HAY MESÍAS PARA RATO

Por Andrés Alburquerque. De la serie Cuba y su paréntesis abierto

CUBA DEMONSTRATIONLos primeros siete anos de revolución se caracterizaron por la agudización intencional de las contradicciones de clase en un país donde las fuerzas políticas, TODAS, habían siempre gravitado en torno a la parte izquierda del escenario político; no se puede decir que Cuba tuviese un verdadero partido de derechas.

Por más que luego los Castro y su maquinaria de cómplices internos y externos, lanzara caprichosamente datos y cifras adulteradas, lo estrictamente cierto es que la nación abandonó un sistema en el que la representación sindical, la seguridad social y los derechos de los trabajadores estaban representados y reconocidos en la ley para adentrarse en una madeja de retórica, demagogia y espejismos tras los cuales se ocultaba la pérdida total de los logros alcanzados en poco más de 50 años de independencia.

Insisto hasta la náusea, que el caso cubano es tan atípico y responde tan poco a la lógica social que para explicarlo y comprender la “ceguera” colectiva no hay otra vía que buscar en los subterráneos y recónditos túneles de una psiquis social enfermiza y vulnerable a los más bajos sentimientos. El empecinamiento de amplios sectores de la población en no aceptar la alternativa democrática y pacífica lograda tras las elecciones del 58 y la inminente salida de Batista del mundo político criollo es una prueba más de que contrario a lo que algunos expertos sostienen los pueblos no se equivocan a veces sino que permanecen continuamente en un gigante e inagotable error del que solo salen por breves periodos de su historia.

Consolidado el poder del régimen e institucionalizado el sistema comunista (aunque en la práctica se trató siempre y se trata aun hoy de una dictadura familiar con netos tintes mafiosos), Fidel Castro se dedicó entonces a cerrar dos nudos importantes: eliminar las pocas libertades que quedaban en el plano intelectual y pasar a su control las escasas y raquíticas actividades económicas privadas que aun existían.

Con este objetivo lanzó la ofensiva revolucionaria de 1968 y años más tarde pronuncio sus “palabras a los intelectuales”. Al llegar el año 1970 se jugaría su última carta con la fracasada zafra de los Diez Millones e iniciaría la década con una neta resignación a someter su voluntad al esquema soviético de estado.

Es necesario reiterar que durante todo este tiempo y hasta finales del periodo se mantuvo la férrea y arbitraria división de las familias cubanas y la falta de comunicación entre el exilio y los “revolucionarios” con un constante renegar por parte de los “quedados” de sus lazos con los “traidores”; por más que hoy nadie parezca recordar esta vergüenza (que es parte del paréntesis abierto) los cubanos en la isla dimos la espalda a nuestros compatriotas exiliados y de hecho los convertimos en el enemigo lanzando contra ellos epítetos tales como “gusanos”, “ciquitrillados”, ‘contra revolucionarios”. De hecho, incluso dentro de la isla, se cometieron imperdonables atrocidades contra los pocos que tenían el decoro de oponerse a la represión y casi ninguno de nosotros levantó su voz para protestar.

El gobierno de La Habana,– que hasta entonces había tratado de mantener una imagen de relativa independencia de Moscú–; tras su apoyo a la invasión de Checoslovaquia que extirpó de raíz la última esperanza de comunismo humano y la paulatina copia del modelo soviético, alienó a los pocos izquierdistas honestos que aun se solidarizaban de algún modo con sus postulados.

Parecía que Castro hubiera emprendido una vía sin retorno, pero los que así pensaron mostraron una vez más su incapacidad de comprender el modo de razonar del ex gánster universitario. Al señor aún le quedaban innumerables sorpresas en su sombrero. No escatimó esfuerzos ni recursos para influenciar en las decisiones de gobiernos como el de los militares del Perú dirigidos por Velazco Alvarado y el de Salvador Allende que con los votos de la Unidad Popular logró llegar a la presidencia de Chile.

Mucho se ha hablado y especulado sobre este tema y la responsabilidad de los gobernantes cubanos en el golpe de estado protagonizado por el general Pinochet y dar una opinión mas no sería sino aumentar la especulación, lo innegable es que la infiltración de agentes cubanos en Chile y la visita de estado de tres semanas realizada por Castro a esa nación andina no pueden haber traído mas que recelo a la cúpula militar de un país que hasta ese momento se destacara por su ejercicio democrático y civismo político.

Hay además algo que todos sabemos y es que a los dictadores de esta clase sirven solo dos tipos de situaciones: la de una alianza en la que sean obedecidos ciegamente o la de una masacre de la cual puedan extraer la mayor cantidad de mártires posibles para enarbolarlos en sus interminables payasadas propagandísticas. Una vez perdido Chile a nada servía Allende exiliado. Lo demás lo saben solo los que estaban en La Moneda esa mañana casi primaveral del 1973. El resultado fue un nombre más al rosario de mártires que usaría el líder cubano en su guerra mediática contra el “Imperio”.

Resulta llamativo que los cubanos aceptáramos el apoyo a la invasión extranjera a Checoslovaquia y sin embargo condenáramos un golpe de estado en Chile que, si bien fue sangriento, se trataba de un problema interno; pero entrada la década de los setenta ya habíamos tirado la “toalla” y permitíamos que el régimen tomara por nosotros hasta las más nimias decisiones.

Resultado de este periodo: Cuba dentro del CAME (caricatura de grupo económico que agrupaba a los países satélites de la URSS); primer congreso del Partido Comunista de Cuba con oficialización del papel de dicha organización como única e incuestionable vanguardia de la sociedad cada vez menos civil que se creaba en la isla, presencia del régimen en cuanto conflicto regional se producía, despliegue de tropas cubanas en África (Angola y Etiopia); deportes a niveles mundiales, instrucción solo para los revolucionarios, mucha represión y cada vez menos alimentos y bienes de consumo en general.

Cuba se volvió Centro de la subversión mundial con un pueblo con estómagos vacios aplaudiendo como autómata cuanta estupidez lanzara el comandante por su boca. De la Cuba de los años 50 no quedaba nada más que edificios en ruinas y la falsa condena a un pasado decididamente más luminoso que el opaco y acre presente de luto y división que con el apoyo de todos el comunismo nos traía a pasos agigantados.

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