JOSÉ MARTÍ Y EL FRACASO DEL PROYECTO LIBERTARIO DE CUBA

Por Faisel Iglesias

gomezPoco tiempo después del Pacto del Zanjón – que más que paz fue encono, según José Martí -, cuando los cubanos debimos hacer una valoración crítica de la guerra en el propio escenario de los sacrificios supremos, el Capitán General Martínez Campos (“El Pacificador”), descubrió una transitoria válvula de escape a la crisis; el puente de plata para los adversarios políticos; el exilio.

José Martí, entonces futuro líder de la independencia y de la espiritualidad de la nación, la figura más relevante del periodo de transición del modernismo, que en América también significó la llegada de nuevos ideales artísticos, a quien Rubén Darío llamaba Maestro, apenas un niño en tiempos de la Guerra Grande, mientras más de doscientos cincuenta mil cubanos entregaron la vida a la causa por la independencia, periodo en que no había podido hacer más que tirarle una cáscara de naranja a un soldado español, por lo que había ido a la cárcel y escrito allí bellos versos y estremecedores relatos, andaba por el mundo cargado de nostalgia, soñando la patria – vivir por Cuba en cuerpo y alma no es lo mismo que sobrevivir en Cuba en carne viva! – con la fuerza de un creador divino, se lanzó, cargado de ideales a entrelazar las ramas de los pinos nuevos[1] con los viejos robles a fin de hacer la que él llamara “la guerra necesaria” por la independencia de Cuba.
Cuando Martí llegó a Estados Unidos se impresionó con el desarrollo económico y el sistema político existentes. No hacía mucho que Edison había brindado una nueva luz al mundo con su lámpara eléctrica; Graham Bell había conseguido trasmitir la voz humana a través del espacio y de los mares. Sus habitantes eran hombres de diferentes razas, religiones, naciones, pero todos tenían un espíritu común vertebrado por un documento trascendental: la constitución norteamericana. “En The Hour de Nueva York, del 10 de julio de 1880, expreso: “Estoy, al fin, en un país donde cada uno parece ser su propio dueño. Se puede respirar libremente, por ser aquí la libertad fundamento, escudo, esencia de la vida […] Nunca sentí sorpresa en ningún país del mundo que visité. Aquí quedé sorprendido […]”[2]

Martí vivió la mayor parte de su vida en New York, en momentos que la ciudad conformaba una nueva visión de sociabilidad, de vida en común, donde el individuo era el protagonista, y a partir de su plenitud, su trascendencia. Fue el periodo más fecundo de su existencia. Allí José Martí escribió: “Haremos los cubanos una revolución por el derecho, por la persona del hombre y su derecho total, que es lo único que justifica el sacrificio a que se convida a todo un pueblo.”[3] “O la república tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio íntegro de sí y el respeto, como de honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás; la pasión, en fin, por el decoro del hombre, – o la república no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos. Para verdades trabajamos, y no para sueños”[4] …“Que cada opinión esté representada en el gobierno… que no se vea obligada a ser la oposición … ni influir en el gobierno como enemiga obligada, y por residencia, sino de cerca, con su opinión diaria, y por derecho reconocido. Garantía para todos. Poder para todos.”[5]
Máximo Gómez, Generalísimo en Jefe del Ejercito Libertador, sin embargo, cree en la centralización del poder, sin que tenga cabida ninguna institución civil: “Acaso se puede citar una revolución en el mundo que no tenga un dictador”, exclamaba. “Martí, limítese Ud. a lo que digan las instrucciones, y lo demás, el general Maceo (Su Lugarteniente) hará lo que debe hacerse”, le ordenó al Delegado, cuando lo comisionó a procurar el apoyo del Presidente de México.

Antonio Maceo, ya en campaña, procuró mantener alejada la tropa del verbo elocuente del que ya los soldados revolucionarios, reconocían como “El Presidente”, con el propósito de que no fueran convencidos por la lengua liberal del “Capitán Araña”, como despectivamente llamaban los caudillos al líder liberal.

José Martí, consiente de “que la tiranía es una misma en sus variables formas”[6], que el Gobierno debe ser la mayor reflexión sobre la imperfecta naturaleza humana”[7], viendo el sable en el puño de los militares y las órdenes brotando, como fallos inapelables, de sus discursos políticos, le había escrito a Máximo Gómez: “No se funda, General, un pueblo como se manda un campamento”[8]. Y más adelante escribió: “Gobierno no es, sino la dirección de las fuerzas nacionales de manera que la persona humana pueda cumplir dignamente sus fines.”[9] Y el 5 de mayo de 1895, catorce días antes de caer en combate dijo en tono herido al ver cómo Gómez y Maceo hablaban a solas, bajito, a sus espaldas: “va a caer la noche sobre Cuba”[10]

