ESE OLOR A SALITRE

Por Pablo de Jesús

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Balseros. Pintura de Ruben Santos

Son manos fuertes, competentes, y con ligeros callos, extraños en gente de su profesión. Pero la vida le impuso las asperezas, y aún con ellas, él se las arregla para aliviar el dolor con un mínimo de malestar. Son manos acostumbradas también a remar, a manejar el timón de su barquito de pesca, y tiempos atrás, a desandar su playa de Varadero en busca de tesoros escondidos que sólo existían en su mente.

Juro que cuando me acerca las manos a la cara, siento ese olor a salitre que me recuerda a Cuba, a Miami, a ese mar Caribe al que estamos atados de por vida los que nacemos en cualquier isla sin brújula ni tiempo.

Son las manos de mi dentista, y tienen su historia. Historia de inmigrantes y de un mar que puede ser asesino o salvador, según la suerte, las corrientes, los vientos, el destino, y la ayuda de los santos.

“A mi me crió un chino, y me enseñó dos cosas: que lo único que no se gasta nunca son los conocimientos que tengas en tu cabeza, y que la suerte no te va llegar si no sales a buscarla”, dice el doctor Emilio Rivas, mientras hurga en mi boca en busca de caries escondidas.

Su historia es como la de muchos inmigrantes que llegaron a este país americano con más esperanzas que certezas. A fuerza de remar contracorriente se hizo un camino y un futuro.

Cuenta mi amigo que siempre quiso ser algo más que un sacamuelas o un pirata de oportunidades “en la playa más linda del mundo”, como dicen los que nunca han volado extrafronteras. No sabía exactamente qué, pero sí estaba convencido de que su vida se encontraba más allá de ese mar azul y llano como un plato de porcelana de Limoges. Pero un día se vio realizando su deseo, cruzando sobre una yola los 111 kms que separan a República Dominicana de Puerto Rico, junto a otros desconocidos, y dos guías nativos con pinta de piratas caribeños.

“Salimos de noche de un lugar de la costa dominicana. No se veía la luna y el mar parecía tranquilo. Los guías nos apuraban. Querían que el amanecer nos encontrara frente a Isla Mona, donde nos iban a dejar a la espera de que pasara el guardacosta americano”, relata mi amigo.

Fue recién, mientras compartíamos una cena en familia, y después de años de conocernos y contarnos nuestras respectivas historias de emigrantes, cuando me confesó algo que nunca antes me había dicho: con él, además de su mujer y su hijo, de apenas cinco años, viajaron además otros familiares, imprescindibles para la buena fortuna de la aventura marinera.

“En una mochila llevaba los santos de mi mamá. Antes de partir, rezamos y pedimos nos ayudaran en la travesía”, confiesa Emilio.

Se arrodillaron en la arena, en una noche oscura y pegajosa, y convocaron a la Virgen de la Caridad del Cobre, y a su alter ego Yemayá, para que les abriera las puertas de los mares.

Hay más de una historia de masacres de inmigrante en la misma playa, para robarles el dinero y pertenencias, de parte de aquellos mismos que debían trasladarlos mar afuera. Por eso, Emilio no le quitaba un ojo de encima a los ‘yoleros’.

“Lo único que tenía para defenderme era el saco con los santos”, apunta.
, y sus apéndices, isla Monito y Desecheo, son islotes deshabitados e inhóspitos a unos 70 kms al oeste de Puerto Rico. Bajo la política de “pies secos, pies mojados” implantada por el ex presidente Bill Clinton, los cubanos que logren pisar cualquiera de esos islotes -considerados territorio estadounidense-, son recibidos como refugiados políticos.

Un canal cada día más transitado, desde que en la isla corre el rumor de que la ley de Ajuste Cubano que ampara la legalización de los cubanos, tiene los días contados, ahora que los antiguos enemigos enterraron el hacha de la guerra.

Es una travesía que ha reclamado miles de muertes. Nadie sabe la cifra exacta: cubanos, dominicanos y haitianos que han dejado sus huesos en ese mar traicionero, persiguiendo “visa para un sueño”, como dice Juan Luis Guerra.

“La noche estaba oscura, muy oscura, y el mar algo picado. Yo iba como un desesperado, achicando el bote con la única latica que teníamos, porque le entraba agua por todos lados. Y con un ojo sobre los guías y sus machetes a la cintura”, agrega Emilio.

El Canal de la Mona es traicionero. Alimentado por dos enormes fuerzas de agua -el Océano Atlántico por el norte y a el Mar Caribe por el sur-, es batido por los vientos alisios de 15 y 20 nudos, siempre desde el este hacia el oeste. La energía de estos vientos se transfiere al agua en forma de altas olas que pueden hacer zozobrar a las embarcaciones pequeñas, como la ‘yola’ en que embarcaron Emilio y su familia.

Sólo los guías sabían donde estaba el rumbo. Los demás callaban o rezaban, mientras Emilio se afanaba en achicar la suerte para mantenerse a flote.

“Yo iba rezando todo el tiempo. Rezaba a la Virgen que nos sacara de ese mal trance, y le prometía que en casa siempre habría un altar para ella”, explica Rosy, la esposa de mi amigo, mientras en sus ojos azules las olas salpican los recuerdos.

Aún hoy, veinte años después de la aventura, Emilio pierde las palabras cuando rememora aquella noche.

“Cuando llegamos frente a isla Mona, los guías querían que nos tiráramos al agua y nadáramos hasta el cayo. Estaban nerviosos y con miedo de que les capturaran los guardacostas. Nos amenazaron”, cuenta mi amigo.

Al final, lograron convencer a los dos piratas, a cambio de darle los relojes, más dinero del que ya habían pagado, casi todo lo que llevaban para emprender una vida nueva en otros lares, con tal de que les acercaran más al cayo.

Cuenta que, cuando se estaban aproximando al cayo, el guardacosta blanco del Navy salió por un costado de la isla y los descubrió. El júbilo de casi tocar tierra se convirtió en estupor, el estupor en decepción, y la posibilidad de regresar derrotados al punto de partida.

Al divisar al guardacostas americano, los guías soltaron el timón de la ‘yola’, para evitar ser acusados de traficantes de personas, pero otro cubano del grupo, viendo que la embarcación iba directo a los arrecifes, agarró el control del bote, que con un golpe seco encalló en la barrera de corales hasta tocar la playa.

Acota Emilio que todo el mundo se apresuró a tocar tierra. “Pies secos, pies mojados, sólo en eso pensábamos”, dijo. Mortaja y lotería al mismo tiempo. Unos llegan y otros no.

Cuando el guardacosta por fin los rescató, les llevó a tierra, y tras hacer el papeleo, la familia Rivas embarcó hacia Los Angeles, donde le esperaba Angelita, la mujer de corazón grande, que limpiando casas y haciendo mil oficios reunió el dinero para la aventura marinera. Y la dueña de los santitos milagrosos.

Después vino el camino trillado por otros inmigrantes. Remar en seco en trabajos mal pagados, estudiar inglés en escuelas nocturnas, revalidar el título, adaptarse a nuevas costumbres y a otro idioma. La cuota a pagar por anclar esperanzas en un país ajeno. Años duros de echar hacia adelante sin mirar atrás, porque si lo hacía, quedaba convertido en una estatua de sal como la mujer de Lot.

Hoy, mi amigo sigue pegado al mar, lanzando anzuelos a la vida, mientras los santitos de la buena suerte descansan satisfechos de haber cumplido su tarea. Y yo juro que, mientras hurga en mi boca, el olor a salitre me adormece más que la anestesia.

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