EE UU y el peligro de su inmigración descontrolada

Por Reynaldo Soto Hernandez

Resulta patético escuchar cómo se habla tanto por estos días, acerca de “derechos del migrante”, “necesidad de tender puentes”, “obligación de dar refugio”, etc, porque es que mientras en el mundo siga creciendo la idea de que la emigración es la única solución para todos los males de cada uno de los países menos desarrollados, que lo son indudablemente por culpa de sus políticos y sus ciudadanos, crecerá proporcionalmente la necesidad que sienten quienes viven en las sociedades más desarrolladas, de levantar muros para protegerse.

Proteger el espacio propio y de sus allegados y congéneres es una necesidad que compartimos con el resto de los integrantes del reino animal sin excepción, una necesidad que obedece a esa ley física grabada en los genes de todo lo vivo: el espacio es finito. Una ley, una sensación, que es muy real y acuciante porque aunque cuando miramos con más profundidad y amplitud en derredor podemos percibir que el universo es tal vez inabarcable, para todos aquellos que respiramos y nos movemos, “el espacio” se limita al área en la que nos sentimos seguros y donde encontramos las cosas que necesitamos para sobrevivir con el menor esfuerzo y la menor lucha posible por los recursos que nos mantienen vivos.

Es indudablemente egoísmo puro, pero es gracias a él que todas las especies que existen hoy en día, han logrado sobrevivir. Es más, lo contrario, la sensación de que tenemos la obligación de compartir nuestro espacio vital y aún hasta de cederlo si nos lo exigen, es antinatural y constituye una aberración mental que en psiquiatría se conoce como pusilanimidad; un trastorno que en sus casos más graves conduce irremediablemente al suicidio, cuando no a la muerte a manos del invasor.

En el caso de los Estados Unidos y su relación con los países pobres y poco a tono con la civilización contemporánea, por el intrínseco desapego de sus habitantes al respeto al derecho ajeno, se trata de una realidad insoslayable, quienes llegan reclaman cada vez más y más amplitud, tanto geográfica para ellos mismos y sus crías, como espacio en el protagonismo social, dentro de una sociedad que ellos no crearon, y cuyos éxitos ni siquiera fueron capaces de imitar en las regiones desde las que llegan.

Y no vienen solo a ocupar espacio, también a intentar cambiar las leyes, lo cual cuando se coloca junto a la expansión demográfica lleva a una sola conclusión: si los norteamericanos, especialmente los blancos, quienes crearon esta sociedad y la desarrollaron, no se defienden, están condenados a desaparecer.

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