Insurreción mediática

Por Reynaldo Soto Hernández

trump_pence_ben_garrisonDonald Trump, el candidato a la presidencia de los Estados Unidos por el Partido Republicano en la actual contienda electoral, ha sido tácitamente declarado por casi la mayoría absoluta de la prensa de este país, como el enemigo público número de la nación.

No importa qué Él haga, no importa qué Él diga, no importa cuantos millones de personas hayan puesto en él sus esperanzas seleccionándole como su propuesta para encabezar nuestro gobierno durante los próximos cuatro años, no importa cuantos miles acudan a sus actos políticos; para la prensa, para los periodistas de la izquierda, quienes se consideran a sí mismos como los poseedores del imperio de la verdad y la razón, Él es el enemigo de esta sociedad y por extensión, todos quienes le apoyamos también lo somos.

Contra él y sus seguidores cualquier ataque vale; cualquier golpe bajo, cualquier calumnia, cualquier verdad a medias, cualquier total mentira, cualquier manipulación del sentido de una frase. Él ha sido acusado por la prensa de loco, de fascista, de payaso, de misógino, de traidor, de autócrata, de espía de los rusos, de tirano… y en los últimos días hasta de tener tendencias homicidas por supuestamente estar incitando al asesinato de su rival demócrata.
Esa misma prensa ha calificado a sus seguidores de racistas, de semi analfabetos, de tener un bajo cociente intelectual, de no tener estudios, de comportarse como una manada de vacas que ni siquiera saben lo que quieren, como leí casi textualmente en un diario europeo, escrito por uno de esos “analistas” que parecen saberlo todo sobre todo. Han hasta llegado a divulgar supuestos estudios que “demuestran” que a Trump solo le apoyan los blancos racistas que viven en el campo y “algunos” obreros.

Semejante campaña difamatoria y ofensiva contra un hombre político y contra un sector de la sociedad en el que se reúnen millones de personas de las más disímiles características, en cualquier país con menos estabilidad política y social, o con unos adversarios que realmente fueran tan estúpidos, retrógrados y dados a la violencia política como quieren hacer creer, sería el preludio de una guerra civil. Muchas guerras civiles han estallado a lo largo de la historia en el mundo por mucho menos que eso.

Y en este caso se trata de una verdadera insurreción mediática, de una escalada de agresividad verbal que no cesa. Ni contra Osama Bin Laden, por cuya causa murieron asesinados miles de norteamericanos en diferentes partes del mundo y aun en nuestro propio territorio, fue tan venenosa la retórica. Ni fue tan constante, ni tan extendida.
Causa vergüenza ver que hasta periodistas de prestigio como Carlos Alberto Montaner, por citar solo un caso, de quien muchos admirábamos la mesura, el respeto a la verdad y a determinados principios, y cierto toque de frialdad analítica o desapasionamiento al tratar estos temas, se haya lanzado al ruedo con la misma furia que cualquier Jorge Ramos, por cierto su antiguo consuegro, a hacer campaña en favor de la Clinton, pero sobre todo en contra de Trump. ¿Será tal vez por el dinero que le da CNN, líder de la escalada anti Trump y de la cual emanan una buen parte de las tergiversaciones y mentiras que se publican?

¿Dónde quedan la imparcialidad periodística, la mesura de la expresión, el apego a la objetividad, el respeto por la verdad, el análisis de cada una de las aristas de una personalidad o de una situación política y social? Pero sobre todas las cosas, ¿donde queda la responsabilidad de expresión, esa gran olvidada de estos días?

El principal papel de la prensa en nuestras sociedades es informar y cuando esto se hace sin parcialidad y sin mentiras, y solo entonces, lo medios de comunicación masiva ganan el derecho a convertirse además en la conciencia crítica de la sociedad. Ese respeto lo han perdido ya, o nunca lo tuvieron, estos medios de prensa norteamericanos que en mayoría vergonzosa tratan de ignorar la inteligencia de las personas a quienes se dirigen, atacando a un candidato a la presidencia con todo cuanto encuentran, sin importarles qué tan serio u objetivo sea, entre tanto echan un velo de coplicidad sobre todo lo malo que haya podido hacer su contrincante.

Esa no es la mejor manera de generar una opinión pública razonable, responsable, y consciente de los enormes retos que tienen ante sí las sociedades modernas, que o buscan un equilibrio entre todos los sectores que la integran o se destruyen. Es tal vez por eso que como sociedad cada día les respetamos menos y cada día les prestamos menos atención, entregándonos al intercambio incesante y creciente de información e ideas en que se han constituido los medios sociales, con todos los problemas que estas tengan, porque a la postre a la gente parece interesarle más leer al imbécil sin grandes pretensiones del pueblo en Facebook, que al imbécil con pretensiones de CNN, o NBC o El País.

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