EL SINSONTE CUBANO Y EL MOCKINGBIRD AMERICANO

Por Pablo de Jesús
mockA veces hablo con un mockingbird. El, en una rama del pino del patio donde tiene su apartamento de lujo, y yo sentado en la terraza, sostenemos una fluída conversación que puede durar largo rato, depende de cuan interesante sea el tema o de que algo le asuste y levante el vuelo. Cada tarde, poco antes de que caiga el sol, mi mockingbird privado viene a saludarme y a contarme lo que ha visto en su desandar alado.
Yo silbo, imitando varios pájaros, arte que aprendí de niño en mis andanzas por los montes junto al viejo, y el mockingbird del pino se explaya en un concierto de sonidos musicales.
Cuando se va, me quedo callado y pensativo por largo rato, dándole vuelta a los recuerdos. Mis hijas me preguntan si ya me cayó de nuevo el gorrión por estar pensando en Cuba, y yo les respondo siempre que ahora mi compañero de viaje es el sinsonte americano.
Con mi padre aprendí que el sinsonte y el gorrión eran las únicas dos aves que no podían vivir en cautiverio. Preferían dejarse morir de hambre y sed a penar entre barrotes.
Recuerdo aquellas madrugadas de imsonio forzozo entre buches de café y panes duros para espantar el sueño, vigilando que el horno de carbón no se fuera a “enfuegar”, como decía el viejo, y el cuento que se inventó del primer sinsonte que emigró al norte porque en Cuba había un dictador que quería meterlo en jaula para regalárselo a sus amigos extranjeros, y cuando los americanos vieron al sinsonte le bautizaron mockingbird, un pájaro burlón porque imita las voces de otras aves e incluso el silbido del hombre y el maullido del gato y hasta las alarmas de los carros.
Y ese sinsonte de mi viejo resulta que años después descubro es el pájaro estatal de la Florida, Texas y otros cinco estados americanos, y su canto sigue siendo el mismo canto burlón que nos acompañaba mientras llenábamos las sacas con un carbón brillante y ligero que sonaba como dos claves de guaguancó.
El mismo mockingbird que se burla de todos lo que llevamos la patria como el caracol lleva a cuestas su carcasa.
En cierta ocasión, un joven colega de la isla me preguntó si no extrañaba a Cuba.
– ¿No extrañas el barrio, los dominó de los domingos, el muro del malecón y las mulatas de Tropicana -insistió.
-¿Sabes lo que extraño? ¿Lo que de verdad extraño? -le pregunté -.Los momentos en que compartí con los amigos un café de chicharos y hablábamos en susurro de La Cosa.
Sólo los cubanos saben que es la Cosa. La telaraña que te envuelve con miles de problemas y uno la echa a un lado con un “mañana Dios dirá” y se va enredando en ella pensando que el único mañana posible está en volar como el sinsonte. Y no es lo mismo hablar de esa Cosa y sus causantes en Miami o Madrid que en La Habana. En Cuba tiene el sabor de lo prohibido. Fuera de Cuba se está tornando en un exorcismo de la memoria. Algo fuera de moda ahora que se dan besos de piquito los enemigos de antaño.
Pero bienvenida sea la concordia, y que cada cual se aferre al pájaro de su melancolía, ya sea mockingbird o sinsonte. En definitiva, uno echa raíces no donde entierra a sus muertos, sino donde siembra sus sueños.
Pablo de Jesús
San Francisco, junio 2013

 

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