LA EMBAJADA NORTEAMERICANA EN CUBA Y EL HIMNO NACIONAL CUBANO

Por Juan Efe Noya

bayaSi yo fuera el hermano de quien no soy, pudiera decir simplemente  que la aplicación de la embajada norteamericana en Cuba fue un desastre arbitrario para el futuro de las ambas naciones, pero la realidad periodística no necesita trapos calientes. Nuestra tinta es efecto de lo que a veces ciertas personas prefieren no saber.

La prensa carmesí emprendió elogios para justificar la asistencia cuando el Secretario de los Estados Unidos de América John Kerry se refirió que no podía invitar a los opositores castristas porque el espacio de la embajada norteamericana en La Habana era muy limitado. Por esa razón indecorosa reducía el trabajo de los opositores al invitarlos a la residencia del embajador norteamericano Jeffrey DeLaurentis.

De acuerdo con los perímetros el domicilio resulta ser más pequeño que el edificio diplomático. ¿Qué pretendía el Secretario John Kerry? ¿Las filas de los opositores serían tantas que pudieran crear dificultades para el sistema castrista?  De todas maneras, al actuar con sus trucos maquiavélicos eliminó el posible caos. Por eso recurrió a la ansiedad de poder que predomina entre los disidentes de Castro. Sin pensarlo detenidamente asistieron a la casa culpable para congraciarse entre fotos y charlas. En el recinto de la infamia asistieron Héctor Maseda, Marta Beatriz Roque, Oscar Elías Biscet, Elsa Morejón, José Daniel Ferrer, Yoani Sánchez, Reinaldo Escobar, Miriam Leiva, Manuel Cuesta Morúa y Dagoberto Valdés quienes no permitieron que el agua patriótica subiera a las rodillas del acto extraoficial porque ni quisieron referirse directamente a Castro y Obama que destruyen la libertad.

¿Qué pensaba el gran opositor Oscar Biscet? Kerry es una combinación del castrobamismo y de ninguna manera se mostraría prudente con los enemigos del sistema comunista.

Biscet siempre recurre a su tradición cubana cuando es tiempo para destacar la libertad y los derechos humanos. En cambio, dejar en el tintero la razón de ser, es un breve desatino o una evidente culpabilidad. Ni aprovechó el momento para demostrar que la traición de Barack Obama y su Gabinete se multiplica en Cuba para brindarle a la tiranía una soga salvadora.

Decidieron no acudir a la cita Berta Soler, líder de las Damas de Blanco y Antonio González Rodiles, director del foro crítico Estado de Sats.

Jorge Luís García Pérez Antúnez, opositor cubano que rechaza el acuerdo entre Barack Obama y Raúl Castro, no fue invitado a la visita.

El Secretario de Estado decía con una sencillez de tomarse un sorbo de agua: “No hay ninguna manera de que el congreso estadounidense vaya a levantar el embargo si los cubanos no se mueven respecto a temas de conciencia”.

Pensé que había escuchado mal a esa hora del mediodía mientras prefiero calmarme tras el almuerzo. ¡Pero no! La trampa sucia de Kerry llegaba a su mayor exponente al tratar de comparar dos asuntos exactamente opuestos. No quise seguir presenciando tanto desastre y traté de cabecear entre somnolencias y noticias, pero de repente me llegó el recuerdo del insigne Pedro “Perucho” Figueredo quien había nacido el 18 de febrero del año 1818 en la ciudad de Bayamo, Cuba. Estudió leyes, literatura y música. Su dedicación total a la libertad de su nación se demostraba plenamente en sus palabras y acciones cuando el imperio español destruía el ansia independentista del cubano.

Una tarde de agosto Figueredo no pudo contener los trabajos musicales que había creado para su pueblo y mediante su piano interpretó lo que sería La Bayamesa.

Diez meses después, ante la presencia de altas personalidades del gobierno colonial español, se escucharon de repente unas notas de un himno que cautivaban a los fieles de la localidad concentrados en la Misa de la Iglesia Mayor de Bayamo.

Las autoridades se dan cuenta que se trataba de un himno guerrero y el gobernador militar de la plaza, coronel Julián Udaeta, le dice a Perucho que la marcha no tenía aspecto religioso, sino un matiz de guerra. El valiente compositor no se detiene ante la aspereza del oficial y le recalca: “Usted no puede determinar que éste sea un canto de guerra puesto que no es músico”. La melodía se popularizó entre el pueblo. La grandeza del gran creador del Himno Nacional Cubano lo convirtió en prisionero de los españoles. El 12 de agosto de 1870, cuando se encontraba convaleciente de fiebre tifoidea, fue conducido a Santiago de Cuba y cinco días más tarde, mientras la tiranía emprendía su  fusilamiento, alzó el rostro y pudo entonar su himno hasta el último verso de su primera estrofa: que morir por la patria ¡es vivir!

A veces la Historia se repite en sentido opuesto. Un patriota cubano moría dignamente por su patria y había creado para ella el himno nacional. Después de ciento cuarenta y cinco años de distancia unos traidores de la misma nación se entregaban al comunismo internacional que ha destruido el derecho de la libertad.

 

 

Comments are closed.