De Turquía para México

Eloy Garza González

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El pasado 15 de julio, una fracción de las fuerzas armadas de Turquía pretendió derrocar el gobierno del presidente Recep Tayyip Erdogan. El golpe de Estado se sofocó con el rechazo masivo de la población.

Usando las redes sociales, principalmente Facebook Live y Twitter, y aplicaciones como FaceTime y Periscope, los ciudadanos tomaron la calle en ciudades como Ankara y Estambul para oponerse a los militares sublevados.

De no existir esas redes sociales y esas aplicaciones, a Erdogan se le hubiera dificultado mantenerse en el poder. Incluso los medios masivos de comunicación sometidos por los golpistas migraron algunas horas a Facebook Live para seguir informando a su auditorio.

La paradoja estriba en que Erdogan había intentado bloquear todas las redes sociales apenas unos meses antes del golpe de Estado, porque las creía un estorbo para gobernar.

“Las redes sociales son la peor amenaza para cualquier país. Twitter es un peligro por todas las mentiras que se publican ahí”. Así se expresaba Erdogan mientras reprimía a los manifestantes ecologistas de Gezi Park, en mayo de 2013, que se reunieron masivamente mediante las redes sociales.

El frustrado golpe de Estado de Turquía es un ejemplo de lo mal que pueden pasarla los políticos que pretenden reprimir o limitar la web social.

Gracias en buena medida a la supuesta “amenaza” que para Erdogan representaba Twitter y Facebook, aún permanece en el poder, y quizá gracias a Periscope que tanto aborrece, aún conserva su cabeza sobre los hombros. Lo que quiso prohibir antes, lo salvó después.

En México, varios políticos han pretendido regular la web social: censurar la participación de los usuarios de Facebook y Twitter. Nadie escarmienta en cabeza ajena, pero no estaría mal que estos iluminados revisaran el caso de Turquía.

Y es que no hay nada mejor, a pesar de sus excesos, que la libertad de expresión, aunque a veces ofenda a políticos que se creen inmunes a la crítica.

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