PEDRO: EL SEÑOR DE LOS MILAGROS

Por Pablo de Jesús

pedroDiamond Bar, CA== Pedro fue el primer discípulo de Cristo y roca sobre la que construyó su iglesia, y una religión que ha dado santos, mártires, apóstatas y traidores. También hombres buenos, como éste Pedro, cubano de corazón tan generoso, que ha ido más allá del perdón y el olvido para vivir en paz sus 70 años recién cumplidos.

Este Pedro me cuenta trozos de su vida en las largas parrafadas que solemos tener las veces que nos vemos en su casa o en la mía; no muy a menudo, pero suficientes para reiniciar las conversaciones justo donde la habíamos dejado un mes atrás. En los hombres sencillos como Pedro habita la cordura de lo cotidiano, mientras en los héroes y prohombres reina el imperioso deber de ser santos o villanos porque son protagonistas de sus propias fantasías o maldades. Este Pedro amigo mio, no dejará atrás un libro, un árbol o una fama, pero sí una familia buena, siempre a la vera del Señor.

“Yo era el que arreglaba las máquinas de escribir de la AIN”, me sorprendió la primera vez que hablamos, cuando supo que yo había sido periodista de la Agencia de Información Nacional en Cuba por casi 20 años.

“A pesar de ser un cristiano, era tan cumplidor en mi trabajo que mis jefes me daban los lugares más complicados, como la AIN, Prensa Latina, la UPEC. Todo eso yo me lo andaba con mi maletica, a pie, y siempre callado, sin hablar con nadie, y sin que nadie se fijara en mí”, recuerda.

Con pena, le confieso que tengo un recuerdo borroso de aquel hombre silencioso y pelo entrecano al que solíamos llamar El Señor de los Milagros, por la forma en que nos amansaba aquellos monstruos de plástico y acero de los Tatras, salidos a montones del combinado alemán Robotron. Y es que éste Pedro mantenía la boca cerrada mientras afinaba nuestros artefactos laborales. Como cristiano, ya no tenía mejillas que poner ni vara que le midiera, de tantos palos que había recibido.

“Me negarás tres veces en menos de lo que canta un gallo”, o algo así le dijo Jesús al Pedro original, pero éste Pedro no negó ni una sóla vez su fe, y por ello recibió castigos y palizas y con sólo 19 años fue a dar con sus huesos a la UMAP, la versión cubana de los campos de concentración del socialismo. Fue éste Pedro uno de los 35.000 hombres recluídos por la fuerza en esos gulags creados en el interior de Cuba entre 1965 y 1968.

Testigos de Jehová, católicos, bautistas, metodistas, gedeonistas, pentecostales, episcopalianos, adventistas del Séptimo Día, santeros, paleros y abakuás; homosexuales, universitarios inconformes, artistas e intelectuales “ideológicamente desviados”, amantes de los Beattles y funcionarios acusados de corrupción al son de la “dolce vita”: todos juntos en un mismo paquete, amarrado con un lazo verdeolivo. Una razzia practicada por una Revolución que se decía humanista, y que separó de la sociedad, como llagas de un cuerpo enfermo, a miles de personas que no cumplían con el dogma de creer en un dios barbado e irascible, nada compasivo.

“Un dia, me citaron haciéndome creer que íba para el Servicio Militar Obligatorio, pero junto con otros cientos de muchachos nos montaron en un tren, sin agua ni comida por muchas horas, y nos encerraron entre alambradas de puas en un campo de Camaguey, en el campamento Mola”, recuerda Pedro.

Y a éste Pedro, como a otros muchos de aquel infierno, lo sometieron a maltratos, golpes, y hasta “fusilamientos en seco”.

“Te amarraban a un palo, formaban un pelotón y te decían te iban a fusilar porque tu eras un enemigo, un mal cubano que no quería agarrar un rifle para defender a la patria”, rememora.

Me cuenta, sentado en la sala de mi casa y un trago de sangría en la mano, de como multiplicaban los panes, y e ausencia de peces, los puñados de azúcar, que le pasaban a escondidas a los Testigos de Jehová, castigados sin comida por negar el saludo a la bandera o a tomar un fusil entre sus manos.

“Cada uno de nosotros donábamos un pedacito de pan y un puñadito de la azucar que nos daban como desayuno para pasárselos a los muchachos Testigos de Jehova. A esos si los llevaron mal”, rememora.

Recuerda el dia que se enteró no saldría al cabo de tres años como le habían sentenciado. Su reeducación estaba incompleta porque Pedro nunca renunció a su fe. Desde ese momento preparó un plan de fuga, y una noche, junto a otro compañero, escapó del campo y anduvo escondido varios meses en La Habana, sin poder acercarse a su familia. Otro amigo le facilitó un traslado a Chivirico, donde se dedicó a preparar una salida clandestina en balsa por la costa del Oriente cubano, junto a otros cuatro compañeros.

“Pero el Señor no quería que nos fuéramos. El mar estaba como plato, pero nada más habíamos dado cuatro remazos vino de pronto una ola gigantesca que nos devolvió a la orilla, y jorobó toda aquella balsa hecha de tornillos y madera dura”, recuerda. Buscaron otros medios, hasta que se les acabó la suerte y fueron a dar de cabeza a la cárcel de Boniato, en Santiago de Cuba. De allí salió este Pedro maltrecho en lo físico, pero con su fe intacta, o más fortalecida. Desde entonces fue una mancha en el paisaje. Por fuera era un hombre gris que intentaba pasar inadvertido, y por dentro fue creciendo junto con su fe. Los años pasaron, conoció a su esposa Alegría, tuvo tres hijos y el sueño de emigrar se fue difuminando en el horizonte. Fue así como aceptó el trabajo de afinador de máquinas y equipos de oficina, y se hizo tan bueno en el oficio, fue tanta su sabiduría para dejar suavecitas y sedosas las malvadas Robotrones de la revolución, que éste Pedro estuvo arreglando teclas y rodillos hasta que pudo escapar del Caimán Carcel con una visa estadounidenses para los presos políticos liberados en 1979.

En una mañana lluviosa, con toda su familia, una maletica de madera y su biblia en el bolsillo de la guayabera blanca como único patrimonio, se despidió de Cuba para nunca más volver. Jamás le he preguntado si extraña a la isla. Si la ha soñado, aunque sea entre las cercas de puas del campo de la UMAH. A este Pedro nunca le vencieron ni amargaron el carácter. Su ancla en los momentos más difíciles fueron las palabras de Jesús, marcadas en rojo en aquella pequeña biblia: “Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella”.

Me cuenta su historia, entre sorbos de sangría. Una historia de sobrevivientes. Mientras hablamos, su esposa nos toma una foto para dejar constancia de que Pedro, como buen cristiano, ha perdonado a Pablo, el apóstata, quien le negó tres veces mientras escribía consignas vacías en las robotrones domesticadas por su mano milagrosa.

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