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Published On: Dom, Nov 27th, 2016

REQUIEM PARA UN DIFUNTO

Por Pablo de Jesus

fidelTe mataron tantas veces que ahora cuesta creer en la noticia. Unos se alegran y rumbean agitando banderas y agravios como ejercicio de exorcismo contra el diablo que los puso del otro lado de tu historia con una patada en el fondillo. Y otros llaman a la compasión porque dicen no es bueno contentarse de una muerte, pero olvidan que también se alegran y festejan cuando muere un dictador tipo Pinochet. Como si los tiranos sentados a la zurda del Señor tuvieran el privilegio a palco VIP. Aún muerto, no dejas de ser la molesta piedra en el zapato o ese grano en el ombligo. Por eso no te extrañe que con la misma vara que mediste seas juzgado y se alegren de tu muerte aquellos que padecieron de tu ira incontinente. Serás ceniza y polvo y te velarán nueve dias con sus noches sólo para evitar que resucites y volvamos a empezar de nuevo con los cuentecitos de la moringa y el patria o muerte que era patria para tí y muerte para todos los demás. Al final, el venceremos quien lo grita es ese mulatico yankee con andares de salsero, que te robó la gloria del deshielo.

Te vistieron de difunto en tantas ocasiones que ya no vale la pena llorarte ni enterrarte. Es mejor dejar que flotes en la incertudumbre de tu propia inexistencia, como un fantasma caprichoso al que le hurtaron la sábana para dejar al aire sus encuereces coléricas. Has sido Lázaro resucitado una y otra vez, y en cada sobrevida te fuiste reiventando con arsenal de nuevos símbolos y consignas que nos marcaron a fuego la unanimidad del sacrificio en masa. Nos dejas la certeza de que contigo los cubanos fuímos la historia de una circunstancia y no una circunstancia histórica. Por tí marchamos y fuímos al combate con banderas ajenas, y dejamos sembrado de tumbas anónimas parajes de todas latitudes. Contigo aprendimos que el amor sólo tiene espacio en el bolsillo de la izquierda y lo que esté del otro lado es impedimenta desechable.

Hoy cantamos y bailamos porque es la única forma de soltar las amarras a tanta angustia reprimida, y dejar que salga la alegría por haber descubierto que hay un mundo más allá de lemas y consignas. Habrá quien nos critique la farra por tu muerte, y nos tilde de mal agradecidos por no apreciar una educación gratuita, la salud libre de pagos y el entierro sin cargo al portador. Después de todo, tus gratuidades las pagamos con altos intereses y el privilegio de convertirnos en zombies de eterno sacrificio.

No estamos festejando el fin de una era, sino el fin de un ego. El punto final de un esquizofrénico que casi nos borra del mapa en un octubre gris, sin siquiera habernos enterado que el próximo suspiro de su esfínter caprichoso nos convertiría en polvo sideral.

Cuando pase la embriaguez de la sorpresa de tu muerte, caeremos en cuenta que todo sigue igual porque la mala hierba nunca muere, y habrá castros mientras existan los castrados.

Sólo recordarte que te falló el milagro de los peces y los panes multiplicados, porque los peces se quedaron en la mesa de tus 12 apóstoles y los panes agarraron la sacrosanta virtud de una ostia con sabor a tristeza y decepciones. Y te falló también la promesa de un vaso de leche para todos; el prodigio de los puerquitos y las vacas cayéndonos detrás; y del café caturra que llovería desde el cielo; el plátano microjet que sepultaría la isla bajo inmensos racimos de bananas lujuriosas; la zafra milagrosa que al final nos hundió más en el delirio de luchar contra molinos. Y hasta el milagro de la nueva hierba que nos convertiría en potencia mundial de moringueros rumbosos. Quiza tu mayor éxito fue crear una sociedad sin clase: Una sociedad que desterró los buenos modales porque era cosa de burgueses dar las gracias o decir por favor y otras frases exiliadas de la isla con los primeros inmigrantes.

Pero ya es igual si estás vivo o estás muerto. Eres momia, origami verdeolivo, papiro reciclado. ¿Qué harán ahora los que cada semana desfilaban por La Habana para llevarse la gloria de haber sido el último pelele de la última foto de tu última resurrección. Al final, todos se marchaban con la sensación incierta de haber estrechado la mano a un fantasma que se está muriendo, o a un muerto que se niega a ser fantasma.

Desde hoy, habitarás para siempre en calendarios amarillos, medallitas de latón y camisetas para turistas despistados que te confundirán con el rey de los rocqueros. Resucitarás cada dia en esa utilería lastimosa que dejan los héroes olvidados. Con un Papa que cojea por la izquierda, muy pronto ingresarás al santoral y esa será la esponja de vinagre sobre la herida de tu natural egolatría. Porque tú no quieres ser el último santito en la corte del Señor. Tu siempre quisiste ser el Señor en la corte de santitos de retablo.

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