No hay peor Sordo que el que no quiere Oír

POR Alberto Pérez Amenper

sordoCuando llegó el comunismo a Cuba, en sus inicios, no debería de haber sido una sorpresa lo que nos esperaba.  Había libros de escritores que nos advirtieron  de lo que era el “paraíso socialista” pero, embriagados por los cantos de sirena de la revolución verde como las palmas y su carismático máximo líder, la mayoría escogió no leer estos libros.

El más conocido en aquella época era “La gran estafa” del comunista peruano arrepentido Eudocio Ravines, y como es claro “Rebelión en la Granja” de George Orwell en 1945.

Pero había otros libros anteriores como el del famoso escritor inglés del siglo XIX y humorista, Jerome K. Jerome (1859-1927), que disparó una andanada satírica pero penetrante contra socialismo bajo el título “La nueva utopía”, uno de una colección de ensayos y cuentos publicado por primera vez en 1891.

Otro menos conocido es el libro de Eugen Richter “Futuro Socialista”.

Un abogado alemán, funcionario y político, Richter (1838-1906) fue un fuerte defensor del libre comercio y una economía de mercado y como líder de los liberales alemanes en el Reichstag (Parlamento), uno de los grandes críticos  tanto del partido socialdemócrata (los socialistas alemanes) y las políticas del Canciller imperial, Otto von Bismarck. Desde 1885 hasta 1904 Richter fue también el editor jefe del diario liberal, Freisinnige Zeitung, y durante este período que escribió su gran sátira anti socialista.

Imágenes  del futuro socialista desarrolla temas similares a los que se encuentran en “La nueva utopía”, pero mucho más extensamente y menos caprichosamente. Conservando su tono satírico, su visión de una sociedad socialista es totalmente realista, especialmente en su análisis proféticamente preciso del impacto y las consecuencias de las políticas y las instituciones socialistas.

La historia de Richter comienza con una nota de celebración tras una revolución socialista en Alemania. “La bandera roja de las ondas de socialismo internacionales del Palacio y de todos los edificios públicos en Berlín,” se regocija el narrador, el orgulloso padre de una familia socialista. “El viejo régimen podrido, con su ascendencia de capital y su sistema de saqueo de las clases trabajadoras se ha desmoronado en pedazos. Y en beneficio de mis hijos y de hijos, tengo la intención de abrir de manera humilde, una pequeña cuenta de este nuevo reinado de fraternidad y filantropía universal.” Es entonces que la trama se  procede a desarrollar, pero con una creciente desilusión

Como podría esperarse, la narrativa es inicialmente optimista, presentándonos con descripciones entusiastas de todos los nuevos cambios introducidos por la revolución socialista. Aprendemos que toda propiedad privada ha sido confiscada, toda la industria y servicios nacionalizados y toda la vida familiar y personal subordinado a las necesidades y el control del estado. (Nos suena familiar, ¿No es verdad?)

Además, estamos informados, todos los ciudadanos sanos entre las edades de 21 y 65 años están obligados a registrarse para el trabajo, con el gobierno decidiendo por sí solo decidir dónde y cómo deben emplearse, de nuevo algo familiar más de 50 años después en nuestra patria.

 Pero en vez de marcar el comienzo de una nueva era de armonía social y abundancia, estos decretos y medidas socialistas eventualmente producen el resultado contrario. Y aquí Richter es particularmente hábil, porque su sátira revela las consecuencias despliegue del socialismo como afectan el narrador y su familia.

La colectivización de cuidado infantil, educación y vivienda, por ejemplo, es particularmente dolorosa en sus efectos. La eliminación de la joven hija del narrador a un orfanato estatal y el anciano padre del narrador a una casa de descanso del gobierno, tiene un impacto devastador en toda la familia, mientras que los nuevos decretos de aplicación de control de la fuerza laboral del estado tienen un efecto desmoralizador semejante. No sólo son los hijos y nuera prospectiva del narrador se ven obligados a posponer su matrimonio por tener que vivir y trabajar en diferentes ciudades, pero la confiscación de sus ahorros arruina sus planes y ambiciones para su futuro. Y como si todo esto no fuera suficientemente malo, la colectivización forzada y redistribución de viviendas y muebles y el establecimiento del “Estado Socialista” en el cual todos los ciudadanos están obligados a comer sus comidas comunales proporcionadas, con un sistema de racionamiento, es una fuente de mayor desmoralización.

El resto de la narrativa de Richter describe los procesos por los cuales la última gota del agua socialista desborda del vaso alemán. La colectivización de la economía y de todas las instituciones culturales desalienta el esfuerzo, la creatividad y producción, destruyendo los estándares de vida y provocando la emigración de todos los miembros más talentosos y emprendedores de la sociedad. Tal parece que estamos leyendo la historia de la revolución cubana, y esto fue escrito mucho antes, sólo había que leerlo para saber lo que iba a pasar.

Al mismo tiempo la centralización del poder y la toma de decisiones en manos del estado y la necesidad de disciplinar a la población cada vez más inquieta y rebelde, produce un gran aumento en el tamaño de la burocracia estatal y el aparato de seguridad, con la asistencia de un creciente ejército de informadores (Chivatos del comité de defensa, de nuevo algo profético).

Como el narrador de Richter explica, las elecciones democráticas se han convertido en una farsa ya que “cada individuo es un espía a su vecino”. Finalmente, por supuesto, aumenta el descontento, agravado por el cierre de las fronteras y el castigo a todos esos que buscan escapar del paraíso socialista, estalla en contrarrevolución a gran escala y la guerra civil.

¿Nadie que haya vivido la implantación de un sistema socialista que Richter presentó con este cuadro puede negar su anticipación profética del curso de la revolución socialista en el siglo XX y su secuela el socialismo del siglo XXI?

Aquellos que han leído el libro de Roland Huntford en Suecia, “El nuevo totalitario” (1971), también reconocerán la importancia de ambos sátiras a la evolución del estado de bienestar en las democracias occidentales cada vez más “políticamente correctos”, especialmente en el campo de la educación. Una vez más, no podemos decir que no nos avisaron.

Pero no hay peor sordo que el que no quiere oír ni peor ciego que el que no quiere ver.

Prefieren oír los cantos de sirena del “Cambio” sin hacerse la pregunta lógica, ¿Qué clase de cambio?

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