El Fanatismo que nos consume

Por Alberto Pérez AMENPER

El fanatismo es una creencia o comportamiento que se implica con un celo o con un entusiasmo obsesivo.

El comportamiento de un fanático con un arrollador entusiasmo por un tema se distingue del comportamiento de un fanático que trata de imponer por la fuerza un cambio de las normas sociales prevalecientes. Aunque el comportamiento de todo fanático puede ser juzgado como extraño o excéntrico existen diferentes tipos de fanatismo. El fanatismo exagerado pero que no impone por la fuerza su fanatismo a otros, se puede diferenciar del fanático con un entusiasmo dirigido a cambiar por la fuerza la sociedad para imponer sus creencias universalmente.

Estoy viendo el juego de los Marlins, soy un fanático de este patético equipo que está en el último lugar y que me hace sufrir en cada juego, pero como fanático del deporte mi absurdo entusiasmo no afecta a nadie más que a mi mismo.

Los tipos más comunes de fanatismo, son los deportivos, los religiosos, los políticos y los de normas sociales.  Estos dos últimos tienden sufrir una simbiosis con el fanatismo religioso, cómo en el caso del ateísmo y la persuasión homosexual que se han convertido en un fanatismo similar al fanatismo religioso.

El fanatismo religioso, que se tiene que diferenciar de la convicción de una creencia, es típico de todas las religiones.  En las principales religiones cómo el cristianismo y el judaísmo, vemos fanáticos que cambian las normas sociales, pero que no afectan a la sociedad pero a ellos mismos.  Los casos de los Hassidics en el judaísmo, y los Amish en el cristianismo son los casos más extremos.  Pero tenemos el caso del Islam en que el fanatismo está dirigido a cambiar por la fuerza la sociedad, y este es el tipo de fanatismo peligroso.   Lo mismo ocurre con el ateísmo, en que no se acepta la creencias de otros y siempre está tratando de cambiar el sistema establecido por la tradición, muchas veces por la fuerza creando una fanática religión atea que no admite alternativas.

También lo vemos con el homosexualismo.  En el pasado cuando existía una homofobia social, el cambio necesario fue dirigido al hecho que cada persona tiene el derecho a llevar el estilo de vida que quisiera.  Pero esto ha evolucionado ahora a una militancia homosexual que se ha convertido como una fanática religión que trata de imponer sus doctrinas en los que no son cómo ellos.

El fanatismo político también puede ser inofensivo, pero puede ser peligroso cómo en el caso de la idolatría fanática complaciente con un dictador que oprime a su pueblo, lo que vimos en Cuba con Fidel Castro.

El fanatismo puede traer desventajas devastadoras no solo para el fanático sino para un país entero. El fanatismo algunas veces desarrolla, guerras y graves desastres, países ricos cómo Cuba y Venezuela se convirtieron en países desolados por la utilización del fanatismo en el pueblo.

¿Cómo curar a un fanático? Si lo analizamos es imposible curar a un fanático, porque no considera que necesita cura, pero que hay que curar a los demás.

Perseguir a un puñado de fanáticos por las montañas de Afganistán es una cosa. Luchar contra el fanatismo, otra muy distinta. Me temo que no sé exactamente cómo perseguir fanáticos por las montañas, pero puede que consagre una o dos reflexiones a la naturaleza del fanatismo y a las formas, si no de curarlo, al menos de controlarlo. Se trata de una lucha entre los que piensan que lo que ellos consideran que es la justicia, se entienda lo que se entienda por dicha palabra, es más importante que la vida y aquellos que, como nosotros, pensamos que la vida tiene prioridad sobre muchos otros valores, convicciones o credos. La actual crisis del mundo, se debe a la vieja lucha entre fanatismo y pragmatismo. Entre fanatismo y tolerancia a otras ideas.  El terrorismo tiene que ver con la típica reivindicación fanática: si pienso que algo es malo, lo aniquilo junto con todo lo que lo rodea.

El fanatismo es más viejo que el islam, que el cristianismo, que el judaísmo. Más viejo que cualquier Estado, gobierno o sistema político. Más viejo que cualquier ideología o credo del mundo. El fanatismo es un componente siempre presente en la naturaleza humana, un gen del mal que está latente en todo ser humano. Por eso sólo por el pragmatismo analítico se puede controlar el fanatismo.

Por fanatismo no me refiero sólo a las manifestaciones obvias de fundamentalismo y fervor ciego. No me refiero sólo a los fanáticos declarados, ésos que vemos al otro lado de la pantalla del televisor entre multitudes histéricas que agitan sus puños contra las cámaras mientras gritan eslóganes en lenguas que no entendemos. No, el fanatismo surge por doquier. Con modales más silenciosos, más civilizados. Está presente en nuestro entorno y tal vez también dentro de nosotros mismos.

¡Existen bastantes no fumadores que me quemarían vivo por encender mi tabaco cerca de ellos! ¡Existen muchos vegetarianos que me comerían vivo por comerme mi filete miñón! ¡Existen pacifistas y fanáticos de ideologías políticas, que me darían un tiro en la cabeza sólo por defender una estrategia ligeramente diferente de la suya para lograr la paz en el Medio Oriente o por mi preferencia a un líder político diferente al de ellos!

No estoy diciendo que cualquiera que alce su voz contra cualquier cosa sea un fanático. No estoy sugiriendo que cualquiera que manifieste sus opiniones vehementes sea un fanático. Digo que la semilla del fanatismo siempre brota al adoptar una actitud de superioridad moral que impide llegar a un acuerdo. Es una plaga muy común que, por supuesto, se manifiesta con diferentes grados. Un militante ecologista puede adoptar una actitud de superioridad moral que le impida llegar a un acuerdo pero causará muy poco daño si lo comparamos, digamos, con un terrorista, aunque a la larga también hace daño a la sociedad.

Al mencionar el caso de los ecologistas no podemos menos que notar  que todos los fanáticos sienten una atracción, un gusto especial por lo cursi

Al mismo tiempo, descubriremos que, a menudo, los fanáticos son sentimentales sin remedio y en ese sentimentalismo los hace justificar su fanatismo violento contra los que no comparten sus creencias porque a su parecer estas son personas crueles que merecen castigo.

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