Hipocresía festiva

zoe2Tras haber pasado semanas, qué digo, meses, aunque pareciera que transcurrieron siglos, despidiendo, enterrando, o sea, incinerando el cadáver de Mandela, pues ahora toca el turno de las fiestas, ya saben, la Navidad, la San Silvestre, todo lo que yo adoro porque no lo tuve nunca. Claro, comprendo a los que nacieron con la dicha de tener Navidades, y todas las fiestas habidas y por haber, sin que una tiranía se las prohibiera, y que hoy sienten verdadera repugnancia por tanto consumismo e insensatez. Es natural. Nadie sabe lo que tiene hasta que no lo pierde.

Lo peor de las fiestas, desde luego, es la inmensa hipocresía que destilan. En épocas de fiestas hay que ser perdonavidas, fingir que la paz hace milagros y que se puede hacer las paces con los enemigos más acérrimos. Ahí es donde a mí las festividades no me van. Porque no soporto la hipocresía, y mucho menos el sentimiento catolicón de la cosa, del perdón y del blablablá…

De modo que después de haber tenido que meternos a Nelson Mandela hasta en la sopa, sabiendo que no fue de ninguna manera el mejor hombre del mundo como nos lo han querido vender. Que además tampoco fue –como se ha repetido hasta la tontería– el preso que más años estuvo en una cárcel. Porque el preso que más años vivió recluso en una cárcel castrista (que comparada con la casa donde tenían encerrado a Mandela hay una gran diferencia) fueMario Chanes de Armas, 30 años y meses en la cárcel, y plantado, es decir, negado a vestir las ropas del presidio, y renuente a la reeducación castrista. Su hijo nació estando él en la cárcel, y murió estando él en la cárcel, Castro I jamás le dejó salir a conocer a su hijo. Y eso que fue un luchador antibatistiano. Y como Mario Chanes de Armas los hay a puñados en Cuba, sin ir más lejos: Eusebio Peñalver, negro, 28 años de cárcel. Ah, y ninguno de los dos fue terrorista, ni abrazaron la idea del terrorismo como solución en un momento de fragilidad, como sí hizo lo Mandela en su juventud. Recuerden que a su primera esposa Winnie Mandela, sí, la misma que vimos muy compungida en los disímiles velorios y ceremonias, le fascinaba ahorcar blancos, y demás. Pero ya ven ustedes, el mundo ha celebrado la “heroicidad” de personajes como estos, como si malanga.

Aunque, bueno, menos mal, ya pasó el funeral del siglo, que sólo podrá ser superado por el de Castro I. Sin embargo, ya habrán visto que este último se encuentra mejor que nunca, con la salud de un roble, y retratándose con el marroquí profesor de español devenido periodista de Le Monde Diplomatique: Ignacio Ramonet, quien al parecer intenta redactar el segundo volumen de su libro Cien horas con Castro I, con lo que sumarán cien horas más, y vayan ustedes a saber, igual recopila doscientos años de memorias de la vida de este tirano que no se atreve a morirse porque, como él mismo afirma –chistosamente– le daría mucha tristeza dejar sola a su animal de compañía: un galápago que vivirá 200 años, y todavía es un párvulo.

Les prevengo entonces, que el funeral de Mandela, con su folklorismo horroroso y banal, donde se cuela cualquier lunático, asesino, violador o ladrón, y se sitúa junto a Barack Obama a hacer murumacas que nadie entiende, ni los sordomudos, o sea, menos los sordomudos, sólo será superado por el de Castro I; donde seguramente irá Obama a darle un beso en la boca a Castro II, claro, pues ya le estrechó la mano sangrienta a quien predijo en el año 1960 que “su sueño era soltar tres bombas atómicas sobre la ciudad de Nueva York”, sueño que le cumplió Osama ben Laden. Por cierto, Obama con esa tontería de los selfies, se ha convertido en el presidente más sanaco de los Estados Unidos, le ganó a Clinton, que ya es mucho decir. Si Bush se hubiera hecho un selfie de esos con la esposa al lado, tal como vimos de emperrá a Michelle, ya me contarán la que se habría armado mundialmente.

Cuánto gasto, cuánta parafernalia ridícula, cuánta guerra entre familias para cogerse la fortuna de una de las marcas que más registros y ganancias da en el mundo: Mandela. Cuánta fiesta y bailoteo tribal hipócritas para hacer ver lo contrario de lo que se odian entre ellos; total, para nada. El mundo sigue igual en la miseria, en las guerras, en la tristeza más profunda, y la mentira impera. Así somos. Que continúe la rigolade, el relajo, ya veremos a dónde iremos a parar, o no…

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