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Published On: Sab, Oct 24th, 2015

Los Inmigrantes y EE UU

Por  John Quincy Adams. Carta escrita en 1819

433px-john_quincy_adams_-_copy_of_1843_philip_haas_daguerreotypeLos Estados Unidos no ha nunca sostenido ningunas incitaciones para inducir a los sujetos de cualquier otro país soberano a abandonar su propio país, para convertirse en habitantes de este.

Por motivos de humanidad de vez en cuando han equipado las instalaciones a los emigrantes que, habiendo llegado aquí con vistas de la formación de asentamientos, especialmente han necesitado asistencia para llevar a efecto la transición.

El gobierno general de la Unión, ni los de los Estados, son ignorantes o desatentos de la fuerza adicional y riqueza, que se acumula a la nación, por el ingreso de una masa de sana, trabajadora, de trabajadores frugales, ni son de ninguna manera insensible a los grandes beneficios que este país ha derivado y puede derivar, de la afluencia de estos hijos adoptivos de otros países.

Pero hay un principio que impregna todas las instituciones de este país, y que siempre debe operar como un obstáculo para la concesión de favores a los recién llegados.

Esta es una tierra, no de privilegios, sino igualdad de derechos.

Privilegios son concedidos por los soberanos para determinadas clases de personas, con fines de política general; pero aquí la costumbre general es que privilegios concedidos a una denominación de personas, muy rara vez puede ser separados de erosiones de los derechos de los demás.

Los emigrantes que vienen aquí, no deben esperar favores de los gobiernos. Deben esperar, si desean convertirse en ciudadanos, con igualdad de derechos con los de los nativos del país. Deben esperar, si es afluente, a poseer los medios de hacer su propiedad productiva, con moderación y con seguridad; — si indigentes, pero laboriosos, honestos y frugales, los medios de obtener fácil y cómoda subsistencia para ellos y sus familias.

Los inmigrantes no vienen solo a una vida de independencia, sino a una vida de trabajo — y, si ellos no pueden acomodarse al carácter, moral, política y física de este país, con todos sus saldos compensadores del bien y del mal, las fronteras están siempre abiertas para ellos, para volver a la tierra de su nacimiento y sus padres.

A una cosa se deben decidir, o quedarán decepcionados en toda expectativa de felicidad como los americanos. Debe deshacerse de la piel de viejo país, nunca para reanudarlo. Deben aspirar a su posteridad, en vez de al revés a la de sus antepasados; deben de estar seguros de que cualquiera que sea sus propios sentimientos, de sus hijos se aferren a las costumbre de este país y participarán de ese espíritu orgulloso, no sea con desprecio, lo que han observado es notable en el carácter general de este pueblo y como tal vez que pertenece peculiarmente a aquellos de ascendencia extranjera, nacido en este país.

Ese sentimiento de superioridad sobre otras naciones que han notado, y que ha sido tan ofensivo a otros extranjeros, que visitaron estas costas, surge de la conciencia de cada individuo que, como miembro de la sociedad, ningún hombre en el país está por encima de él; y gloriando en este sentimiento, él mira hacia abajo en aquellas naciones donde la masa de las personas se sienten inferiores de clases privilegiadas, y donde los hombres son de clases alta o baja, según los accidentes de su nacimiento.

Ningún gobierno del mundo posee tan pocos medios de otorgar favores, como el gobierno de los Estados Unidos.

 Los gobiernos americanos son servidores del pueblo y son considerados así por la gente, que los coloca y desplaza a su placer. Son elegidos para administrar por periodos cortos las preocupaciones comunes, y cuando dejan de dar satisfacción, dejan de ser empleados.

Los  poderes del gobierno para hacer el bien, sin embargo, están restringidos, los poderes de hacer daño son aún más limitados. La dependencia, en asuntos de gobierno, es el reverso de la práctica en otros países, en lugares donde las personas dependen de sus gobernantes, los gobernantes, en América como tal,  los gobiernos siempre son dependientes de la buena voluntad de la gente.

Entendemos perfectamente, que de la multitud de extranjeros que anualmente acuden a nuestras costas, para hacer aquí su morada, no vienen con afecto respecto a una tierra en los que son totalmente extraños y con un lenguaje del cuál son generalmente ignorantes.

Sabemos que vienen con vista, no para nuestro beneficio, sino a su propio, no para promover nuestro bienestar, sino para mejorar su condición.

Esperamos que por lo tanto muy pocos, si cualquiera de las clases de personas que disfrutan de la felicidad, facilidad y comodidad  en sus climas nativos emigra.  Porque ese ciudadano, feliz y contento permanece en casa, y requiere un impulso, por lo menos tan entusiasta como la de urgente necesidad para conducir a un hombre a salir de la tierra de su nacimiento y la tierra de los sepulcros de su padre. De los muy pocos emigrantes de las clases más afortunadas, que siempre hacen el intento de establecerse en este país, una parte principal se enferman en la extrañeza de nuestras costumbres y después de una residencia, más o menos prolongada, vuelven a los países de donde vinieron.

Lamento que no esté en mi poder para añadir el aliciente que podría percibir en la situación de un funcionario en el gobierno. Se llenan todos los lugares en el Departamento al que pertenezco, permitido por las leyes, ni hay una posibilidad de una temprana vacante en alguno de ellos. Cuando se producen dichas vacantes, las aplicaciones de nativos del país para llenarlos, son mucho más numerosas que los puestos de trabajo, y las recomendaciones a favor de los candidatos son tan fuerte y tan serios, que rara vez sería posible, si alguna vez fuera, darle preferencia sobre ellos a los extranjeros.

 

Esto fue escrito en 1819 por John Quincy Adams, entonces secretario de estado bajo el presidente James Monroe.  Los años cambian las cosas, pero hay cosas que permaneces igual para siempre.

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