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Published On: Sab, Jul 12th, 2014

EL ENTORNO

Por Manuel Prieres
“Una sociedad pegada a eso sencillo y valioso que se puede tocar con las manos:

mgotesLos cubanos éramos un pueblo llano. Nos sentíamos tan imbuidos por lo que nos rodeaba que podíamos tocarlo con las manos, al extremo que ni a la capital de provincia íbamos, mucho menos el aventurarnos hasta la capital del país. No por resabios provincianos, sino porque no nos interesaba. Los 365 días del año lo sabíamos consumir en nuestro propio habitat sin rechazarlo; por el contrario, viviéndolo, acrecentándolo, haciéndolo placentero y auténtico. Mucho menos estaba en nosotros la intención de emigrar buscando nuevos y más promisorios horizontes y destinos. Eramos, en fin, una sociedad pegada a eso sencillo pero valioso -repito- que se podía tocar con las manos.

“Conozca a Cuba primero, y al extranjero después” era un slogan publicitario que sugería al cubano que conociera mejor a su país antes de viajar al extranjero, pero en el fondo había algo más, era una especie de llamado a que los cubanos saliéramos de nuestro cascarón habitual; pareciera como que a algunos les intrigaba y hasta molestaba nuestro modo de vivir comarcal.

¿Y era malo eso, acaso?

No. Por supuesto que no. De aletargados nada. Lo que sucedía era que habíamos podido conciliar nuestra peculiar forma de vivir, con la necesidad que toda sociedad tiene para considerarse renovada de la laboriosidad, del desarrollo y del progreso. ¿Acaso cincuenta y tantos años de joven y bisoña república así no lo avalaban? En este caso aquella precocidad, aquel modo de vida cubano, para algunos de fuera y adentro movía al aplauso y al interés de cooperación; pero en otros, al resentimiento velado y a la conspiración. ¡Había que cambiar aquel way of life! ¡Había que llevar a la isla del Caribe al redil establecido! A los cubanos no debía asistirnos el derecho a “ser diferentes”, porque entonces desentonaríamos, desafinaríamos en el concierto de los demás pueblos.

Para ello se aprovecharían de nuestra idiosincrasia que anidaba en su interior el germen de nuestra propia desgracia. Me refiero a nuestra candidez y falta de interés de conocer, defender y salvaguardar ¡hasta con los dientes! nuestro entorno. Nuestra característica de buenos imitadores contribuiría a llevarnos a ceder paulatinamente a influencias foráneas que tenían agendas muy claras de trastocar “lo cubano”. Ya lo había escrito Martí.

Casi desde principio de siglo permitíamos con una miopía olímpica que influencias filosóficas, históricas, ideológicas, políticas, culturales, se sembrasen peligrosamente en nuestra sociedad, teniendo todas algo en común: el universalismo conspirador, frenético y en boga. Expresiones cual invitación a aceptarlas harían aparición en la Escuela de Pensamiento cubana: “El Mundo es un pañuelo”, “otras tierras nos reclaman…”, “Somos ciudadanos del mundo”. Y junto a dichas consignas vendrían sus propagadores con los equipajes atestados del letal material desestabilizador. En lo cultural, “lo cubano” sería desterrado por una interpretación y práctica “universalista” del pensamiento dentro de las artes, la literatura y cuanta manifestación ilustrativa existiese.

Con la llegada de 1959 todo habría de dar un colosal vuelco. A partir de dicha fecha jamás volveríamos los cubanos a ser como antes. Tan pretenciosos nosotros, tan abiertos, tan desenvueltos, y, finalmente, convertidos en un hato de reses por obra y gracia de la malévola y nefanda Escuela Socialista elevada al cubo de la radicalización, la extrevagancia, la utopía y el capricho revolucionario, con la versión castro-comunista. En nómadas modernos se nos habría de convertir con toda la carga de inadaptación, lastimosidad, resentimiento, violencia y enigmatismo que ello conlleva.

Por eso cuando alguien recrimina: “¿Por qué los cubanos no se quitan esa pejiguera de encima, ese amo a horcajadas? La respuesta es: porque nadie está dispuesto a inmolarse por lo que rechaza, por lo que no le pertenece, por aquello de lo que quiere huir.

Y ¿cómo parar? Pues regresando al entorno, aunque fuese a nivel de metáfora inicialmente. Una reconversión interior del individuo que lo lleve de regreso al habitat perdido: arrancándoselo al usurpador…hasta con las uñas si fuese necesario, para reconstruirlo, hacerlo vital, seguro, placentero y auténtico otra vez. Volver a la “tierra olvidada”.
Manuel Prieres
villagranadillo@bellsouth.net

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