SOY REPUBLICANO, PERO NO MALA GENTE

Por Pablo de Jesús

eleccionesAlgunos de mis amigos se han molestado al descubrir que soy un republicano de solera y etiqueta; de los que reciben cartas de Donald Trump pidiendo aportes económicos para su campaña, como si mis modestos 20 dólares fueran a decidir si pone o no el fondillo en el sillón presidencial. Tras declarar mi filia política en Facebook, varias de mis amistades han dicho como Sabina, “Hola y Adios”, y me han dado un portazo en la cara, borrándome de sus muros. Creo no se hubieran sorprendido tanto sin en vez de salir del closet político -por la puerta equivocada según ellos- me hubiera declarado gay, marciano, animalista o vegetariano. Conste, para que no empiecen a decir también que soy homofóbico o extremista, que mis amigos en cualquiera de esas cuatro preferencias nunca me han abandonado.

Los descontentos consideraron mi condición partidista una desviación ideológica, y de las graves. De esas que en Cuba te ganaban una guataca en la agricultura o un mitin de repudio. En los últimos dias ha estado saliendo humo de mi Lenovo ante la indignación de quienes me reprochan tal tendencia masorepublicana: “Un tipo como tú, capaz de escribir cosas tan lindas, ¿cómo vas a ser republicano ché?, me preguntó una amiga argentina. No vale que les explique que antes de Trump ya yo era Republicano. Y después de Trump lo seguiré siendo, porque ser del partido del elefante es algo más que usar sombreritos de cowboy o barbas postizas del Tio Sam. Como ser del partido del burro también es algo más que esconder los email debajo de la alfombra.

Ser republicano hoy, en medio de los aires que corren, es casi un suicidio social. Antes era un rasgo de carácter, pero desde que los liberales arrimaditos a la izquierda comenzaron a usar el dogal de lo políticamente correcto para encerrar las opiniones ajenas, ser republicano ahora es como padecer de una enfermedad mental o un herpes vaginal.

Tanto Trump como Hillary Clinton encarnan el ala extrema de sus partidos. Uno es engreído, despótico y autoritario. La otra es oportunista, mentirosa y autoritaria. ¡Y yo que me fuí de Cuba huyéndole a un tipo con todos esos lastres! Con Trump, sólo vale eso de “estás conmigo o contra mí”. Pero con Hillary el lema es “ni contigo ni sin tí”. La ambivalencia clintoniana en estado gaseoso. Y huele feo, como dicen los mexicanos.

Yo no me convertí en republicano en Estados Unidos. Ya traía el virus desde Cuba. Me fue inoculado una noche de apagón mientras escuchaba en Radio Martí la diferencia entre el burro demócrata y el elefante republicano. Alguien, muy gráficamente, explicó que mientras un demócrata te regala un pescado diario -y si te haces el pobretón de bajos recursos te lo cocina, lo pone en tu boquita y hasta te mueve la quijada-, un republicano te da una vara de pescar y dice: “ahí está el rio. Lucha tu pez, pero todos los que agarres serán tuyos”. Esa noche, escondido en el último cuarto de la casa y con el radio Selena pegado al oído para que la chivata del Comité no se enterara, me dije: “¡Coño! ¡Eso es lo mio!”. Y entonces empecé a ilusionar con la idea de luchar mi yuca yo solito, sin esperar a que el cacique me la pusiera en la boca y me meneara algo más que la quijada.

Y salí huyendo del populismo. Sólo para verme, veinte años después, atrapado de nuevo en la telaraña de otro populismo. Uno que parece ser más suavecito, pero en el fondo es una versión Coca Cola light del caudillismo tóxico que ha lastrado siempre a nuestros países latinos. Estamos ante un nuevo caudillismo de derechas, con papel higiénico y anaqueles atestados. Y lo confieso: Me aterran estos héroes que prometen sacarnos de apuros, protegernos de todo mal, y al final terminarán convirtiéndonos en una sociedad de zombies sin GPS.

Al paso que vamos, las estrategias de ambos candidatos para atraer votantes llegarán a extremos sofisticados de una Hillary Clinton bailando al ritmo de “si me pides el pescao de te lo doy”, y a Donald Trump dándote una varita de pescar y cantando aquello de “en el mar, la vida es más sabrosa”. No sé, pero cada día me siento más atrapado en las telarañas del “depaysement”. Esa sensación que los franceses describen como la extraña desorientación cuando hay un cambio de escenario en el entorno.

Así y todo. Cuando veo a Bernie Sanders invitar a Podemos y al impresentable de Pablo Iglesias a la Convención Demócrata en Filadelfia, mi izquierdómetro se inclina alocado hacia babor, aún a riesgo de caerme al mar y me devoren los tiburones del Partido Libertario.

Para aquellos que me abandonaron por ser republicano, sólo les digo como el sabio de Sabina: “lo nuestro duró lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rock”, y aunque ya no estarán ahí para leerme, me tranquiliza pensar que el resto de mis amigos sabe que soy republicano, pero no mala gente. ¡Que caray! Nadie es perfecto. (seguir en el blogpablosocorro.com)

Pablo De Jesús
Santa Bárbara, Jul/21/2016

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