LA VITRINA DE LA INCURIA

Por Ramón Muñoz

cdrIslas Canarias– A escasas noventa millas de la ergástula caribeña, puedes verles rumiando nostalgias por croquetas, que antaño se les aferraban al paladar tanto como las consignas. Casi estadounidenses y casi cubanos, en esa ambigüedad perpetua literalmente institucionalizada en sus conciencias, con una banderita de barras y estrellas en un retrato del salón y una maleta lista para el viaje, que les catapulte a un pasado de libretas de racionamiento e interminables colas, pero del que no logran desasirse, cual condena de Sísifo, con el temor aún en las costillas del cartel con machete amenazante del C.D.R.

A uno y otro lado del canal, cada vez menos profundo por las osamentas de compatriotas, se leen titulares digitales de una llamada oposición light, desnaturalizada y sin sabor a patria, pero de apellidos tan curiosos que parecen extraídos de expedicionarios de aquel yate que dio nombre al primer periódico gay del planeta, pues se regodeaba a diario con el ano de cada cubano de a pie. Apellidos como Sánchez, Almeida o Guevara, emanan ríos de tinta clamando por libertades que sus propios familiares hurtaron y hasta la nueva ola de “perfomance” que invade plazas europeas y estadounidense, llevan apellido Bruguera, con el rancio olor de las celdas de 5ta y 14, la siniestra sede inicial del tristemente célebre G2. Pero a nadie le importa, los leen y les aplauden. Vivirán hasta morir con la complicidad inducida, aunque les saldrá algo más caro pues tendrán que morir dos veces, a menos que puedan matar de un solo tiro a su doble moral genética.

Un guajiro de Holguín con récords de viajes a la ínsula, en sus apenas tres años de residente floridano, llama “ladrones castristas” a los buscavidas del aeropuerto José Martí, erigido en prócer de una campaña de denuncias, pero contra ellos mismos, porque si el de tierra hurta maletas, el del avión coopera con la financiación de la dictadura que los genera, es decir una confrontación de un lupanar de conciencias.

Nadie llora al balsero, ni se meten en la piel del sin techo tras el paso del último meteoro por tierras guantanameras, pero lloran a moco tendido por el último pelotero fallecido en accidente marítimo, tras una heroica curda de madrugada. ¿Serán hipócritas?

Defienden el sistema allende el Morro, como jineteras de sus principios, pero no regresan definitivamente a los predios de la bestia moribunda, allí dónde el cubano de verdad, pasa hambre y necesidades. Son los productos tóxicos de un pseudo stalinismo inoculado desde la infancia, emigrantes de pañoleta, incapaces de asumir su condición de refugiados de un sistema que los vomitó al menor atisbo de pensamiento libre.

Ahora les veo gritando el último grito de su eterna guerra cómplice: ¡Clinton! y no me extraña, hace muy poco lo hacían por el Che y casi les comprendo, aunque me resulte enormemente difícil ponerme en sus epidermis mutantes y miméticas.

Son el más exacto símil de mi naúsea.

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