EXCURSIÓN A LA CULPA SOBRE LA MUERTE DE UN DÉSPOTA

Por Juan Efe Noya

ARCHIVO - En esta imagen del 11 de julio de 2014, el ex presidente cubano Fidel Castro habla en una reunión con presidente ruso Vladimir Putin en La Habana, Cuba. Medios sociales de todo el mundo inundaron la blogosfera con rumores no confirmados sobre la muerte de Fidel Castro. Pero el viernes 9 de enero de 2015 en Cuba no hay señales de que esos reportes sean ciertos aunque el exlíder cubano, de 88 años, no haya sido visto en público desde hace meses. (Foto AP/Alex Castro, Archivo)
ARCHIVO – En esta imagen del 11 de julio de 2014, el ex presidente cubano Fidel Castro habla en una reunión con presidente ruso Vladimir Putin en La Habana, Cuba. Medios sociales de todo el mundo inundaron la blogosfera con rumores no confirmados sobre la muerte de Fidel Castro. Pero el viernes 9 de enero de 2015 en Cuba no hay señales de que esos reportes sean ciertos aunque el exlíder cubano, de 88 años, no haya sido visto en público desde hace meses. (Foto AP/Alex Castro, Archivo)

Él llevaba la tendencia de hacer un dúo con el motivo real de la medianoche. Se aclaró la imagen de la voz y, de tanto insistir, su presencia comenzó a agotarse. Se le vio llanamente ajeno, mientras sus ojos carecían de un color definitivo, constante. Era como observar la madrugada en toda su intensidad y no poder tenerla en la voz, ni siquiera cuando necesitaba demostrar que la había visto. Así, tan disuelto entre las sombras, nadie lograría suponer que era alguien, pero lo delataba la estructura que reflejaba el alcohol en todas sus posibles consecuencias.

—Nadie puede ser invencible, ¿me oyes? ¡Nadie! Esa es la verdad del hombre, tan grande como su estupidez –dijo como si su discurso fuera una sentencia.

Al mirar hacia la esquina donde una bombilla decapitaba sombras, declaró:

—¿Averiguar si se puede con el tiempo aún no visto y romper destinos como zapatos viejos? Estúpida pretensión; inocente ridiculez.

Las ventanas eran intenciones abiertas.

—A veces, ¿sabes? creemos ser más de lo que humanamente somos. Mientras es necesario convencer, nos damos a patear cartones sin formas en medio de la noche. ¡Un gran sentido de la grandeza idiota! ¡Perfecta porquería! Tan sólo por demostrar vigor y decisión. ¡Vigor y decisión! Como si no se te hubiera visto enredado en un gesto de margaritas al aparecer así, bochornosamente frente al mundo y cederle el puesto de Torturador en Jefe a tu hermanito afeminado, alcohólico y tan asesino como tú. A ver, ¿acaso se iban a conmover con tu rotura de existencia como si fueras de cristal? De fino cristal para hacer una taza y rebosarla con tus obscuridades; pues a mí no me vengas con esa de: “yo fui bueno”. ¿Bueno? ¡Frijoles! ¿Qué hacían tus ojos, pordiosero de ideales? Muchos lo sabemos: ver cuanto no te importaba y meterte en lo que tampoco era de tu incumbencia. ¿Y la mente? ¿Quieres más descaro que un cerebro capaz de formar lo imposible para el cuerpo? ¡Es un escupitajo de vergüenza! ¡Bárbara hazaña estabas haciendo! Traicionabas y sonreías de grandeza. De pronto apareció tu último mal; ¡ése que la defuncionaria no te perdona como buen revolucionario! Ella debería haberte desangrado. Ni aún así, ¡que diablos! Era muy poco bien, porque después de todo vendrían a ocuparse de ti como si fueras algo. Y quien se preocupa por ti provoca el mismo asco generado con tu nombre. Te remendaron un poco para poder mostrarte como un buen muerto a toda sangre. ¿Y la otra? No me refiero a la tuya, sino a la sangre agitada en las venas cubanas. En cambio el tiro salió por la culata y el mismo gentío bordado en sufrimientos por tus aquellas promesas y trucos revuelven las venas y hallas los tumores producidos por un tumulto asustado que son ellos, o a veces, eres tú mismo. Contratiempos y dolores circulan por sus cuerpos. Lo más bonito del caso es que muchos lo dudan; hasta discuten y ofenden con desesperados alegatos, pues ignoran sus impurezas hechas a tu antiguo y sucio estilo. Para colmo, les dabas estudios de ríos revueltos, soles inseguros y cometas agotados. Así podían graduarse de vulgarismo: un gran logro. ¡Vete al demonio! O más allá, si lo prefieres. ¡Márchate hasta donde no puedo decirlo! O hacia donde definitivamente tienes que haberte ido. ¡Insúltate! Me importa un comino si pones esa cara de guanajo rígido para que no te hable, ni te diga maldiciones. Te detesto, desde aquella mentira, cuando embarcaste a los ilusos y prometiste ser capaz de implantar la felicidad porque sabías ecuaciones para los pobres. ¡Magnífica estupidez! Por creerte se hundió la República. Lo sabías, pero preferiste ignorarlo, mientras te ocupabas de tu hermanito depravado que nunca tuvo fortaleza para enfrentarse con la gravedad de una situación. Él también puede mirar a lo lejos. ¡Déjalo! A veces (tú bien lo sabes) mira abajo, entre las piernas de sus mejores discípulos. Entonces, claro está, te pones bravo, ¡bravíiiisimo! porque tu hermanito es irremediable. La Historia, es muy cierto, le ha puesto la corbata al cuello para lucir asquerosamente limpio, de modo que pueda emprenderla con muertes, culpas y retóricas para conservar su espacio. Se te enredó el invento. ¿Creías que el pueblo se iba a conmover con tu deceso y seguiría propagando tanto vómito como tú? ¡Total! Te has hecho el valiente con el procedimiento de polvo ¿y qué…?.

La noche se rompía contra el espacio del hombre ebrio bajo la luz de la luna.

—Tienes que ser el más cínico de todos los muertos si dices que te has quedado sin rostro adolorido cuando la libertad se marchó  hacia donde la echaste con tu manera. Allá está, la tienen en el exilio. Y tú nada; con tal de seguir en tus dominios poco te importaba. Ahora, después que la muerte se interesa por tu armazón, tus seguidores que aprendieron a disfrazar la realidad con un collar repleto de perras mentiras, ya aprendieron que los perros no saben de catástrofes, ni las formas de envolver los hemogramas; y viven también, aunque se orinen en medio de las calles. Pero, hasta a lo mejor, reconocen su animalismo y no lo niegan. ¡Ahí está lo grande! ¿Te das cuenta? Raulito, tu amanerado heredero, puede ser hermano del más caballo muerto; en cambio, mira al espejo y sonríe con orgullo al ver su apariencia un poco diferente a la de los cuadrúpedos. Asegura que tú, a pesar de ser sinceramente muerto estás entero para seguir los senderos encarnados. Ya lo creo, con toda esa indumentaria usable para enredarte en el mundo de los inertes y argumentar frases empolvadas, vacías. Estás de verde y rojo, como una cotorra tiesa que ya no puede repetir nombres de barro.

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