Obama abraza a un Tirano pero Borges y Pinochet siguen siendo los culpables

Por Reynaldo Soto Hernández

Borges-PinochetCuando poco después de mediados de año en 1976 un representante de la academia sueca que otorga los premios Nobel llamó a Jorge Luis Borges para advertirle de que si viajaba a Chile, donde le habían invitado para proclamarlo Doctor Honoris Causa de la Universidad de Chile, el genial argentino, según su viuda María Kodama, que estaba allí presente, le contestó: ‘Señor, después de lo que usted me ha dicho, aunque hubiera pensado en no ir a Santiago para recibir el Doctorado honoris causa de la Universidad de Chile, mi deber es ir, porque hay dos cosas que un hombre no debe permitir: sobornar o ser sobornado. Le agradezco mucho su llamada y su advertencia. Buenas tardes’”.

Borges, quien sabía que después de eso perdería el Nobel para siempre, cuando precisamente ese año ya era casi seguro que se lo darían, no sólo fue a Chile, sino que una vez allí aceptó de manos del general Augusto Pinochet, la orden Bernardo O’Higgins, la más importante condecoración otorgada por el estado chileno a personalidades extrajeras. Después de aquello, pareció que el mundo iba a arder contra el autor de El Aleph. El problema es que contra Pinochet, quien había accedido al poder a través de un golpe de estado militar, y estaba gobernando el país con mano de hierro para mantener a raya a los comunistas, existía una gran campaña internacional por ser un dictador.

Y Borges era solamente un escritor, un poeta. Y Pinochet solamente estuvo en el poder 16 años, durante los cuales su país progresó económicamente al extremo de que cuando en octubre de 1988 la junta militar hizo un plebiscito para que el pueblo decidiera si el general seguía al frente de la nación o no, el 44,1 porciento de los chilenos le otorgó su voto de confianza.

Cuarenta años después, una de las figuras políticas más importantes del mundo, de quien la academia sueca se enamoró nada más verle y a quien le otorgó el premio Nobel de la paz en momentos en que era el comandante en jefe de un ejército en guerra, se va de visita con toda la familia a Cuba, un país gobernado por una junta militar desde 1959, es decir desde 14 años antes de que Pinochet tomara el poder en Chile, y que sigue allí 40 años más tarde de la visita de Borges, sin haber realizado nunca un plebiscito, sin haber dejado nunca de reprimir ni de fusilar, ni de desgobernar, ni de hundir al país en la más profunda de las crisis económicas y morales de su historia. Entonces todo el mundo sonríe y bate palmas, la prensa del mundo entero alaba a Obama. Y su visita, que nos costó millones de dólares a los contribuyentes norteamericanos para nada, es considerada como un evento histórico.

Siempre he sabido que el mundo es injusto, pero ahora veo que cada día se va volviendo más amoral y cínico. Obama se fue a visitar a un dictador que recibió el poder directamente de manos de su hermano, un tirano más sanguinario aún, sin que mediara consulta popular alguna, y quien no solamente dijo desde el principio del acercamiento que no haría cambio alguno, sino que lo demostró, mandando a arrastrar por las calles y a encarcelar a opositores pacíficos pocas horas antes de la llegada del mandatario norteamericano a la isla, y desatando una tremenda campaña mediática desde casi inmediatamente que se marchó, para contrarrestar cualquier posible efecto de un discurso en el que el presidente habló mucho de democracia y libertades.
Pero el culpable eterno sigue siendo Borges y cuando se quiere hablar de tiranías se dice Pinochet.

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