La pálida muerte de Fidel Castro

la-palida-muertePor Juan Martín Lorenzo

El poeta latino Horacio, quien vivió en un momento clave en la historia de la antigua Roma, cuando la república se transformaba en un imperio bajo el signo de Augusto, expresó, no sin cierta ironía, que “la pálida muerte llama con el mismo pie a las chozas de los pobres que a los palacios de los reyes”.

Es cierto. La muerte toca todas las puertas. En muchas ocasiones la muerte provoca cambios dramáticos en la historia del mundo, sobre todo cuando se produce en hombres que han mantenido muy atados a su mano los hilos del poder.

Castro ha muerto.

Los cubanos de Miami celebran… ¡por fin! o ¡al fin! o ¡el fin!

Los cubanos de la Habana recorren las calles, tranquilos. La vida continúa… igual.

Nada ha cambiado.

Tal vez la clave en lo que transcurre entre La Habana y Miami tenga que ver mucho con lo que también expresó otro personaje latino, el emperador Marco Aurelio: “Morir no es otra cosa que cambiar de residencia”.

La residencia de Castro ha cambiado, pero aún quedan otros… y también con el mismo apellido.

¿Vale la pena celebrar?

¿Es mejor guardar silencio?

Las pompas fastuosas atravesarán la isla por nueve dias. Un cadáver expuesto en un sarcófago debajo de un monolito de piedra en una plaza. Unas cenizas veladas en otra plaza en el Oriente. Un cementerio.

Es una figura que ha marcado la vida humana del cubano. Un nombre apagado por más de diez años, pero que se agarra como un grillete a generaciones sin que puedan liberarse de su marca.

La «pálida muerte» ha llamado al rey, pero nos queda algún otro. Lo peor, queda el mausoleo, la argamasa, la complicidad silenciosa, el exterminio olvidado, la lacitud del desesperado. ¿Tendrá razón entonces Marco Aurelio?

Yo pienso que sí. Yo pienso que el cubano ya ha enterrado a Castro desde hace ya más de una década. Lo ha olvidado, pero ha sucumbido a esa otra residencia suya, la de estar muerto pero con otra sobrevida segura.

Aquel dedo no señalará ninguna otra muerte, ningún otro juicio, ningún otro destino desterrado… pero habrán otros dedos para hacerlo, y ejecutarlo, y sobrevivirlo.

Aquel perfil no reaparecerá más en los periódicos y revistas, noticieros nocturnos, plazas y mercados… pero habrán otros rostros, otros perfiles castrados, otra marca de castración cubana.

Anoche marcó el inicio de la cantata por su leyenda, tendremos que sobreescribirla, borrarla, destruirla, convertirla en cenizas, desaparecerla.

Nada habrá cambiado hasta que enterremos su sobrevida.

¿Para qué celebrar entonces?

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