EL HOMBRE DE LA MONTAÑA

Por Pablo de Jesús

hombre montnaLe pasamos por el lado, rumbo a San Francisco, por la espectacular Ruta 1 que bordea la costa oeste estadounidense. Barbudo y delgado, iba empujando cuesta arriba la bici con su carrito a remolque, mientras el perro cerraba la marcha, con la lengua afuera y el paso cansino. La bandera americana flotaba agitada por el viento frío y cortante de la montaña. “Mira ese loco, dijimos”, y lo dejamos atrás. No fue más que una imagen en el paisaje. Una mancha pasajera en el cristal de la ventanilla.

Con un mar azul metálico despuntando entre la niebla por el costado izquierdo del auto, y un farallón de piedra a la derecha, escalábamos la estrecha carretera maldiciendo al beodo que la había diseñado. Lleno de curvas y trampas, el camino compensaba la tensión con paisajes que cortaban el aliento. A estas alturas, el hombre y su perro ya habían sido borrados del disco duro de nuestra memoria.

Mientras refrescábamos en un parador en Point Lobos, a casi cinco mil pies de altura, le vemos llegar pedaleando, cansado y casi extenuado, pero satisfecho de su hazaña. Mi familia y yo no pudimos aguantar las ganas de premiar el esfuerzo con un aplauso y él, en señal de victoria, subió el puño y gritó: “¡Soy un campeón, soy un campeón!”.

Con el aliento entrecortado, aquel desconocido con tipo de montañés, nos contó su historia. Pero primero aclaró que él y su perro no eran homeless, gente sin casa, sino “aventureros”, porque su hogar eran el cielo estrellado y el pedazo de tierra donde dormían cada noche.

“Me llamo John, y este es mi perro Happy, y vamos de New Orleans hasta San Francisco. Ya nos queda poco”, dijo el hombre, con un optimismo que conmovía, pues para su destino le faltaban aún 408.76 kms. Así decía el cartel en el parador.

Pero para John y Happy los kilómetros, los dias y los meses no son más que números. Accesorios que nos sirven para rodear nuestra vida con una cerca de rutinas. Hace 18 años, este hombre sobreviviente de un cáncer de estómago, decidió que antes de morir debía recorrer de punta a cabo el país donde nació, y comenzó un recorrido en bicicleta que le ha llevado por casi 19.000 millas de este a oeste, y norte a sur de Estados Unidos.

“Recién recuperado del cáncer decidí dar este viaje. Quería conocer a mi país antes de morirme, por si la enfermedad regresaba. La gente me decía ‘Tu no puedes’ y mis padres me decían ‘Tu si puedes, hazlo'”, explica John.

“Con una bicicleta vieja y mi primer perro, Chuky, me puse en camino”, apuntó, mientras Happy, un pastor alemán de cinco años de edad, opta por echarse a descansar sobre el cochecito de remolque, acostumbrado a oir la misma historia quién sabe cuántas veces.

“Este es mi tercer perro. Los otros dos murieron: Chuky de viejo, y lo enterré en San Antonio (Texas), y el otro me lo mató un carro en Miami. Happy es un buen compañero de viaje. El mejor, porque nunca discute ni se pone bravo”, afirma John, y Happy parece darle la razón parando las orejas y meneando el rabo con alegre cansacio.

Según los cálculos de John, para diciembre estarán en Búffalo, en el otro extremo del país, porque quiere ver las Cataratas del Niágara en invierno.

“Eso es algo que hay que ver antes de morirse. No te lo puedes perder”, me dice, y accede que le tire unas fotos junto a Happy. A regañadientes, aceptó el dinero que le dimos, y algunas botellas de agua para el camino.

Le dejamos en aquel parador, donde esperaba pasar la noche antes de continuar su pedaleo hasta San Francisco. Mientras el carro se alejaba por la sinuosa ruta 1 y John y Happy se iban convirtiendo en una pequeña mancha en el espejo retrovisor, nos mantuvimos en silencio, cada uno pensando en que la vida tiene tantas vueltas como la carretera de esta montaña.

Más tarde, sobre una servilleta del restaurante donde paramos a cenar, escribí estas líneas. Tal vez el Hombre de la Montaña nunca las lea. Pero yo se las quiero dedicar a él, y a su perro Happy, que pedalean felices el sueño de ser libres.

“Es imposible” dijo el pesimismo.
“Es arriesgado” apuntó la experiencia.
“Yo no lo haría”, aconsejó la prudencia.
“Yo lo pensaría”, indicó la cordura.
“Atrévete”, retó la conciencia.
“¡Hemos triunfado!”, gritó el corazón.