Compañeros de viaje y tontos útiles

por Nancy Pérez-Crespo

nora gamezEn Washington vive un tipo que es una mezcla de la Bruja de Blanca Nieves con Calos Marx y Engels. Se llama Peter Kornbluh, y es investigador de la Universidad George Washington y director de la sección de Chile y Cuba del Archivo Nacional de Seguridad, una organización no lucrativa que radica en DC, que se dedica a desclasificar los archivos secretos del Gobierno de Estados Unidos, vía Acta de Libertad de Información.

En el pasado, como buen compañero de viaje de los marxistas o de tonto útil, su mayor empeño fue hurgar en los documentos que pudieran involucrar al gobierno de los Estados Unidos con el golpe militar de Pinchote en Chile.

Al tal extremo ha llagado este oscuro personajillo que en noviembre del pasado año declaró en Chile como testigo ante el ministro especial Mario Carroza, a raíz de una querella de agrupaciones representadas por el abogado comunista Eduardo Contreras contra los responsables del «golpe militar» de 1973, que según el querellante, constituiría por sí mismo un delito de lesa humanidad.

Kornbluh habría entregado su versión sobre una serie de documentos de la CIA, según los cuales el gobierno estadounidense planeaba reunirse con el dueño del periódico «El Mercurio», el prestigioso periodista Agustín Edwards. Sus tesis alcanzan financiamiento de propaganda contra el partido de Salvador Allende, instigación de un golpe militar y posterior defensa del nuevo régimen. Agregó que: «Por eso llegamos al nombre de Agustín Edwards como el individuo más importante en la historia del nexo entre los Estados Unidor y Chile

»Edwards es la persona individual más responsable en el mundo de la política de intervención contra Allende y de apoyar a Pinochet, sin importar su grado de violencia y terrorismo. Otros miembros del Departamento de Estado preferían coexistir con Allende, pero [el secretario de Estado, Henry] Kissinger, fue a hablar con [el Presidente Richard] Nixon y advertir sobre la amenaza que representaba Allende y su elección como un mal precedente.

»Kissinger también habló de la necesidad de asegurar que el gobierno de Allende fracasara para que no lo imitaran otros países latinoamericanos. Para él, una imitación del experimento chileno –la elección democrática de un marxista— podía alterar el equilibrio mundial.

»La evidencia es clara. Agustín Edwards fue una de las personas más involucradas como conspirador y colaborador de la CIA y los militares. Tenemos los documentos desclasificados para probarlo».

Ahora, este mismo «ratón de biblioteca» se baja con un libraco sobre los diálogos secretos entre Cuba y Estados Unidos  y para hacerle la segunda, la reportera de «El Nuevo Herald» (ENH), Nora Gámez, despliega la historia, como si fuera un gran acontecimiento.

Parece que Nora Gámez no sabe que la comunicación entre los dos países se ha mantenido como es usual en la política exterior de este país, que mantiene esos canales abiertos sin que influya que sean amigos o enemigos, esencialmente si son vecinos.

Y también parece que ella desconoce que en política lo que se sabe nunca es lo real. Todo es apariencia y los verdaderos motivos se reservan.

A partir de estas premisas, el reportaje es totalmente fallido —y aquí se nota lo desinformada que está la Gámez—, porque es sabido y además es público, que entre Washington y La Habana siempre han existido conversaciones en torno a inmigración, narcotráfico, terrorismo y muchos otros temas de interés para ambos. Y mucho más frecuentes después de la caída de la URSS, porque en su época, los asuntos de Cuba eran atendidos por los soviéticos.

Además hay que tener en cuanta que en Estados Unidos reside casi un 20% de la población cubana. Hialeah es la quinta ciudad de Cuba en población después de Holguín.

Pero a la Gámez le gustó destacar que por «espacio de 55 años» y con en aparentes discrepancias, los dos países han «sostenido discusiones secretas para intentar normalizar sus relaciones».

Pero lo más risible es que Peter Kornbluh dijo que los lectores se sorprenderán también al descubrir que «los cubanos se han comunicado con cada nuevo presidente hacia el comienzo de su mandato para explorar si sería posible mejorar las relaciones, incluyendo a aquellos de línea dura como Richard Nixon y Ronald Reagan».

Cómo olvidar que en época del mismo Reagan, el areito Enrique «Quique» Baloyra fue el que acompañó en el viaje a la ciudad de México al entonces Secretario de Estado, general Alexander Hais, para conversar con el siniestro Carlos Rafael Rodríguez, a la sazón vice presidente (de dedo) de la tiranía cubana.

¿Pensará este «rata de biblioteca» que los cubanos exiliados somos unos ignorantes y además legos en los asuntos de Cuba? Quizás algunos de los nuevos lectores de ENH no estén bien informados, porque reportajes como éste, tupen al más sagaz de los leyentes.

Pero la intención comunicativa (tanto del libro como del reportaje) es sencillamente destacar que el régimen cubano siempre ha tratado de arreglarse con Washington pero han sido los «malvados Yanquis» quieres siempre han puesto obstáculos.

Otra intención —tanto del reportaje como del libro—, y este objetivo es mucho más siniestro, es la de tratar de influir para un eventual levantamiento del embargo, el actual y más apasionado proyecto de Raúl Castro. Al mismo tiempo pretenden mejorar la imagen de la dictadura cubana ante la opinión pública estadounidense.

Y para final la mejor parte: el libro será presentado al próximo 13 de octubre, en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en La Habana.

No sé si el reportaje de la Gámez coincide con esta presentación por casualidad o tal vez, se pusieron de acuerdo. Todo pude ser.

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