SORROCO EL TRICKY

Por Pablo de Jesus

sorrocoEl viejo alto y flaco no deja de mirarme. Desde que llegué a acreditarme al Centro de Prensa habilitado en el aeropuerto de Toronto para los Juegos Panamericanos, no me quita los ojos de encima. Y yo siento su mirada inquisitiva, mientras revisa con parsimonia mi pasaporte americano. Es el jefe de este negocio y se toma muy en serio su cargo. Tiene el don de negar o aprobar la credencial de los periodistas. Y en su cara veo retratada una sospecha.
– ¿Usted es cubano? -pregunta, luego de ver la línea del pasaporte donde dice en tres idiomas el lugar de nacimiento.
– Soy americano -respondo -,pero nací en Cuba
– Jummm, ¿y su apellido es Sorroco?
– No. Mi apellido es Socorro
– ¿Sssorroco? -vuelve a insistir
– No, no, no. Se lo deletreo. S O C O R R O
– ¿Conoce usted a algún Sorroco? -insistió el hombre, que al ver mi cara de asombro creyó necesario darme una explicación.
Entonces me contó una historia que me dejó pasmado. Sólo mi entrenamiento periodístico me permitió mantener cara de póker, mientras el viejo alto retrocedía en el calendario de su memoria.
– Hace mucho que busco a una persona. Hace años se celebró aquí en Toronto un Congreso de la Federación Internacional de Periodistas y yo fui su coordinador -dijo el viejo-. El representante de Cuba era un individuo alto, delgado y pelo rubio. Su apellido era Sorroco. Lo grabé en la memoria porque sonaba a árabe, a marroquí del Caribe.
Inmediatamente regresé 20 años al pasado, y caí en cuenta por qué me miraba tanto el viejo. Yo era su hombre. Un poco más gordo y con el pelo blanco, pero seguí siendo el Sorroco que se le había perdido. Sospeché que me estaba buscando no para darme un abrazo de bienvenida, por lo que me mantuve en silencio.
– Ese señor Sorroco, llegó antes de lo previsto y no tenía reservación hasta el dia siguiente, por lo que tuve que acomodarlo en una habitación en un hotel del downtown, a condición de que la pagara él -explicó-, mientras sostenía mi pasaporte en un mano y la credencial en la otra.
– Sorroco me prometió que me pagaría el dinero cuando llegara su jefe, un tal Valillant, o algo así. Dice que era el viceministro de Deportes de Cuba.
– No, si yo le digo. Estos cubanos no tienen idea de la puntualidad. Lo mismo llegan tarde que muy temprano -dije, y el viejo me miró con cierta suspicacia.
– Estuve tres dias detrás de Sorroco para que me pagara la noche extra, $97.99 -agregó el hombre-. Por fin llegó el tal Valillant y me dijo lo mismo. Que el último dia del Congreso me pagaba la habitación de Sorroco, pero los dos se fueron la noche siguiente del hotel, sin liquidar. ¡Que desverguenza!
– Tremendo. ¿Ya me puede dar la credencial?
– Jummm. ¿Seguro que no es usted Sorroco? -insistió
– Ya le dije. En Cuba hay Socorros y Sorrocos. Yo soy de los primeros -contesté. -De los buenos -,añadí, para darle más peso a mis palabras.
El anciano me volvió a mirar. Hizo un gesto con la cabeza y me entregó la maldita credencial. Me la colgué al cuello y atravesé el salón en busca de la puerta, sintiendo en mi nuca la mirada penetrante del frustrado cobrador de deudas.
En la calle, respiré hondo y paré el primer taxi que encontré.
– Al Delta Hoteal -dije, y mientras rodaba por la Gerrard Street hacia el corazón de la ciudad, recordé aquella noche en que Vaillant y yo salimos de estampida porque una hora antes nos habían llamado de la Embajada por si queríamos regresar en un Charter de turismo Toronto-Varadero, mejor que el recorrido de dos dias que hicimos para llegar a Canadá.
No he vuelto a ver al viejo. Pero me contaron que a cada cubano que llega a acreditarse le pregunta si no conoce a un tal Sorroco el Tricky, el mañoso que le debe 97 dólares con 99 centavos, canadienses.
Pablo de Jesús

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