Nixon y Peña Nieto

Eloy Garza González

nixonEl Presidente Richard Nixon fue descubierto durante su abrupto mandato (1969-1974) espiando a sus rivales y a su propio gabinete. El Washington Post develó poco a poco la trama del denominado Watergate y el Presidente trató por todos los medios de obstaculizar la investigación que lo inculpaba. Nixon renunció antes de ser procesado y su sucesor Gerard Ford le otorgó el perdón.

Años más tarde, Nixon aceptó ser entrevistado por un anodino y frívolo periodista británico de televisión: David Frost. El entrevistado fue acorralado hasta reconocer que había sido culpable del peor escándalo sufrido por La Casa Blanca: “Decepcioné a mis amigos, decepcioné al país. Desilusioné nuestro sistema de gobierno y los sueños de todos esos jóvenes que querían formar parte de él, pero que piensan que todo está demasiado corrupto”.

Sin embargo hay una parte de la entrevista no percibida por la mayoría de los espectadores: Nixon advirtió que cometió dichos actos de espionaje por “Razón de Estado”. Por encima de la prensa, de los propios ciudadanos, Nixon dijo que pensó como Estadista, es decir, como guardián de las instituciones. La advertencia es sutil pero contundente.

El Presidente Enrique Peña Nieto ha reconocido al fin “con toda humildad”, parte de su culpabilidad en el escándalo de la Casa Blanca. “Este error afectó a mi familia, lastimó la investidura presidencial y dañó la confianza en mi gobierno”.

Sin embargo, el caso Nixon no tiene nada que ver con el caso Peña Nieto. El primero actuó finalmente bajo su peculiar visión de lo que debe ser la “Razón de Estado”. El segundo simplemente aceptó a medias su culpabilidad en un evidente acto de peculado.

En el primer caso estamos ante un Estadista, todo lo que se quiera de controvertido, pero un Estadista. En el segundo caso, estamos ante un Presidente descubierto con las manos en la masa, o más bien, metiendo mano al erario público. La diferencia entre ambos mandatarios pudiera ser sutil pero es lastimosamente contundente.

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