“Juntarse es la palabra de orden.” exhortó José Martí a los patriotas cubanos cuando los estaba convocando a la guerra de 1895. Juntarse es acercarse, arrimarse, acompañarse de alguien en el andar… Permite en consecuencia la autonomía de cada elemento. Por eso, el Partido Revolucionario Cubano, que fundara para organizar la “guerra necesaria”, estaba constituido por “clubes independientes.” Sin embargo, históricamente los lideres cubanos, desde Gómez y Mace hasta Fidel Castro, han interpretado la palabra “juntarse” del Maestro de modo restrictivo, significando solo una de sus acepciones: “unidad”. Según la real Academia de la Lengua Española, unidad significa propiedad de todo ser, en virtud de la cual no se puede dividirse. Singularidad en número. Conformidad en la que solo hay un asunto. Lazo de unión en todo lo que ocurre. En consecuencia el “juntarse” de José Martí, no es la “unidad” que procuran y que tan bien le ha convenido a los sucesivos dictadores de la Perla de las Antillas. La unidad que han procurado los revolucionarios cubanos no nos ha permitido alcanzar el proyecto libertario de José Martí. Significativamente los Padres Fundadores de la Constitución Norteamericana defendieron la diversidad y el derecho de las minorías a ser tratados igual y triunfaron. Martí creyó que la guerra era la paz del futuro. Desde el exilio veía la independencia de Cuba como el objetivo inmediato y los sacrificios de la guerra como un proceso de purificación, donde todas las miserias y conceptos equivocados serian sanadas. La unidad política de todos los elementos ignora el peligro de que cuando la “unidad” adquiere forma de gobierno, al presuponer un mando centralizado, obediencia ciega, el sometimiento a la idea única, limita contornos, fija posiciones dogmáticas, no admite discrepancias y, a fin de cuentas, elimina la palabra libertad, el respeto a la diversidad y a las minorías.
La diversidad, por el contrario jamás define bordes, no completa las ideas, para siempre volver a ellas con nuevos bríos, porque es de pensamiento abierto. El respeto a las minoría significa darle a un elemento el valor del todo, oponerse a la dictadura de la mayoría, porque el bien supremo es la persona humana, su dignidad, su plenitud, no la el poder. De ahí el hecho trascendente de que los funcionarios publico en Norteamérica sean considerados meros “servidores públicos”, mientras en los países de la que Martí llamara Nuestra América, se les identifica con el “ejercicio del poder”

José Martí tenía un ideal, pero no tenía un sistema filosófico. Tener un ideario no significa tener un sistema de pensamiento, una clara concepción del estado y el derecho para una Cuba futura. Le faltó, además, el marco apropiado: un “pacto social”, propio de la Era Moderna, que se erigiera en asamblea constituyente para delinear y consagrar una clara concepción del estado y del derecho donde se consagraran, como ley primera, los derechos fundamentales del ciudadano y se establecieran las competencias de los órganos de gobierno, como si lo pudo hacer Ignacio Agramonte en Guáimaro. Y, en su defecto, se encontró en La Mejorana con un Máximo Gómez y un Antonio Maceo que pretendía un mando vertical a la revolución que andando el tiempo ha devenido en sucesivos gobiernos dictatoriales.
El día 16 de agosto de 2015, a la salida del Encuentro Nacional Cubano, en San Juan, Puerto Rico, donde la oposición interna al castrismo y el exilio se reunieron para trazar estrategia de luchas para el futuro, el joven escritor Orlando Luis Pardo Lazo, conociendo el borrador de esta obra me escribió:

“La historiadora Marial Iglesias se refiere a “[l]as múltiples y a menudo contrapuestas interpretaciones acumuladas a lo largo de casi cien años de esfuerzos hermenéuticos,” cuya sedimentación creó “la muralla infranqueable que separa al Martí autor/actor del lector/receptor de estos tiempos.”

“La imposibilidad de leer a Martí se origina entonces, primero que todo, en las diversas y contrapuestas lecturas de sus intérpretes. Santí pone el énfasis en la obra; Marial Iglesias en los lectores, invirtiendo así análisis del primero: la producción hermenéutica ha creado tantos Martí que ha vuelto imposible comprenderlo a cabalidad. O dicho de otra manera: la multiplicación de los lectores, y por supuesto de las lecturas, han alejado a Martí, volviéndolo inaccesible. Con lo cual la crítica crea su propia encerrona. Notemos que es solo después que la falta les es imputada a los lectores que aparece para ella el segundo problema, el que había comentado Santí:

Si se intenta salvar este obstáculo escapando de esa intrincada maraña discursiva al situarse en el contexto interior de la propia obra martiana, hay que enfrentar entonces una gran masa de textos de muy difícil temática y factura, unidos entre sí por un estilo esplendoroso, pero a menudo oscuro, lleno de metáforas crípticas, donde las fronteras de la prosa y la poesía se confunden. Haciendo política también con poesía, sus discursos y artículos políticos están plagados de metáforas tan vívidas y complejas que es casi una quimera dar con la clave última de su verbo (“José Martí”)”.

