PROEZAS DEL RANCHERO WHISKERO

Eloy Garza González

hith-president-drinking-Harold_Holt_and_Lyndon_Johnson-VNo trascendió lo suficiente como personaje legendario porque no era un hombre atormentado: para forjarse una leyenda hace falta una psicología retorcida, un complejo sublimado en personalidad, una íntima herida metafísica como la tuvo Lincoln, Kennedy o Nixon.

Él, en cambio, era un sombrerudo tosco, naturalmente llano, fumador de Marlboro rojo y sin ninguna otra gracia más que levantarse la camisa para ostentar en las cenas diplomáticas su tórax marcado por cicatrices de guerra. Era malísimo para contar chistes, no más culto que un granjero en un tractor (aunque fue maestro de escuela en Cotulla, Texas) y pertinazmente reacio a los buenos modales.

Pero durante su administración al frente del país más poderoso del mundo – entonces, ya no ahora – hizo más cosas que la mayoría de los presidentes norteamericanos del siglo XX. Negoció con legisladores enemigos suyos hasta dejarlos exhaustos en el piso; se tomó con ellos decenas de botellas de Jacks Daniel´s y les dio todos los abrazos necesarios para que le aprobaran la Ley de los Derechos Civiles, acabar de un plumazo con la segregación racial, al menos en papel y fijar los pocos atisbos de regulación económica que aún prevalecen en EUA.

Mágicamente, la mayoría de los congresistas de ultraderecha le aprobaran el único seguro médico gratuito para pobres que existe en su país. ¿Cómo logró el milagro? Porque era necio como una cabra, testarudo como un niño de brazos y exhibía una forma de ser opuesta a la del alambicado y distante Barack Obama. Le gustaba repetir una frase que no era suya pero como si lo fuera: “desconfía de los hombres que no toman porque no guardan buenas intenciones”. Obama, casi abstemio, se hubieran llevado mal con él.

Su arribo presidencial no pudo ser más afortunado: era el vicepresidente de John F. Kennedy. Cuando mataron a su jefe en 1963, no se le vio atribulado sino ejecutivo: protestó el cargo sobre el mismo Air Force One que transportaba el cadáver de su antecesor en los maleteros, justo debajo de sus pies.

Ya como presidente se volvió aún menos atractivo: tendía al chantaje político y a hostigar a los senadores rejegos a él con el peso de su cargo y su gran estatura. No fue un estadista; en todo caso fue un gran burócrata, un operador, como se les dice ahora, dueño de un estilo que popularmente se conoce como lambiscón, prepotente y desenfadado.

La guerra de Vietnam lo inhibió para reelegirse. Decidió aventar la toalla y marcharse a su casa en 1968 con el remordimiento de no haber hecho más cosas durante su mandato. Era tan inquieto que, según sus familiares, prefería dormir en el sofá de su despacho para seguir trabajando al día siguiente sin perder tiempo en rasurarse o ducharse en las mañanas.

Ni siquiera dos infartos previos le quitaron la virtud consumada (que otros llaman vicio) de tomarse cada día una botella de whisky y fumarse dos cajetillas de cigarro que compartía con quien tuviera enfrente, gustoso de difundir generosamente sus malos hábitos.

Un infarto lo mató una madrugada de 1973, con el auricular de su teléfono en la mano izquierda y un vaso whiskero en la derecha. Para fortuna suya, Lyndon B. Johnson ya se había acabado el trago cuando lo sorprendió la muerte.

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