Lectura Dominical: FENRIS, EL ALEMAN

Por Pablo de Jesús

alemanCuando mi hija lo trajo a casa una fría noche de diciembre, como regalo de navidad para su hermana, era una pequeña bola de pelo blanco, que solía quedarse dormido en el bolsillo de mi abrigo, o debajo de la mesita del centro de la sala.

Le bautizaron Fenris, como el guerrero élfico que ayuda a los esclavos a romper sus cadenas. O al menos, así me lo explicaron ellas. Por mí, le hubiera puesto de nombre Genkis Khan o Atila, pues con la misma saña de esos guerreros feroces, destrozó varios de mis mejores zapatos y chanclas.

Yo estaba reacio a ser el amo de un perro. Pero al final me convertí en una estadística: En Estados Unidos hay 83,3 millones de perros, según la Asociación Americana de Productos para Mascotas (APPA), y los dueños nos gastamos unos 50.000 millones de dólares al año en mantenerlas.

Alrededor del 65% de la cifra correspondió a comida y gastos de veterinaria, pero la categoría que más creció fue la de “servicios para mascotas”, que alcanzó los 3.790 millones.

Entre esos servicios están hoteles, guarderías, pensiones, restaurantes y hasta prostíbulos de lujo para perros.
Llega uno con su chucho a una casa en un discreto barrio residencial, y una señora respetable le ofrece un whisky o una cerveza mientras hace desfilar unas cortesanas caniches con pompones en la cola. Hecha la selección y acordado el pago, se retira la dichosa parejita perruna a una habitación privada de cortinas rosas, mientras uno sigue con su trago, filosofando sobre cosas tan extrañas como las conversaciones postcoito de los canes, hasta que una idea le explota en la cabeza.

“¡Este es el negocio perfecto para un retirado!”, pensé. Y le di vuelo al asunto pensando extender la clientela a gatos, cotorros y guacamayos machos, serpientes, tarántulos, iguanos y cocodrilos, que de todo hay en la viña del señor.
“Bunny Ranch Pet”, pensé llamarle, en alusión al burdel más famoso del mundo, gracias a un serial de alto rating en la cadena HBO. Un rancho en medio del desierto de Nevada, donde decenas de barbies de carne y hueso complacen peiticiones, a 500 dólares la hora.

Más, mi idea de convertirme en proxeneta de mascotas escandalizó a mi familia y ahí mismo se esfumaron mis sueños de grandeza.

Me gustaría decir que, a sus dos años, Fenris es el perro más inteligente del mundo. Que canta, baila y toca el piano, me trae el correo y las chanclas, pasa el vacum, hace su cama y limpia la vajilla. Pero nada de eso hace, salvo que es un perro bilingue. Responde a órdenes en inglés y entiende perfectamente el “¡Comemierda!” ocasional que se gana por hacer una trastada como todo buen hijo de perra.

Pero el dia que Fenris terminó de conquistarme fue cuando le salvó la vida a una de mis hijas. Caminaban ambos por las montañas cercanas a la casa, cuando el perro se detuvo en medio del sendero y no dejó que su dueña diera un paso más. Casi de inmediato escucharon el característico sonido de una víbora cascabel. Un sonido de matraca que eriza la piel y congela el alma, advertencia de ataque de la más venenosa de las serpientes de Norteamerica.

El crótalo estaba justo a la orilla del camino, escondido entre la hojarasca y piedras sueltas. Pero Fenris no tuvo miedo. Ladró, gruñó, se le erizó el pelo, hasta que la cascabel se fue con su música a otra parte.
Desde entonces, amo más a mi perro que a muchos prójimos que conozco.

Al menos, él no quiere reelegirse indefinidamente; no apalea ni da mitines de repudio; no miente como un demócrata ni desmiente como un republicano. No es de izquierda ni de derecha, ni ataca a los inmigrantes o quiere construir un muro para detenerlos.

Es sólo eso, un can que mueve la cola de alegría cuando me despierto en las mañanas para sacarlo a mear.
Pablo de Jesús

Comments are closed.