EL JUEGO DEL COMANDANTE

Por Pablo de Jesus:

fifoLa primera vez que apareció en la escuela fue una noche de diciembre de 1971, y el mundo se detuvo. Nuestro mundo de rutinas inalterables: estudio, trabajo y fusil, todo amalgamado en la fragua de aquel herrero empeñado en modelar al Hombre Nuevo.

“Vengo a invitarlos a un partidito de baloncesto”, dijo, y de inmediato se armó una guerrilla nocturna, que como tantas otras después, terminaban en un aquelarre de bocaditos de jamón, jugos de lata y maltas en botellas.

La primera canasta la encestó él, y la segunda, y la tercera, y una sucesión de acordes consecutivos en un sólo de baloncesto alucinante. Julio Boca vistiendo verdeolivo y bailando en una cancha de cemento a las 11 de la noche, con un frio de órdago, el público de pie pidiendo bis y aplaudiendo a rabiar. Y el comandante embistiendo el canasto con su energía de siempre, como si cada balón fuera un enemigo al que había que meter por el aro. La sinfonía parecía infinita, hasta que yo jodí el concierto.

Fue uno de esos momentos en el baloncesto en que dos tipos están frente a frente, uno con el balón, el otro a la defensa, a ver quien vence a quien. Es un reto de habilidades, coordinación y reflejos. El comandante picó la bola con la mano derecha. La multitud rugió y algún desgraciado gritó desde las gradas: “¡Palante y palante, Comandante!”. El jefe pareció escuchar el consejo, dribló par de veces y adelantó el pie izquierdo para salir presto en su ataque al aro. Yo estiré el brazo, adelanté un paso para cortarle el camino, y de pronto, La Hecatombe. Un “¡Oohhh!” largo y preocupante salió de las gradas, y en un amasijo de piernas, manos y balón, ambos fuimos a parar al piso de cemento pulido. Yoni, nuestro pívot alto y flaco, se llevó las manos a la cabeza y exclamo “¡Ay mi madre!”. El Profe Romelio cerró los ojos y miró al cielo. Reyna Mestre, la directora, le echó aceite a su cara avinagrada para completar la ensalada de furia.

El tortazo fue tan grande, que Richard Nixon debió haber brincado en su silla presidencial de la Casa Blanca y preguntado a sus asesores: “What’s going on with this cuban bastard now?, y hasta el camarada Leonid Brezhnev dio la orden de empaquetar de nuevo los cohetes porque algo grande sonaba en esa islita de mierda del Caribe. “¡Cómo jodensky estos cubanoskys!”, dicen que dijo.

En su caída contra el cemento, el comandante hizo un ¡plop! de ladrillo desmoronado. Y yo, aplastado por aquella mole. Aquel hombre imponente, que le metía miedo a sus enemigos, me partió con la mirada y dijo: “¡Mariconzón!”.
No sé si fueron los nervios, o el modo en que me soltó aquel “mariconzón” -que muchos años después puso de moda en Miami- o los espejuelos que se le quedaron colgando sobre el puente de la nariz (sí, porque el Jefe es miope como un ratón), que se me escapó una risita nerviosa, mientras el despistado de las gradas repetía “¡Hasta la victoria siempre, hasta la victoria siempre!”, frase que hizo que el Comandante se levantara como uno de esos cohetes rusos que le negaron en octubre del 62, y fuera a la línea para cobrar los dos tiros libres por mi tremenda falta. Yo fui a colocarme en posición de capturar el rebote, cuando una mano de hierro me agarró por el cogote, levantándome en peso como un títere malvado al que había que castigar.

Un escolta gigantesco, negro como la noche, me dijo al oído, mientras mis paticas aleteaban en el aire como un pichón sin nido: -Muchachito, ¿por qué no te sientas un rato? Este es el juego del comandante. El Jefe no puede lastimarse ¿Está claro? -preguntó el mastodonte.

La grua humana me sostuvo un rato en el aire, mirándome con sus ojos de león hambriento, y no con mucha delicadeza me depositó en el suelo. Me fui directo a la banca, sintiendo a mis espaldas los ojos frios del Godzilla negro. Al poco rato, Romelio me quiso regresar a la cancha, pero yo miré al de la Noche Oscura, y éste me volvió a partir con la mirada.

– Parece que me he lastimado un tobillo -dije, y el profe entendió el mensaje, porque puso en mi lugar a Pedro Ojos Chulos.

Una semana después, el jefe volvió a aparecer con su cargamento de yogures, maltas, bocaditos y jugos de sabores. Y de regalo, varias cajas con camisetas del equipo Cuba, tenis chinos y balones checos.

Jugué poco, casi nada, pero todo el tiempo tuve la sensación de estar corriendo la cancha con una diana en la espalda, mientras los ojos del mastodonte negro me seguían por el terreno, con la mano en su arma de reglamento.
Aquel partido interminable se acabó cuando el jefe se cansó. Se sentó en medio de la cancha, y mientras saboreaba uno de sus yogures preferidos, nos desgranó sus sueños de una escuela nueva, que fusionaría la nuestra con otras similares para crear un centro modelo. Y prometió que tendría un tabloncillo de madera, una piscina olímpica, un terreno de béisbol de verdad, aulas y laboratorios modernos, y uniformes nuevos con unos zapatos plásticos de huequitos, que dejaban en los pies un olor permanente a queso viejo, así te lavaras con lejía los fines de semana.
A la semana siguiente, estábamos en Calabazar, suburbios de La Habana, batiéndonos con un marabuzal enajenado, construyendo “casa y escuela nueva como cuna de nueva raza”, y al ritmo de Silvio, Pablito, Sara y otros bardos de la nueva onda, todos con la misma trova, bailaban los machetes, las promesas, y en cada golpe un futuro al alcance de la mano. Eso nos vendían.

Pasó diciembre, y el jefe apagó la fragua y se fue a dar fuelle a otra parte. Nunca más puso un pie en la escuela vieja, y lamentamos la ausencia de las aquellas fiestas de bocaditos y jugos, más que los sólos de baloncesto en plena madrugada.

Durante muchos años, los ojos del Godzilla negro estuvieron entre mis pesadillas recurrentes, hasta que una madrugada de insomnio, en un hotel de Chicago, mientras le daba vueltas a los recuerdos, caí en cuenta de que soy el único tipo que ha logrado el sueño rosa de todos los gusanos de Miami: Haber tumbado al comandante, y vivir para contarlo.

Pablo de Jesús

Comments are closed.