MI ESTRELLA DE CHOCOLATE

Enrique Meitin

enique meitinSi algo le queda imperecederamente a mi vieja Habana… la que conocí, la que extraño, la indestructible, es: El Morro, la Cabaña, algo de la Muralla y sobre todo las “mulatas”. Portadoras de esos culos de “campeonato” tan envidiada por otras mujeres latinoamericanas, sandunguera, bulliciosa, algo vulgar, pero amable y sobre todo sensual. Esa habanera que donde quiera que esté, ya sea en una u otra “orilla” se destaca, tan cubana como las palmas; criolla como el mar que baña nuestra Isla, tan inmensa, tan exuberante, tan “extrema”. A ella le rindo mi culto y mi cuento. Sexo y materia, materia y cambio; cambio igual a Revolución, revolución en el sexo y “ambiente”, lo demás puro cuento…

Estrella era su nombre, pero como en La Habana existe, o tal vez existía, una muy famosa fábrica de chocolate nombrada así, se me ocurrió desde que la vi, que el nombre que le cuadraba bien era el deEstrella de Chocolate, debido al color de su piel, y al destello que la misma emitía. Era lo que nosotros los cubanos llamamos una  verdadera “mulata”, morena, de pelo algo malo… como pelo “pasa”, pero siempre muy bien cuidado, peinado y oloroso, alta y portadora de ese maravilloso cuerpo escultural y erótico de nuestras afrocubanas. Sus piernas eran firmes, delgadas y elegantes, sus pechos amplios y deseados y sus nalgas. Bueno sus nalgas eran otra cosa, su verdadero “extremo”. Maraca, sabor y rumba, donde el color melado del azúcar nativo se confunde con el mestizaje tropical.

Su manera de ser tan “abierta” como algo vulgar, contrastaba con ese sincretismo tan común en nuestro suelo, de aceptación católica y práctica santera, mientras su alegría, en ocasiones de falsa aceptación a la vida que le había tocado, también chocaba con su inconformidad con la sociedad del momento. Así misma se consideraba hiperactiva y arriesgada en demasía, además de ser muy intuitiva, algo “chismosa”. Pero sobre todo extremadamente sensual.

Al hablar, su acento la ubicaba resueltamente como hija legitima de la capital, donde el acortamiento de las sílabas, “pa” en sustitución del para, y el “narga” por las nalgas… sus nalgas, o el “porvo”, por el polvo que dejaba al andar, que de escucharla ciertos seudo intelectuales camagüeyanos la aplastarían con su crítica destructiva, era parte integral de la “achocolatada” joven, además de ser demasiado audaz y arriesgada al extremo.

Parecía siempre estar “mandada” a correr, como si careciera del sentido del freno y de la discreción, así como en ocasiones divorciada de la mesura y la decencia. A pesar de la armonía y amabilidad que casi siempre demostraba, siempre a su lado se corría el riesgo de que si se le presentaba una situación algo engorrosa con alguien, le lanzara una de sus frases al estilo de las personas de baja catadura moral, haciendo uso del mejor vocabulario, que dejaría “pasmado” a cualquier marginal de un solar cubano.

Enfundada siempre en su uniforme de corte sastre de un gris acero, y con un gracioso movimiento de sus caderas, sus  finas extremidades le permitía desplazarse con su movimiento habitual por uno de los mejores hoteles de la capital, lugar donde trabajaba como ascensorista, y que yo ocasionalmente frecuentaba —después lo haría con más frecuencia—, pues estaba contratado por una empresa estatal encargada de organizar eventos, y el Hotel en cuestión era sede de muchos de esas reuniones, lo que me obligaba a tener que “movilizarme” por todo el inmueble; el lobbie; las salas de recepción, e incluso subir a las habitaciones de los delegados-invitados, decidido siempre a tomar el ascensor que ella conducía.

