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Published On: Dom, Sep 10th, 2017

La ceguera de Liborio tras el paso del Huracán Irma

Por Ramón Muñoz Yanes

Islas Canarias– Basta con mirar las imágenes del malecón habanero tras el paso del huracán Irma y la ciudad permite una radiografía acertada, de casi sesenta años de dictadura. La que otrora fue una ciudad próspera de ciudadanos cultos, con un nivel adquisitivo muy similar al estadounidense, se muestra hoy en la más absoluta desnudez moral y económica.

La Habana rivaliza hoy con Puerto Príncipe en toda regla, la tradicional favela brasileña se adueñó no sólo de las márgenes de la urbe sino que se alza desde el subsuelo, en repartos antaño de clase media alta, como el litoral habanero desde el Morro hasta el Vedado. El triunfo absoluto de la vulgaridad sobre el civismo, la ciudad dónde los abuelos presumían a viva voz, que nunca habían pisado una estación de policía a modo de orgulloso aval, es hoy un antro dominado por la delincuencia y la prostitución.

Solares a diestra y siniestra dónde antes existían decorosas viviendas, edificios apuntalados perfumados con la orina y heces de alcantarillados descuidados, agua común pecera de parásitos diversos y el talante marginal dueño de más de un 90% de su población.

Siento nostalgia de una Habana fallecida, asco y vergüenza de la que hoy florece contaminada por la ideología del fracaso. El mar que la penetra como falo ávido de venganza no me impresiona, ese mar viene con partículas de los ahogados en el intento de abandonar la barbarie, del hambre de nuestras familias, el rugido de las olas a veces se confunde con los gritos de los niños masacrados en el remolcador 13 de Marzo, con el último estertor de la madre de Elián. Es la Habana putrefacta, la del asco.

Un día, un segundo cualquiera comenzará la barbarie, la masacre inversa, poco a poco se alzará otra vez algún que otro machete sobre el vecino delator, las piedras de los tejados buscarán policías, las turbas arrastrarán cómplices, porque si algo no deja de ser cíclico en la historia es que habitualmente, la libertad echa raíces en los pantanos más fétidos.

El sátrapa y su familia lo pagarán.
R.Muñoz.

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