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Published On: Sab, Ene 25th, 2014

LA EMBAJADA DEL PERÚ

Enrique Meitín (Cuento)

embajadaEra sábado, una mañana soleada y fresca, como la mayoría en el mes primaveral de abril en nuestra bendita tierra. Norma esperaba a Orquídea en la cafetería, a los bajos de su casa, donde solía acudir de vez en cuando, sobre todo los fines de semana, días en que ni su madre ni ella preparaban algo que desayunar. Al sentarse en una de las mesas, en el lateral del Restaurante, notó rápidamente que algo raro estaba en el ambiente.

Un cuchicheo constante tenía lugar entre los empleados, lo que impidió que la atendieran con la rapidez acostumbrada. Miró a su alrededor y notó de igual forma que no sólo entre los camareros sino también entre las personas que estaban sentados en las distintas mesas de la cafetería se rumoraba algo… sin dudas algo pasaba, estaba segura que era referente al gobierno, pues se cuidaban de que nadie pudiera oírlos. Ante la pregunta de ella a un comensal, sobre lo que pasaba, este le aclaró que lo que estaban diciendo era que una guagua llena de gente se había metido en una embajada en Miramar…

—A tiro limpio, mataron a uno y los que entraron pidieron asilo. Expresó otro sentado a su lado.

De pronto llegó apresuradamente a la cafetería un joven que miró hacia todos lados como si revisara las caras de los allí reunidos y haciendo uso de nuestra más relevante característica, la gritería…. gritó sin inmutarse. Para que se sepa y se comente… hay una cantidad de gente del “carajo”, que está entrando en la Embajada del Perú… dicen que el “caballo” (refiriéndose a Castro) quitó a los guardias de allí porque algunos entraron a la fuerza… hubo tiroteo y todo, pero la gente se está yendo “pa’lla”…

En realidad lo que había ocurrido era que un pequeño grupo de doce cubanos en un ómnibus habían penetrado violentamente en el recinto diplomático del Perú, para solicitar protección del embajador y que la custodia de la Embajada —de la policía cubana—, a fin de impedirlo dispararon con ráfagas de metralleta y una de las balas rebotó y mató a uno de los guardias. Acción que el gobierno, como siempre, no tardó en variar a su favor enfatizando públicamente y a través de la prensa escrita que los asaltantes habían cometido un asesinato, lo que se comprobaría más tarde que no era cierto, pues el grupo no contaba con armas de fuego, que había sido un accidente.

Tras la negociación por parte del Gobierno de Cuba y el embajador de Perú, al que se le solicitaba la devolución de los “delincuentes” y ante la negativa de este. Castro con la intención de amedrentar al pueblo cubano, en un arranque de ira, y de marcada autosuficiencia, retiró a todos los guardias del MININT que hasta entonces custodiaban permanentemente las embajadas extranjeras. Según él, no le importaba mucho que algunos “elementos antisociales” o “escorias” como comenzó a llamarles, se fueran para siempre de Cuba. Una vez más se equivocaba pues cientos de personas acudieron por todos los medios, primeros procedentes de la propia capital y luego, casi, de toda la Isla en busca de refugiarse ellos también, en la mencionada sede diplomática.

En el momento en que aquel joven gritaba lo ocurrido, por la otra entrada de la cafetería llegaba Orquídea, quien al enterarse de lo acontecido había tomado la decisión que pasara lo que pasara correría la misma suerte que los que habían penetrado en la Embajada. Se uniría a ello o moriría en el intento, y estaba segura de que su amiga, como mujer acostumbrada también a tomar decisiones extremas como ella, la seguiría. Norma al verla llegar en busca de ella, mostrándose algo inquieta por el estado en que su amiga se presentaba. . .

— ¿Qué pasa? Cuéntame… tú debes saber, pues vienes de la calle. Le arrojó Norma sin saludar siquiera Orquídea con un beso como era habitual en ellas.

—Que, que pasa, no lo oíste… que me parece que ya se comenzó a joder esto, y yo no me voy a perder la oportunidad de largarme… es una posibilidad “extrema” pero me arriesgaré… ahora si me gané la salida ¡Vámonos ya de esta mierda!… embúllate, ven conmigo… sube y recoge lo necesario, que ya yo tengo lo mío aquí. Mientras le indicaba su bolso. ¡Vámonos!

Al notar que la amiga vacilaba la increpó ¿No decías que estabas harta de todo esto? Pues es el momento… decídete, es nuestra única oportunidad de largarnos…

—¡Tú estás loca! Cómo le voy a decir a mi madre que me voy… antes me mata…

—¡Yo no sé qué coño vas a hacer!  Ni que le vas a decir…. pero te doy dos minutos para que subas y hables con ella… si no, yo me voy sola para la Embajada…

Norma sorprendida por lo que estaba ocurriendo y por la decisión que debía tomar en ese momento, discutió con su amiga, pero como ya con anterioridad habían hablado de aprovechar cualquier posibilidad por “extrema” que fuera —incluso escapar en una balsa—, para irse de una vez por todas de Cuba, no perdió un instante y subió de inmediato las escaleras del edificio para enfrentar a su madre y recoger algunas cosas. Al inicio le pareció muy sencillo decirle lo que pretendía hacer, pero al estar frente a ella todo cambio… no sabía cómo explicarle el motivo de su entrada precipitada en el apartamento.

Sintió que las orejas le ardían y se le hacía un nudo en la garganta. Se cambió de ropa como pudo y echó en un bolso de mano algunas cosas, y a pesar que la sofocación que sentía la agitaba y le mermaba la respiración, por fin se decidió a decirle a su madre lo que se proponía, esta al parecer lo estaba esperando… sentía que algo más poderoso que ella la hacía temblar desde lo más profundo de su ser, al presentir lo inevitable. Norma respiró profundo y sin esperar respuesta alguna por parte de su madre, pues no pensaba discutir, se decidió… tomó un ómnibus, y con cuarenta personas más se dirigieron a un mismo lugar.

Una emoción sin precedentes corría por sus cuerpos. En cuestión de horas la Embajada del Perú localizada en la Quinta Avenida de la barriada de Miramar en la capital de Cuba, absorbía en su pequeño territorio a más de diez mil cubanos. Se encontraban hacinados en el lugar, donde, incluso muchos de ellos estaban subidos en los árboles, encaramados en la azotea del edificio, o diseminados por los jardines que habían marcado y convertido las pequeñas áreas en las que pudieron cobijarse en sus defendibles cotos personales.

A pesar de que no contaban con alimentos, salvo los que trajeron algunos de ellos, ni medio sanitario alguno, ya que los que existían resultaban insuficientes para la gran cantidad de refugiados que allí se reunieron, supieron crecerse antes las dificultades del momento y mostrar con esa “inesperada” e airada protesta que lanzaban al mundo entero, su inconformidad con el régimen, unido a su in claudicante decisión de ser libre o perecer en el intento…

 

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