La ‘trama rusa’ pierde fuelle y desemboca en el ridículo

POR: CARLOS ESTEBAN

Enloquecer -decía Nietzsche, que acabó enloqueciendo- es una ocurrencia relativamente rara entre los individuos, pero frecuente en las civilizaciones. Y nosotros tenemos el dudoso honor de asistir a uno de esos momentos.

A este lado del Atlántico, la locura consiste en una prisa indecente por anegar nuestros países con una población de culturas remotas y difícilmente asimilables, preferentemente musulmanas, a la que seguimos llamando ‘refugiados’ por hábito o propaganda.

En Estados Unidos, en cambio, ha adoptado la forma de una ofensiva generalizada de los medios, buena parte de la clase política, las grandes empresas, Hollywood y las multinacionales por deshacerse del presidente electo del modo que sea, desde la misma noche de las elecciones.

Aquí hemos hecho la crónica reiterada de los fallidos intentos, demasiados para citarlos, de desalojarle de la Casa Blanca, y también de cómo las codiciadas bases para una destitución parlamentaria o ‘impeachment’ se desvanecían en la nada una y otra vez.

Uno creería que después de la comparecencia del ex director del FBI, James Comey, ante el Comité de Inteligencia del Senado, que destruyó de mala gana cualquier fundamente jurídico para acusar a Trump de nada sólido, la prensa se habría aburrido ya.

Pero eso sería si viviéramos un momento de mínima cordura y, como hemos dicho, no es el caso. La ridícula ‘trama rusa’, que pocos saben concretar y de la que no se ha encontrado la menor prueba, sigue su marcha de zombi sobre los más peregrinos indicios.

Esta semana, por ejemplo, la senadora demócrata Kamala Harris se dedicó a sermonear con los peores modos al fiscal general Jeff Sessions sobre sus “contactos con altos funcionarios rusos”. El presidente de la cámara tuvo que censurar su grosería.

Ahora es sospechoso que autoridades americanas tengan contactos y conversaciones con funcionarios rusos. Piénsenlo. Piensen lo que sucedería, lo que pensaría el mundo, si Rajoy y sus colaboradores se negaran a reunirse con representantes norteamericanos para no levantar sospechas. Ya digo, de locos.

Todas las acusaciones y comentarios en torno a la evanescente ‘trama rusa’ sugiere poderosamente que Rusia es el Enemigo, y no ya como en la Guerra Fría, cuando los contactos entre soviéticos y americanos eran continuos, sino como si los TU-160 estuvieran bombardeando ahora mismo Nueva York. La sugerencia no es, en este caso, siquiera una locura inofensiva, sino una irresponsabilidad política del máximo nivel. Si hay algo de lo que el mundo entero podría beneficiarse, empezando por los propios americanos, es de un acercamiento a la segunda potencia nuclear mundial.

Está todo envuelto en una maravillosa inconsciencia, acusando a Rusia de lo que no es ilícito en absoluto o, peor, de lo que Estados Unidos ha hecho, hace y, previsiblemente, hará mientras pueda sin que se pare a pensar un minuto en su doble vara de medir.

La idea de que preferir a un candidato sobre otro es ya sospechoso no puede resultar más que carcajeante para todos aquellos países -que vienen a ser, a ojo de buen cubero, todos los del planeta- por cuyas elecciones o cambios de régimen ha mostrado la Administración americana o sus servicios secretos un interés activo. Es llevar demasiado lejos la creencia generalizada en el país de que Estados Unidos es “la nación excepcional”.

Así, también esta misma semana, el senador demócrata Mark Warner, vicepresidente del Comité de Inteligencia del Senada, asaetaba a Sessions en referencia a la capacidad de Rusia de librar una guerra cibernética. ¿Perdón? ¿Puede todo un senador ocupar ese cargo e ignorar que Estados Unidos tiene ese mismo arsenal informático solo que, previsiblemente, más potente?

Todo esto sugiere que no hay más cera que la que arde y la ‘trama rusa’ no da más de sí. No ha servido para deshacerse de Trump, pero sí para fomentar una disparatada hostilidad hacia Rusia y para fomentar un clima de preguerra civil y enfrentamiento entre americanos que ya ha dado sus frutos en el tiroteo de representantes republicanos por un exaltado activista demócrata y que promete un verano bastante caliente.

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