LA OPERACIÓN MILITAR, SORPRESIVA, JUSTA Y NECESARIA DE DONALD TRUMP EN SIRIA

Por Juan Efe Noya   

Las intenciones del subconsciente pueden convertirse en reflejos de imágenes futuras, pero la prensa izquierdista, preocupada por su dedicación desesperada de derrocar a Donald Trump, no entendió los próximos hechos. ¿Querían que el Presidente de los Estados Unidos de América les masticara los bocados en la cena beligerante y decisiva? Se habían adaptado al estira y encoge de Barack Hussein Obama.

Durante la postrimería de su presidencia, con un cinismo característico le volvió mentir al pueblo al decir que el régimen sirio de Bachar el Asad había demolido las armas químicas. Un poco después prosiguieron las matanzas de civiles en el norte de Siria, lo cual demostraba que el régimen de Damasco nunca había cumplido el compromiso establecido. ¿Los tiranos han tenido honestidad?  La gota que rebosó el vaso fue cuando el material tóxico resultó ser utilizado contra los niños en la ciudad de Khan Sheikhoun, donde varios morían con reacciones fulminantes.

Los medios de prensa actuales, con pocas excepciones, destruyen el periodismo. No piensan, ni quieren saber que existen mandatarios casi correctos, los cuales asimilan  -hasta cierto punto-  varios conceptos de Ronald Reagan. En cambio, los trabajadores zurdos de la noticia, culpables y regidos por los enemigos de la libertad, agitan furiosamente engendros chiflados al tratar de destruir a Trump. Si él hubiera convocado al Congreso y a la Prensa, el resultado habría sido diferente.

Los reflectores iluminarían la escena donde los enemigos tuvieran condiciones preparadas para atacar las tropas de los Estados Unidos de América. Al contrario, la acción no tenía tiempo de aguardar. Era el instante definitivo. Los misiles Tomahawk de las fuerzas norteamericanas iluminaron el espacio sirio en la Base Aérea Shayrat. De sesenta lanzamientos, cincuenta y nueve dieron en la diana y fueron demolidas veinte aeronaves de combate que habían sido culpables de transportar las cargas fatales para eliminar retoños de vida.

El resultado fue una victoria que ya el mundo libre alaba y la intolerancia reprocha; por eso los dictadores de esta época tienen que recordar el cierto refrán de la antigüedad: “Cuando veas arder las bardas de tu vecino, pon las tuyas en remojo”.

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