La muerte de Fidel Castro es un paso hacia la nada

Por Reynaldo Soto Hernandez

castro-ifoernoFidel Castro ha muerto y desde el mismo momento en que exhaló su último aliento, Cuba es un lugar mucho mejor. Cincuenta y siete años de una férrea dictadura que él instauró y que aun permanece rigiendo despóticamente el destino de los cubanos bajo la dirección de su hermano menor, colaborador más cercano y seguidor más fanático, han dañado la vida de tantas personas, que es imposible pensar que no haya muchísima gente feliz de que haya muerto.

Alegrarse cuando muere un malvado es un sentimiento tan humano que ni la vocación del cristianismo hacia la falsedad, que ha regido a nuestras sociedades occidentales a lo largo de los últimos casi dos mil años, y uno de cuyos enunciados dice que no quieras para otra persona algo que no desees para ti mismo, lo cual incluye, según la interpretación generalizada, no alegrarse por la muerte de alguien, ha podido evitar las muestras públicas de felicidad de los cubanos en el exilio. Los únicos con la libertad para hacerlo, porque en la isla lo que hay ahora mismo es incertidumbre y miedo de un lado, y “fervor revolucionario” del otro, así que a cualquiera del primer grupo que muestre felicidad probablemente lo lincharán los del segundo.

Algunos amigos me preguntan si me ha alegrado la noticia del encuentro del déspota cubano con la muerte y por supuesto que les digo que sí, dado que Cuba aun sigue estando entre los objetivos de mis amores y mis desamores, pero a decir verdad, no he sentido la emoción que esperaba, sino más bien indiferencia. Si Fidel Castro hubiera muerto durante una de aquellas noches de mi más temprana juventud en una de las celdas de aislamiento de la cárcel de Canaleta en Ciego de Ávila, con los aguijones del hambre pinchándome el estómago, me habría alegrado tanto que estoy seguro de que aún a riesgo de mi propia vida no habría podido dejar de exteriorizarlo incluso a gritos, en medio de la noche y rodeado de esbirros armados.

Entonces aun era impetuoso y joven y estaba seguro de que los de mi generación íbamos a derrocar y ajusticiar al tirano en el transcurso de unos pocos meses, para devolverle los poderes y las libertades al pueblo. Ahora me resulta bastante indiferente, creo que en gran parte porque ya sé que los de mi generación no vamos a hacer ningún cambio en Cuba y porque no creo mucho en el deseo de hacerlo de quienes nos siguen. Al menos no han dado ni una sola muestra de quererlo.

También porque sé que la muerte de Fidel Castro es un paso hacia nada; los cubanos de la isla no están más cerca de la democracia, los del exilio no estamos más cerca de poder regresar, Latinoamérica, esa parte del mundo en donde millones le adoraron como a un dios y en donde ejerció con mayor fuerza y alcance su influencia malévola, no está más cerca de entender el verdadero sentido de la libertad. Realmente Fidel ya estaba muerto, ahora solo se trata del entierro, del “espectáculo revolucionario” que en otras épocas aunque en parecidas circunstancias, se ha llamado circo.

Ahora que al fin se marcha, lo peor suyo, que no era su figura física, no se va con él. Lo peor estará allí aún por muchos años; un pueblo hecho a su imagen y semejanza, o para ser más exactos, a la imagen y semejanza con las que él lo diseñó; envilecido, acobardado, ruin. Un pueblo que fue su cómplice, que envejeció y languideció con él.
Después de los nueve días de duelo nacional que ha decretado la sucesión del régimen, todo volverá a lo de antes; las prostitutas a ganarse la vida en la cama de un turista extranjero, los jóvenes que no alcanzan la extraordinarimente selectiva bonanza económica del turismo a buscar una forma de escapar del país… lo de siempre.

De la única forma que a un pueblo le puede resultar verdaderamente provechosa la muerte de un tirano es matándolo, y este murió con las pantuflas puestas, en su casa, rodeado de sus plañideras, sus aduladores y sus parientes cercanos, reverenciado por sus seguidores. Su muerte será más bien otro motivo de ignominia para un pueblo esclavo al que en el transcurso de los próximos días todo el mundo va a ver volcado en las calles por millones reverenciando el cadáver del mayor responsable de su esclavitud.

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