LA RASTRA DE LA MUERTE

Por Juan Efe Noya

OFRENDA A LA PATRIALa represión del castrismo no se hizo esperar al ser derrotada la invasión por Bahía de Cochinos que pretendía darle a Cuba una esperanza de libertad. Los brigadistas y quienes les habían apoyado fueron asesinados o se les encarceló. Al mando de las tropas de represión estaba el criminal Osmani Cienfuegos, quien había establecido en Playa Girón su Jefatura Militar.

El sanguinario comandante cubano era responsable también por el traslado de los prisioneros de guerra. Así le era posible aplicar sobre ellos todo su repertorio de crueldades. Con sonrisa de triunfo mandó a buscar una rastra cerrada herméticamente. Aquel vehículo tenía capacidad para setenta hombres, pero Cienfuegos le ordenó a los guardias que a fuerza de bayonetazos debían hacer subir a los vencidos y agotados hombres de la Brigadas 2506 que serían trasladados a La Habana.

Los comunistas no tuvieron en cuenta si eran heridos o moribundos. ¿Para qué preocuparse por el destino de los vencidos? Había que cumplir cabalmente la orden de rellenar el vehículo y después cerrar la puerta, de manera que se cumpliera la profecía de Osmani Cienfuegos: “Para que se mueran como cerdos”.

El amanecer era una nota de luz en Playa Larga. Las penurias del combate desigual y el peso de la derrota habían demolido a los prisioneros de guerra que dormían como gestos abandonados en la arena. Los milicianos comunistas vigilaban fuertemente armados como si alguien hubiera sido capaz de tener energías para sublevarse.

Un grito se extendió sobre el mar breve y tranquilo:

—¡A formar, traidores!

Subían lentamente los guerreros vencidos a la rastra que había llegado durante la madrugada. El chofer y su ayudante descansaban en la cabina. Eran Rafael Arteaga y Rafael Pérez Rubajal.

—¡Esto es una locura!  ¡Nos vamos a asfixiar en esta maldita rastra! –protestó el viejo Guerra.

—Si mueren es mejor así, porque no tendremos que fusilarlos –dijo irónicamente el comandante Osmani Cienfuegos.

Ciento sesenta prisioneros; entre ellos cuarenta heridos, fueron encerrados en el vehículo sin ventilación. El aire comenzaba a faltar, la oscuridad era total y los desesperados combatientes, al comprender los tormentos que se avecinaban, respondían al llamado de una voz con la intención de volcar la rastra.

—¡A la izquierda!

Y hacia ese lado se lanzaban quienes podían moverse.

—¡A la derecha!

El vehículo se estremecía con el peso de los guerreros.

—¡A la izquier…

La intención quedó rota con la voz del viejo Guerra:

—Así no vamos a lograr otra cosa que agotarnos más. Necesitamos conservar la ecuanimidad para retener oxígeno.

El mal olor producido por la sangre de las heridas y la falta de aseo se mezclaba en aquel ambiente de muerte y desolación. Con las hebillas de los cintos o cualquier objeto sólido que tuvieran a mano trataban de lograr alguna abertura en las paredes del ataúd gigante que transitaba por las calles matanceras, sin que los residentes del lugar imaginaran el horror que predominaba en su interior.

Alguien trató de erguirse, pero estaba exhausto.

—Soy José Millán. Mis hijas y mi esposa viven en Miami. ¡Díganles que las quiero mucho! Yo voy a morir ahora, pero todos nosotros seremos salvados porque aquí está Jesucristo.

El hombre, a pesar del rostro gris por la falta de oxígeno, sonreía dulcemente. Quienes escucharon su voz débil pensaron que había enloquecido y por eso se atrevía a ser feliz en momentos tan difíciles; pero supieron que estaban equivocados cuando Millán cayó muerto junto a Emilio Valdés.

La Rastra de la Muerte seguía su rumbo con la desesperada carga de patriotas, los cuales habían desembarcado en Cuba para liberarla del castrismo y de improviso se encontraban ante la posibilidad de morir inútilmente asfixiados en una rastra infernal.

Las horas parecían negadas a transcurrir dentro de aquel espacio falta de oxígeno. El vehículo había dejado la provincia de Matanzas y se acercaba a la capital. Al fin se detuvo ante la entrada principal de la Ciudad Deportiva ¡y se abrió la puerta de la rastra! En el piso yacían prisioneros y cadáveres. Lentamente, como un himno a la desdicha, comenzaron a salir brigadistas pálidos, sudorosos y descalzos que arrastraban sus pasos. Una ira impotente se reflejaba en los ojos de aquellas imágenes humanas que traían en sus brazos, como una ofrenda a la patria irredenta, los cuerpos sin vida de Alfredo José Cervantes Lago, José Daniel Vilarello Tabares, José Santos Millán Velasco, Hermilio Benjamín Quintana Pereda, José Ignacio Macías del Monte, Santos Ramos Álvarez, Pedro Rojas Mir, René Silva Soublete y Moisés Santana González.

 

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