Si bien la había observado más de una vez dirigiéndose hacia el elevador, o esperando a los huéspedes de pie frente a las puertas del mismo, la mayoría de las veces la encontraba sentada frente a los controles del ascensor. La saludaba y me colocaba de pie junto a ella, de donde podía observar embobecido la entrada de sus senos —ella al percatarse de mis intenciones…casi siempre me dejaba ver algo más.

Qué casualidad que cuando yo estaba solo con ella en el ascensor, el último botón de su blusa irremediablemente permanecía suelto, como incitándome a dirigir mi mirada hacia aquel tentador lugar. Salvo en algunas fotos de revistas, nunca había visto los senos completos de una “mulata”, y estaba loco por verlos por primera vez, en vivo y en directo. Por otra parte, cuando el ascensor subía lleno de huéspedes, ella abandonaba la posición de sentada y se ponía de pie, y yo me desplazaba hacia el fondo, pero siempre detrás de ella, obligándome a cambiar la vista de delante a atrás y entonces poder “vacilar” sus hermosas y firmes nalgas, que como herencia de esa mezcla formidable de gallego y africana que como muestra de su erótico bamboleo, que no solo “agitan” al caminar los corazones de los que la observan detenidamente, sino también “agitan” otra parte del cuerpo masculino más sensible aun. Me quedaba quieto, sin pestañar siquiera, detrás de ella, a fin de observarla detenidamente… tal vez algo más.

En realidad la mayoría de esas veces, era ella la que se las ingeniaba para quedar delante de mí y que pudiera ocasionalmente rosarla. A partir de ese momento ninguno de los dos hacia nada por evitarlo.  Hoy, después de tanto tiempo trascurrido, no sabría decirles cuál de los dos se calentaba más con el roce de los cuerpos… eso lo dejó a su propia imaginación…

Cierto día en que habíamos bajado y subido varias veces, siempre lleno el ascensor hasta “el tope”, al llegar a la planta baja y abandonar todos el mismo, yo me quedé rezagado. Oportunidad que aprovechó ella para salir al “lobbie” y cuando pasé a su lado decirme muy bajito, en forma bastante “chusma” y descompuesta…

—Creo que tú eres medio “bugarrón” pues te calientas rozándome las nalgas y no me dices nada ¿O es que no te gustan las negras?

—No sé, nunca he probado una. Le contesté sin inmutarme siquiera, mientras ella me respondía cantando un acorde de una de las canciones de “feeling” tan popular en esos días.

—Entonces, no sabes “… lo que te has perdido mi amor, la noche de anoche por no estar conmigo…”¿Te gustaría probarme? Me lanzó después la pregunta, no por inesperada menos irrespetuosa, lo que me hizo contestarle soezmente.

—No pienso en otra cosa que poder conocerte completamente…

—Pues bájate de esa nube. No te hagas ilusiones. Rezongó. Porque a mí no me gustan los blancos… tu solo eres mi amigo, y nosotros no podemos llegar a nada.

—Yo no soy siquiera tu amigo, Respondí. Aunque me gustaría serlo… apenas te conozco… no sé ni tú nombre…

— ¿Verdad?, tienes razón. Me llamo Estrella.

— ¡Ah sí! Estrella de Chocolate. Le dije como bromeando con ella y tratando de entablar una conversación… lo cual me respondió con una bella sonrisa, mostrando una dentadura perfecta y blanca. De ahí en lo adelante quedo “acuñado” su nombre.

—Bien, si quieres ser mi amigo toma esta bolsa y dentro de una hora, que es cuando termino, nos vemos… espérame en la parada que esta al fondo del Hotel, casi enfrente. Allí me la devuelves y conversamos… No tengas miedo que no te va a pasar nada. Agrego displicentemente, mientras me hacía su cómplice. Es que tengo que llevarle algo de comida a mi mamá y a mis hermanos, y aquí, aunque no me lo creas, cuando salimos nos registran hasta el “culo” —por supuesto que exageraba—, y a ti nadie te va a registrar. De esta inesperada manera fue que nos conocimos…

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