José Martí: LA OFRENDA DEL HOMBRE TOTAL

Por Juan Efe Noya. Crónica por el aniversario 121 de la caida en combate del Héroe Nacional de Cuba 

 jose martiTampa, EE UU– Antes de entrar el sol con sus cadencias diarias y mientras otros descansaban su deber combativo, había alguien lleno de recuerdos. Era preciso verle como rumiaba comentarios entre sus sueños mordidos por el tiempo; nadie se atrevía a decirle que no les interesaba saber las ecuaciones del dolor, porque bastaba con mirar el semblante del vecino para encontrar un sufrimiento simultáneo colgado como un viejo sombrero a los acontecimientos.

Cuando todo cambiaba de tonos y la luz comenzó a intensificarse contra la copa de los árboles, en ese instante de la concentración absoluta, apareció el silencio con su densidad amenazante. Todos estaban cansados, llenos de nostalgias y atrevidamente ebrios de dignidad. Unos recibieron el mensaje de la naturaleza como un calmante para sus cuerpos agotados por los asuntos de la lucha, otros no supieron si la realidad se transformaba en un instante decisivo.

Algunos se sentaron desordenadamente y se dispusieron a calmar el pensamiento con la reserva de lo que habían sido. Así estuvieron, mientras que allá, en la cima de la montaña que se escondía tras las nubes, se alzaba la silueta inocente de la libertad. Se le veía triste y llena de hematomas inesperados, los cuales demostraban que las actividades del opresor aplicaban defunciones en todas sus posibles consecuencias. Por un golpe de suerte ella había podido escapar, pero no era posible hacerlo con su propio semblante, porque le reconocerían al instante y entonces no podía ejercer su razón de ser. Tenía que modificar su apariencia; por eso la libertad se alzaba sobre la montaña del gesto y le inspiraba a todos un dolor culpable por no socorrerla a tiempo y evitar que se le maltratara de ese modo. Sin embargo, otros no querían mirarla, quizás por prudencia o debido a que el ademán de ella pudiera provocar sentimientos capaces de despertar el ser digno que vive en cada cuerpo y, por esa razón tendrían que dejar su inercia para ir a investigar la manera de morirse a borbotones por defender la dignidad de una libertad harapienta, adolorida y desmemoriada que se enfrentaba a todos con su indumentaria de esquemas rotos. Nadie supo si el lugar pertenecía a un espacio definido.

De todos modos, la libertad indefensa reclamaba las actividades de sus mejores hijos. Alguien que pertenecía al grupo de los invariables se atrevió a mirarle y nunca estuvo más cerca de la perfección que en esa tarde de sol campestre. Se irguió y fue hacia la imagen triste que reclamaba el concurso de las fuerzas humanas para establecer en ella los acontecimientos dignos. El hombre alzó su magnífica intención de hablar, pero se detuvo, ocupó sus mandíbulas en triturar un bocado de acontecimientos y se volvió a sentar. Fue como si los demás se hubieran arrepentido de haber sido inconmovibles. Se irguieron repentinamente y tomaron al que había amenazado con ser líder. Fueron a la ladera de la montaña del gesto y allí se escenificó la Ofrenda del Hombre Total.
Dicen que él sonreía abiertamente de cara al sol cuando la consecuencia humana lo empujó hacia la muerte. Nada podía oponerse entre él y la silueta que lo había mirado tan tiernamente. A ella se debía desde mucho antes, o quizás desde siempre, porque ese hombre era la emanación de su propio pueblo, por el cual había adquirido apariencia apostólica, sencilla, compartible. Observó a todos con detenimiento; tenía caramelos en la mirada y se atrevió a sonreír nuevamente mientras que los demás ofrecían la grandeza de su imagen a la silueta triste de la libertad maltrecha. Fue entonces como si los colores amenazaran. Se abrió un camino de luces inesperadas. Cantó la tarde de sol intenso y el espacio superior se abrió como una rosa múltiple.

-Para mí ya es hora, -dijo el Hombre Total y la luz se intensificó como si todo hubiera sido previsto.

Lo intenso no tiene aristas; por eso la llanura se encargó de recoger aquella sangre digna que se había derramado para ofrecer lo más alto del alma decidida y la vertió en la corriente de los dos ríos cercanos.

Si todo no fuera así; si aquel hombre nunca hubiera sido destinado a admitir su ofrenda decidida, los rumbos serían diferentes. La patria habría adquirido tintes de hermosura. Existirían sonrisas en cada espacio y la libertad hecha silueta volvería a su sitio para reproducir la consecuencia de sus actos. Pero desgraciadamente murió el progreso con el deceso del Hombre Total y la libertad se quedó a medias. Su mayor defensor se había ido y tenían que situar el futuro en los hombros de quienes sacrificaron al Hombre Total. ¡Qué pena! Hubiera sido mejor conservarlo como una joya rara y digna para decorar horizontes venideros; pero la torpeza de los seres inconclusos lo lanzaron hacia donde no debía haber ido. De todos modos, al irse el Hombre Total fue preciso quedarse con la patria irredenta y llena de escollos donde la libertad seguía silenciosamente triste sobre la montaña del gesto.

Pie de foto:  Impresionismo surrealista por la muerte de José Martí.

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