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Published On: Sab, Dic 14th, 2013

La llegada del Mesías

Por Andrés Alburquerque. De la Serie Cuba y su Paréntesis Abierto 

moncadaEl mayor error que cometemos con frecuencia es aislar el fenómeno del castrismo del resto de la historia de Cuba.Muchos piensan que estos últimos cincuenta y tantos años son una excepción sin tener en cuenta la inclinación del cubano a exagerar y llevarlo todo hasta el extremo.

Cuando el niño malcriado de Biran se apareció con la idea de asaltar un cuartel militar en plena madrugada de Julio de 1953 y de asesinar a cuanto soldado le fuese posible,  la isla era gobernada por un general mulato que ya había guiado los destinos de la nación, pero cuyo ego advenedizo así como el caos reinante a finales de los 40 le permitieron abandonar su exilio dorado en la playa de Daytona, Florida y regresar al trópico con ínfulas de salvador.

Fue así que Fulgencio Batista desperdició las pocas fichas de que disponía en el casino de la historia para pasar a engrosar la fila de los perdedores. El golpe del 10 de marzo fue en extremo impopular y poco valió la credencial de “progresista” que el ex sargento se había, genuinamente, ganado durante su primer mandato. Mucho le perjudicó también el comportamiento de varios de sus subalternos que reprimieron con mano de hierro a opositores a la dictadura. En muchos casos dichos opositores no lanzaban flores ni se limitaban a protestar cívicamente sino que colocaban bombas en lugares estratégicos y organizaban atentados contra los jefes de la represión oficial; la pasión y el arrojo típicos de la juventud y el oportunismo de políticos taimados crearon un explosivo social a pesar de que Cuba no reunía las condiciones de precariedad y pobreza ideales para cultivar la revolución.

En esta atípica coyuntura, el carisma de Fidel Castro, su habilidad para aglutinar por la vía de la razón o por la de la fuerza o por ambas y el exagerado e infundado hastío que el pueblo llegó a sentir por “el hombre”, se confabularon para crear el estado de opinión necesario para una revolución totalmente innecesaria que costaría muchos mas muertos y desgracias que los que pretendía combatir.

Castro cortejó al exilio, a las clases vivas de la isla, a los empresarios y a cuanto infeliz cometía el error de escuchar sus encendidas cantaletas apocalípticas. De nuevo regaló al pueblo una de sus ideas trasnochadas al organizar la expedición desde México con el objetivo de iniciar la lucha armada en la zona oriental apoyándose en el relieve montañoso de la misma.

Lo demás es historia; miopía del Departamento de Estado americano, ceguera y- no dudo- que una dosis de  racismo por parte de la alta burguesía criolla, irracionalidad y envidia desmedida por parte del pueblo y luego de pocos meses de “all inclusive” en la cárcel (léanse las cartas escritas por el mismo Castro) y unos meses de insurgencia en la Sierra Maestra, el joven de Birán, agitador estudiantil, matón universitario y mediocre abogado se convirtió, por estas cosas que solo ocurren en nuestra sufrida islita, en el redentor de los cubanos.

Luego de varios días de baño de muchedumbre, Castro entró en La Habana, ya el pueblo indignado (me pregunto a causa de que) se había dedicado de romper parquímetros, destrozar vidrios de casinos y lugares que mostraran opulencia y de poner de rodillas la isla ante las botas del nuevo propietario de la finca.

De la noche a la mañana nos inventamos un malestar que objetivamente no podía haber existido en uno de los países de mejores condiciones económicas en el hemisferio y nos dedicamos a acorralar a los “chivatos” , término regional del Caribe hispano que denomina a las personas que se dedican a delatar a sus semejantes y que durante el gobierno de Batista. se comenta. que recibían una simbólica remuneración de diez pesos mensuales (dato no corroborado científicamente).

Pueblo contra pueblo; cubano contra cubano, fusil en mano, derrochando abuso de poder e impunidad se inició el circo de los fusilamientos y juicios sumarios sin el mínimo indispensable de condiciones que el mismo Castro había disfrutado luego del acto terrorista del Moncada. Los ricos incautos pronto comprendieron su error y emprendieron la vía del exilio; la clase media se fracturó y muchos se marcharon pero no pocos abrazaron la estulta hipótesis de compartir lo que habían ganado en una vida entera de trabajo con el pueblo que les miraba con recelo y rencor; luego les tocó a ellos también, pero su partida fue mucho más dramática, privados de sus propiedades, incluso de sus efectos personales, muchos llegaron a su destino con lo que llevaban puesto y la amarga sensación de engaño en su arrugada alma.

Con la celeridad que solo nuestra grave y aguda deformación genética e infinita envidia al prójimo pueden explicar las familias cubanas se separaron; los hijos abandonamos a las madres que partían, los hermanos a las hermanas y amistades entrañables se quebraron bajo el frio hierro del fusil de fabricación checa y la bota militar; un pueblo en extremo irreverente e irónico perdió la alegría en meses, endureció la expresión y frunció el seno, de modo vertiginoso nuestra latinización se hizo eslava, standard, idéntica, monolítica.

Los pobres y en particular los negros, nos olvidamos de sindicatos y de clubes de gente de color para aceptar una igualdad impuesta que solo existía en la mente calenturienta del caudillo de turno; nos deleitamos infinitamente en el papel de interventor, de administrador, de dirigente y hasta Martí nos parecía parte del imaginario bolchevique. En solo cuatro años Fidel Castro, con nuestra valiosa ayuda, había convertido la otrora prometedora isla en un páramo y todos parecíamos agradecerle el desastre.

No recuerdo que él o su hermano hubieran jamás enviado un informe contra mi a la universidad o a donde trabajaba, siempre fue una vecina llamada Angelina, campesina negra recientemente instalada en uno de los cómodos apartamentos del edificio donde yo residía. Para esta señora de escasa cultura y enorme odio hacia la belleza el cargo de responsable de vigilancia, era el modo de dirimir cualquier diferendo personal con otro compatriota y en cada cuadra habia una Angelina, lápiz afilado, papel de baja calidad listo a llenarse de calumnias y medias verdades. Este era el escenario en los primeros años posteriores a la llegada de Castro al poder

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