntos.

Es que debemos pagar la culpa con jirones del alma, aunque nos duela hasta la imagen que pretendemos trazar con gestos creativos para estrenarla en el próximo encuentro, donde se pudiera remediar la tristeza de tus hijos. Y sin embargo vamos, los de aquí y los de allá, aparentemente tomados de la mano, pero con el intento de ignorar que no hay límites cuando se padece un dolor colectivo. Es inevitable. Nacimos en la tierra indebida. Tenemos el estigma para mostrarlo sonrientes ante el mundo que nos mira indolente y ensaya palmaditas en la espalda para averiguar donde es más efectivo el filo del arma traicionera. ¡Total! Ellos no tienen la culpa y ni siquiera les importa entenderla porque nos pertenece el dolor de haber nacido en tu espacio doble, dulce, tierno, hermoso y desdichadamente maldecido. Por eso vamos con el caramelo en la mirada y un amago de tristeza en cada gesto, pues nos duele ese suceso amargo e inevitable de sabor íntimo y apenas comprendido. A veces sentimos como si hubiéramos pecado históricamente y volvemos el rostro para ver si encontramos nuestra culpa en medio del exilio. Pero sólo vemos imágenes sedientas que pretenden alcanzar la luz abierta. Entonces, alguien nos condecora el gesto y, a pesar de la alegría momentánea, comprendemos que está prohibida la existencia de otro paraíso en la tierra, por eso estamos destinados a luchar contra la culpa inocente que hemos heredado.

Tú que fuiste la vitrina de América, con el andar del tiempo los reversos de la independencia te han convertido en una cautiva  islillamarga. Te idolatro, tierra hermosa; no puedo evitarlo porque sumamos las décadas como si fueran naranjas mientras tu esencia refleja la tristeza entre cristales, pero ya se acerca el instante para iluminar la guerra justa y necesaria.

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