Y, horas después recibía otro email de Pardo Lazo:
Hermano: ¿Conoces este libro del cubano Francisco Morán sobre una relectura radical de Martí?:

“En un artículo publicado en la revista Vuelta en 1986 Enrico Mario Santí mencionaba “el carácter ambiguo, literario y, por tanto, abierto, de la prosa de Martí,” y lo que según él, “explica, al menos en parte, el por qué su obra se lee, entre nosotros, un poco como la Biblia: es todo para todos. Fijémonos en que ese carácter ambiguo y literario parece clausurar las posibilidades de arribar a cualquier lectura conclusiva del texto martiano. El ejemplo de los Estados Unidos es revelador porque trae a la palestra el problema de los debates en torno a Martí: se lo usa como arma para atacar y defender a la nación norteamericana. Aquello que cierra las posibilidades interpretativas, las mantiene abiertas.”

De modo que, una de las grandes virtudes de José Martí, paradójicamente puede haber sido una de las causas del fracaso de su proyecto libertario; su lenguaje poético. Es decir, el discurso político de José Martí está cargado de metáforas. Y la metáfora ilumina el camino, pero no hace el sendero.
La historia cubana del desatino no comenzó, como ye hemos expresado, con José Martí. En Guáimaro, constituyente de la República en Armas, se procuró una forma de gobierno que en realidad era una copia de las instituciones europeas y norteamericanas, que no se ajustaban a las necesidades de un país donde el estado no surgió como un medio para organizar mejor la cosa pública, sino como instrumento de saqueo y dominación foránea. Lograda la independencia, la Constituyente de 1902, se realizó bajo la ocupación norteamericana. Solo en 1940 se procuró una concepción del estado y el derecho con instituciones autóctonas, como el Tribunal de Cuentas, para combatir la corrupción, pero que en realidad fue letra muerta, entre otras cosas, porque convertía en norma, en dogma lo que debían ser principios constitucionales, por la rigidez de un cuerpo legal que reflejaba instituciones propias de una ley orgánica, en vez de consagrar la flexibilidad, capaz de someterse a sucesivas interpretaciones históricas, como corresponde a una carta magna.

En consecuencia, se acumularon los conflictos sociales y en 1952 el dictador Fulgencio Batista rompió la institucionalidad con el golpe de estado del 10 de marzo. Por último el castrismo, copiando la concepción soviética del estado y del derecho, hizo consagrar una mal llamada constitución que en su Artículo 5 abdica su condición de ley suprema a favor del Partido Comunista (por tanto ya no es ley suprema y científicamente no es una constitución), lo que ha hecho que el estado, gobierno y sociedad sea dirigido por una doctrina que se ha creído la verdad del mundo.

Así las cosas, ni los revolucionarios, ni los políticos, ni los estadistas cubanos nunca han tenido una concepción autóctona de lo que debería ser el estado y el derecho cubanos. Este déficit de originalidad en el discurso histórico cubano, no solo se observa en cuanto a la concepción del estado y el derecho. Alexis Jardines, en su obra Filosofía Cubana in nuce, expresa:
“A pesar de que la versión oficial, presupone sin más, la existencia de un pensamiento filosófico bien definido, con su tradición, su historia y su originalidad, los historiadores de las ideas son muy cuidadosos a la hora de hablar de “filosofía cubana”. Siguiendo a Medardo Vitier, la expresión habitual en estos casos es “la filosofía en Cuba.” Lo cual denota la estancia de la Filosofía entre nosotros. Si exceptuamos algún que otro artículo menor, como el de Waldo Ross – y puede verificarse el dato – todas las obras de historia de las ideas en Cuba que se centran en el tema de la filosofía cubana evitan, en sus títulos, el reconocimiento tácito de una filosofía cubana (a pesar de que no dudan en admitir su existencia toda vez que pasan al desenvolvimiento del contenido). La utilización del giro “la filosofía en Cuba” en vez de “la filosofía cubana” hace patente que de lo que se trata en realidad es de la recepción de la filosofía en Cuba y nunca de una filosofía autóctona”… “de una filosofía cubana, en rigor, solo puede hablarse hacia la década de los 40 – 50 del siglo XX, justo el periodo más olvidado y subvalorado por nuestra historia filosófica”.[11]

Por tanto Cuba necesita, de cara al siglo XXI, un discurso ideo estético autóctono. Instituciones y aptitud intelectual que nos permita viabilizar la plenitud de cada ciudadano en particular ni de la sociedad en general. Es necesario estar a las alturas de la circunstancias. Ese es el reto para el siglo XXI.

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