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Published On: Dom, Dic 15th, 2013

LOS TRUCOS DEL MESIAS

Por Andrés Alburquerque. De la Serie:  Cuba y su paréntesis Abierto 

berlinwallLlegaron los ochenta sin que se produjeran grandes cambios en Cuba; y terminando la década anterior Fidel Castro extrajo uno de los conejillos que guardaba en su sombrero: ante la imposibilidad de mantener siquiera el precario nivel de vida de la población se hacía necesario buscar fuentes de ingreso alternativas y nada mejor que una dosis de amor filial para agujerear los bolsillos de los “traidores”, “gusanos”, “apátridas” que habían abandonado el país tras el dólar todo poderoso.

El Comandante nunca se equivoca, decían todos en aquella época, hay que hacerlo, son unos “hijos de puta” pero no nos queda más remedio. De la noche a la mañana las abuelas volvieron a ser bellas y queridas, las tías se convirtieron en los parientes favoritos y el agravio se olvidó como por arte de magia.

En uno de los episodios más vergonzosos de esta historia plagada de bochorno e injuria, los revolucionarios depusimos las armas ideológicas, olvidamos de golpe todo y retomamos el sendero del amor a la familia como si nada hubiera sucedido; como si jamás les hubiéramos gritado insultos y como si hubiesen dejado de ser el enemigo. Sin percatarse, Castro emprendió el camino de la derrota en este momento pues los cubanos comprendieron que la ideología poco importaba y que todo se reducía a lo conveniente en cada momento.. Una persuasión filosófica tan radical y extrema como el comunismo no tolera tales deslices y el monolitismo ideológico, aunque nadie se atreviese a decirlo, comenzó en ese instante a perder terreno de modo vertiginoso.

Lo más asqueante de todo era ver a personas que hasta el día anterior despotricaban de sus parientes exiliados aparecerse en los aeropuertos a esperarlos y llorar a “moco tendido” en el momento del reencuentro. Lo más injusto y kafkiano es que nadie pidió disculpas; si un bando cede y vuelve sobre sus pasos se supone que ha sido derrotado; al menos una palabra, una toma de posición, un “lo siento”.NADA.

Con la proverbial desvergüenza que nos caracteriza y con la cara dura como el concreto dimos un paso de tal magnitud como si nada hubiese sucedido y el paréntesis quedó abierto sin la honra de un cierre gallardo.

En lo adelante, la tragicomedia cubana estaría caracterizada por estos pasos adelante y hacia atrás, odios y amores, fabricados en el Comité Central del Partido Comunista. Pero no solo perdía Castro, ese momento marcó también el inicio de la paulatina e inexorable degeneración del exilio. Sería difícil saber quien perdió más en esa jugada. Si borregos y oportunistas fuimos los de allá, los de acá (salvo excepciones de militancia a ultranza) no fueron mucho mejores; saltando sobre el odio y el abuso, aceptaron las draconianas reglas impuestas por el gobierno cubano, pagaban habitaciones de hotel por no usarlas, compraban en tiendas de precios absurdos y calidad ínfima sin siquiera parpadear; la nueva fiebre se apoderó de casi todo y de casi todos; jamás habría un punto final para el drama cubano.

La rotura del encanto comunista no se hizo esperar. De pronto tuvimos la confirmación  de lo que muchos habíamos siempre sospechado. Eso de que los que se van se mueren de hambre es mentira, los muertos de hambre somos nosotros, esto es una mierda, hemos perdido varios lustros en una farsa. Ideas como estas rondaban el cerebro de los cubanos en la isla y en menos de seis meses no se hicieron esperar las explosiones sociales. Los hechos de la embajada del Perú, el éxodo por el puerto de Mariel creado en un intento de Castro por forzar la mano a Carter y que casi termina en la deserción en masa y la muda de piel de camaleones con compatriotas que a las ocho participaban de un acto de repudio contra ciudadanos que habían decidido marcharse y las diez se marchaban ellos; no se sabía quién se iba y quien se quedaba y el régimen cerró las puertas precipitadamente no sin antes “limpiar” cárceles y consultorios para perturbados mentales.

En diez años pasamos de odiar a los exiliados a amarlos y  a odiarlos de nuevo; de liberalizar la artesanía a estatizarla de nuevo; de ampliar el Consejo de Ministros y dar entrada a varios civiles a reducirlo de nuevo y militarizar una vez más el aparato estatal. Un continuo zig zag que aceptamos a cabeza baja entonando canciones a favor del régimen.

Los cambios en el mundo y la desaparición del campo socialista trajeron al pueblo la certeza de que nacían células de oposición; se escucharon por primera vez frases como derechos humanos y régimen represivo. Una ínfima parte de la población emprendería el accidentado sendero de la disidencia ante la indolencia y el desinterés de la inmensa mayoría de sus compatriotas. Cuba marcharía a la deriva en busca de nuevos aliados y vías de acceder a recursos financieros que llegaron hasta el narcotráfico, el comercio ilegal de armas y otros delitos internacionales. Castro purgaría su aparato y desmantelaría el Ministerio del Interior.

Al llegar los noventa la dictadura comunista europea se desmantelaba y la ex Unión Soviética mostraba los primeros signos de descomposición. Se acercaba otro truco extraído del sombrero del Mesías al percatarse de la imposibilidad de continuar recibiendo el “generoso” subsidio de Moscú. Llegarían años de mayor miseria y de pérdida de cualquier tipo de principio

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