La familia

Por Nancy Pérez-Crespo

407763_274282649295934_1652968390_nAyer almorcé con Gonzalo y Miriam, dos entrañables amigos que hacía tiempo no veía. Me sentí feliz, en familia, porque ellos dos son como mi familia. Hay amigos que los sientes más familia que la propia. Ellos lo son.
Y creo que ese sentimiento, de querer a algunos amigos más que a la propia familia, es mucho más común entre los cubanos exiliados que en otros grupos.

La razón tiene que ver con los 55 años del castrismo en el poder y principalmente las tres primeras décadas.
Desde los inicios del experimento comunista, la familia fue un objetivo fundamental para el establecimiento del sistema. Tenían que fragmentar ese núcleo que, sobre todo, en la cultura cubana, era muy fuerte.

Entre las muchas medidas draconianas que implantaron muy al principio, una de las primeras fue prohibirle a los cubanos que en la Isla quedaban que tuvieran contacto, ni siquiera por correspondencia, con la familia que se iba al exilio. Bajo amenazas de perder empleos y no tener acceso a la universidad o a los pocos muchos beneficios que daba el supuesto Estado benefactor, impidieron que, por muchos años, la familia que allá quedó tuviera relación alguna con el exterior. 

¿Cuántos hermanos se pasaron años sin saber unos de otros? Nunca se sabrá. Nadie de eso habla porque es bochornoso que tantos cubanos aceptaran la condición de esclavos: someterse a medida tan opresiva como es impedir tener contacto con la familia.

El comunismo, en su base, necesita apartar al individuo de la influencia familiar, para que sea mucho más manejable por el Partido. Más bien, el partido es el sustituto de la familia. La Escuela al campo, las becas y muchos planes educacionales que se implementaron en Cuba desde los inicios, conducían al adoctrinamiento, pero también intentaban apartar a los jóvenes de la influencia de los mayores. Era la familia una enemiga del sistema.

Y fue esa distancia que marcaron entre los que se fueron con los que se quedaron lo que ha traído que hoy muchos no sientan cercanía con los que llegan recién. Fueron años de separación que ahora en el exilio salen a flote.

Conozco cubanos que ven como extraños a los tíos que se fueron en el Mariel, porque aunque en los 80 habían levantado la veda de la correspondencia y ya existían los llamados viajes de la comunidad (que ahora, convenientemente, llaman de «reunificación familiar»), a los que salieron vía El Mariel, a los marielitos, no les permitieron la entrada hasta mucho después del éxodo.

Algo notable es la extraña separación entre algunos de los cubanos llegados a Miami este siglo con los que aquí vivían. No se mezclan y la dispersión parte de los que llegan que no se identifican con su entorno y es quizás aquí la explicación, por qué son ellos los que más viajan a la Isla, quizás allí se sienten más identificados.
Otro motivo de separación es la conducta.

El castrismo generalizó en Cuba una especie de vulgarización en el desempeño ciudadano que se expresa hasta en la forma de hablar y que choca con las costumbres de los que aquí viven hace muchos años, que en muchos casos han adquirido modos y costumbres del crisol de culturas que en Miami coexisten.

Y es que a los exiliados nos apartaron tanto de la familia que vimos en los amigos la extensión de la casta.
Conozco cubanos a los que les han llegado familiares cercanos, como sobrinos o primos, a los que nunca conocieron y con los que tampoco tuvieron contacto y a pesar de eso les han abierto las puertas de sus hogares.
Acoger como familia a alguien que no conoces, con quien no has tenido trato, de quien no sabes nada, no es fácil. Lleva tiempo y no siempre resulta.

Pero los exiliados, en un ejemplo de generosidad, lo han hecho, lo hacen y lo van a seguir haciendo, porque aunque a dictadura se empeñó en separarlos y más aún, se ha empeñado en desacreditar a los exiliados y presentarlos como la mafia, los odiadores y como malos cubanos, los exiliados han dado siempre un paso al frente cada vez que Cuba los ha necesitado.

El cubano es gente noble, dadivosa, espléndida, sencilla y sin protocolo. Esos miserables dividieron la familia al mismo tiempo que destruían el país, y ahora quieren utilizar a la familia exiliada, con la demagogia de la «reunificación familiar», para exprimirla y al final, destruirla también. Porque si algo debemos de tener presente es que entre nosotros los de aquí y los de allá, solo se interpone una sola familia: los Castro.

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