La abrogación de la reforma educativa en México o la fusión de fusibles del fanatismo

Por Marco Levario Turcott. Director del Periódico Etcétera

Marco-Levario-TurcottMe gusta anotar cuando se funden los fusibles del fanatismo, porque (me parece que) exhibir sus limitaciones contribuye a mejorar la calidad de nuestro intercambio público. Todos o casi recordamos aquella militancia enfebrecida que demandó junto con la CNTE la abrogación de la reforma educativa que además, se emparentó con su opuesto en el discurso incendiario, o sea, los defensores a toda costa del principio de autoridad, y promotores de la intervención de la fuerza pública.

La militancia apoyadora de los maestros disidentes quemó en la hoguera digital a quienes no aceptaran que la ley fuera derogada sino reformada, y por ello los acusó de apoyar el destino definido para el país por la mafia del poder, el Fondo Monetario Internacional y cualquier otra fuerza oscura. Muchos de ellos son simpatizantes de Andrés Manuel López Obrador y el dato es interesante porque desde ayer, cuando el líder de Morena sostuvo que la reforma no debe ser abrogada además de que, por el bien de México, con el Gobierno federal no debe jugarse a las vencidas, a esos militantes de pronto se les aplacó la fiebre (pum) y como si fueran un can dócil acatan en silencio las directrices del amo.

En el otro extremo del fanatismo también hace aire. Las hordas defensoras del oficialismo y cuestionadoras de todo aquello a lo que llaman “chairo” han callado frente a la muy plausible (en mi opinión) ruta en favor del diálogo planteada por el gobierno federal que así desechó el enfrentamiento y apostó por una ruta negociada. Pero su silencio es mayor cuando registran las posturas del dirigente de Morena pues, siendo sensatos, tiene razón: querer derogar esa reforma implica la claudicación del gobierno. Esta óptica extrema se encuentra desconcertada: no puede decir que Andrés Manuel López Obrador se equivoca pero tampoco puede (no está en su naturaleza) reconocer que, al menos esta vez, el político tabasqueño acierta. Lo más que acuña, y lo hace así como refunfuñando, es que el dirigente de Morena está calculando o miente. Los fusibles no les dan para comprender que la política también es cálculo y que si López Obrador está calculando, lo está haciendo bien, y que una postura así le conviene sin duda al país (más allá de que a él también le convenga, desde luego); si el tabasqueño está mintiendo, el costo político será alto para sus pretensiones presidenciales. Es como si dejara de presentar su tres de tres, a lo que él se comprometió ayer mismo (quienes criticamos que no lo hiciera antes, tenemos la obligación ética de reconocerlo cuando lo haga).

Ambos extremos no han podido digerir este lapso venturoso de la política, que no comprende la descalificación ni el insulto al otro sino que más bien a partir del reconocimiento del otro es que intenta construir. Esa es la labor intelectual más difícil (y para mí apasionante): construir con lo que la contraparte sostiene.

Considero que vale la pena tratar de evitar un equívoco: menospreciar las actitudes extremas no implica situarse en una supuesta aunque imposible zona de neutralidad. No, el rechazo de las posturas irreconciliables es una postura política: implica rechazar la violencia como forma de dirimir posturas distintas e incluso contrapuestas e intenta contribuir siempre mediante la delimitación de puentes de entendimiento.

Señoras y señores, esa postura en favor del diálogo y de cambios en el modelo educativo va ganando, al menos hoy, a esta hora, que se han alejado las nubes de la confrontación (y ya sé que el fanatismo no aplaude). Es decir, la postura reformista que siempre se deslinda del todo o nada, ha dado un paso grande y eso me tiene contento.

 

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